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[6 años de CyL] «El gatopardo»: O es todo o es nada

Este filme —que le valió a Luchino Visconti, la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1963— supone un punto de inflexión en la carrera cinematográfica del también director de teatro y de ópera italiano: si bien muchos lo ubican en el comienzo de su trabajo como un artista imbuido en el neorrealismo, la verdad es que ya en su inaugural «La tierra tiembla» (1948), se perfilaba en sus obras una estética cercana al clasicismo romano y una nostálgica reflexión audiovisual en torno al paso del tiempo.

Por Horacio Ramírez

Publicado el 15.8.2023

«D’azzurro, al leopardo d’oro, illeonito, sostenuto da un monte di tre cime di verde cucito». Tal la descripción de heráldica del blasón de los Tomasi de Sicilia: «De azur, un leopardo leonado de oro sostenido de un monte de tres peñas cosido de sinople».

Sobre el animal —el gatopardo—, hay disputas acerca de a qué animal se refiere el apelativo. En heráldica, la única diferencia entre un leopardo leonado o gatopardo y un león es que el león está de perfil y el leopardo leonado mira de frente.

«De azur» refiera al campo donde se sitúa la figura del animal, que es el azul. El «oro» es el amarillo y el «sinople» es el verde. «Sostenido de un monte de tres peñas» refiere a que la figura del animal estilizado, que se posa sobre tres lóbulos que son las tres cimas de un monte verde.

Y lo de «cosido» remite al dato de que se ha puesto un cierto color sobre otro color, en este caso sinople, sobre un campo azur y tal término es como una manera de reconocer una suerte de «error» heráldico que, en este caso, es sobreponer un color sobre otro.

Para muchos, el gatopardo hace mención a un felino del sudeste asiático al que han relacionado con Pardofelis marmorata, un relativamente pequeño gato salvaje de las selvas de Sumatra y Nueva Guinea y también con el bellísimo Leptailurus serval, gatopardo africano o serval.

Pero en lo que a nosotros nos interesa, que es la heráldica de la familia, el gatopardo es el animal tótem de la estirpe a la que pertenecía Giuseppe Tomasi de Lampedusa (1896 – 1957), autor de la novela llamada, precisamente Il Gattopardo publicada en 1958 y que sirviera de base al guion del filme homónimo de Luchino Visconti (1906 – 1976), nacido pocos años después: en 1963.

 

El último resplandor de una era moribunda

Acompañando a Senso de 1954 —primera película en colores de Visconti— y Ludwig de 1973, El gatopardo es otra versión de cómo el milanés enfocaba, tras los cortinados de la decadencia, lo concerniente al tiempo y a la muerte.

En un mundo bello, se ha desatado el poder del tiempo que todo lo envejece y donde sólo quién sabe ver, ve la decadencia, la caída de una casta más que una clase social, condenada a desaparecer, pero para ser reemplazada por otra.

Aunque el final de la película señala que eso no es del todo cierto, es una clase magistral el primer diálogo importante del filme: el príncipe Don Fabrizio Salina (un magnífico Burt Lancaster) se lo explica al párroco del palacio, el padre Pirrone (Romolo Valli): «¿Sabe lo que ocurre en el país? Nada sucede. Nada. Una inadvertible sustitución para ocupar nuestro lugar, de la manera más dulce, metiéndose en el bolsillo a un millón de tucanes. Y después todo quedará como está».

Sabemos que eso no es cierto y hasta el propio príncipe lo percibe de algún modo: los que vendrán no serán mejores sino, y esto sin dudas, peores. Aunque seguirá habiendo ley y los rebeldes garibaldinos se hubieran de plegar a un ejército regular y siguieran los fusilamientos y la persecución de riquezas, aunque pase todo eso para llevar a delante el reemplazo al que refiere Fabrizio, la nueva gente ya no valdrá por sí misma.

No habrá un gatopardo en ninguna heráldica. Nadie cercano al dominio social tendrá la misma certeza sobre la naturaleza de su ser: buscarán el poder y el dinero y la perpetuación, pero habrán perdido la noción de arraigo, de estirpe, es decir: serán frutos sin ramas, tronco ni raíces. No serán de la tierra.

En la larguísima escena final del baile (filmada en la Sala de los Espejos del Palacio de Valguarnera y Gangi, en Palermo), el príncipe ve pasar por delante de él todo un despliegue de vulgaridad y hasta de alarde por todo tipo de violencias, hasta por haber violado monjas.

La caballerosidad es ahora una máscara de cartón piedra a la que apenas soporta. El gatopardo de mirada feroz habrá quedado atrás: es el turno de las hienas.

 

La nueva verdad

Parte del dolor y la vergüenza del príncipe Fabrizio está en tener que contemporizar en sus últimos años con las nuevas generaciones. Su sobrino Tancredi Falconeri (Alain Delon) es el ejemplo de esa decadencia sin conciencia de su propia mediocridad. Lo ama y sabe que él lo quiere y respeta, pero es a la vez ejemplo de esa vida nueva.

Fabrizio los ve con estupor a él y a su prometida Angelica Sedara (Claudia Cardinale). Sabe que debe permitir esa unión porque su próximo consuegro, Don Calogero Sedara (Paolo Stoppa), es el nuevo dueño de las principales tierras de Sicilia.

Sedara es el burgués típico, el que quiere entrar a la fiesta portando una medalla «de la Cruz de los Caballeros de la Corona», pero que Tancredi se la arranca de la solapa del frac porque, sencillamente, está fuera de lugar. Él se va a ir dando cuenta de que cada vez encaja menos en ese ambiente pero igual se empecina en acceder. Se aburre y finalmente se duerme: no encaja pero tiene dinero, y mucho.

Tampoco, la protocolar actitud de distancia del Príncipe puede evitar un comentario como el de la escena en que ve riendo y saltando a las jóvenes miembros de las familias aristocráticas, sin que se le escape el ácido comentario: «la cruza entre primos no favorece a la raza… parecen monos dispuestos a colgarse de las lámparas usando sus colas».

 

El príncipe Visconti

El gatopardo —que le valió a Visconti la Palma de Oro de Cannes en 1963— supone un punto de inflexión en la carrera cinematográfica del también director de teatro y ópera. Si bien muchos lo ubican en el comienzo de su trabajo como artista imbuido en el neorrealismo, en su ópera prima La terra trema (1948) ya se perfila la estética del clasicismo romano.

Un clasicismo que El gatopardo se aprecia claramente —en tono de decadencia— al través de la escultórica de antiguas épocas, con estatuas derruidas —entre los créditos del comienzo— y con la llegada de los invitados al baile, colocando la cámara detrás de solemnes bustos que representan maravillosamente al pasado, contemplando a un triste y condenado presente hundido en la inconsciencia respecto del paso del tiempo.

Y, de hecho, aunque Visconti fuera un comunista declarado, siempre habló artísticamente desde la clase alta a la cual pertenecía. En El gatopardo, sin embargo, hace cierto hincapié en contrastes del tipo labradores al sol versus elegantes parejas bailando valses, o enormes palacios versus casas pobres y casi destruidas. Tancredi, que había llevado a Angelica hacia las habitaciones vacías y olvidadas de la ficticia mansión de Donnafugata, remarca la dimensión del pensamiento aristocrático: o es todo o es nada.

Cuando Angelica le pregunta cuántas habitaciones tiene el edificio, Tancredi le responde: «Nadie sabe… un edificio al que se le conozcan todas las habitaciones no merece ser habitado». A esta tendencia tan emblemática responden también Muerte en Venecia de 1971 o Ludwig.

Visconti apela en esta etapa a la pantalla ancha, sacando matices de lo más variados, apelando a los recursos estéticos y visuales, poseyendo espacio suficiente para narrar diferentes historias en simultáneo y conseguir que, a lo ancho de la pantalla, el relato principal del momento apenas ocupe un rincón marginal mientras el resto del espacio es acaparado por imágenes más dominantes y cercanas que trabajan, en dinámica paradoja, como fondo de lo que sucede detrás y plásticamente al margen.

La fotografía de Giusseppe Rotuno para El gatopardo es quizás uno de los mejores modelos para apreciar la búsqueda manierista de Visconti. La exquisita utilería con quinqués, graciosos jarrones, floreros y candelabros, sirven para guiar la mirada del espectador hacia las profundidades escénicas buscadas a través de caminos intrincados que serpentean entre decorados y los numerosos extras.

Parte de este trabajo se consigue combinando travelling con zoom, en un recurso de filmación que estaba «infestando» la producción de cine en el mundo. En cuanto a la iluminación, sin llegar al tenebrismo, convierte a cada pasaje en un cuadro animado con potentes claroscuros producidos por la multitud de velas y una calculadísima iluminación artificial que convertía a cada personaje que estuviera en un primer plano, en una obra más que pictórica, escultórica.

La banda sonora —arreglos y música original— estuvo a cargo de Nino Rota y la dirección orquestal de Franco Ferrara. Rota incluyó un hermoso vals, hasta ese momento inédito, de Verdi, y una música que frecuentaba y acompañaba no sólo la escena de la fiesta sino también la paisajística soleada de la campiña siciliana.

 

La estrella de la mañana

La larga escena de la fiesta tiene un cierre acorde, por contraste, con el silencio y la soledad de Fabrizio en una callejuela pobre. De rodillas ante el paso de un cura que seguramente va dar una extremaunción en la intimidad de la madrugada, la viril belleza de Lancaster mira al cielo y declama: «¡Oh! Estrella… fidelísima estrella… ¡Cuándo te decidirás a darme una esperanza menos efímera, lejos de todo esto, en tu región de perenne seguridad..!».

Por su parte, la belleza casi diabólica de la Cardinale y sus ojos que parecen siempre mirar demasiado y la casi angelical prestancia de un joven Alain Delon, enmarcan a un Burt Lancaster que demuestra al extremo sus enormes dotes actorales.

Doblado al italiano por el actor Corrado Gaipa —en la versión en inglés, es la voz del propio Lancaster—, es quizás la culminación de su arte tan personal como lo es el de actor, siendo a su vez su pintura, su pincel y lienzo, como cuando se mira al espejo en completo silencio y con recia seriedad mezclada con piedad para consigo mismo.

Si bien se centra el filme en su figura calma, pero que trasluce la ansiedad, el miedo y el dolor, podemos ponernos frente a la enorme película como ante un cuadro y verlo todo desde fuera, fluyendo, como se ven las historias más profundas.

Quizás el final del filme pueda encontrarse en el travelling del comienzo sobre la escena de unción religiosa, donde todos están estáticos, casi polvorientos, casi a punto de desmoronarse como en un sueño y donde sólo los cortinados, como mortajas, nos hablan del inapelable paso del tiempo y de que aún sin saberlo, los allí presentes ya están todos muertos.

 

 

 

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Tráiler:

 

 

 

Horacio Ramírez

 

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años:

Reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad —el Dr. Héctor Blas Lahitte— que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se auto promovían y auto justificaban.

La religión —el mal llamado ‘mormonismo’— terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba sin retorno… La práctica de la pintura —realicé varias exposiciones colectivas e individuales— me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés.

Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…

He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética.

Horacio Ramírez actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos, sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

 

*Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.

 

Imagen destacada: El gatopardo (1963).

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