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[Atlàntida Film Fest] «Broken Keys»: Ante el horror, la música como descarga y esperanza

Hasta el próximo 24 de agosto pueden visionarse desde la plataforma Filmin un centenar de créditos que componen la programación del ya clásico evento audiovisual en formato de streaming y la cual complementan la dimensión presencial de la veterana muestra mallorquín, que esta temporada alcanza su doceava edición.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 9.8.2022

Entre los filmes disponibles en streaming se encuentran estimulantes propuestas del nuevo cine europeo tales como Runner de Andrius Blazevicius que retrata la odisea de una joven en busca de su chico fugado en pleno brote psicótico, La colina donde rugen las leonas, la ópera prima de la actriz Luàna Bajrami en torno a tres amigas que planean huir de su limitada vida en Kosovo y también Soul of Beast de Loren Merz que nos muestra un perturbador triángulo amoroso adolescente.

Y del ámbito no europeo destaca la libanesa Broken Keys que es la excelente ópera prima del también guionista Jimmy Keyrouz. La película estuvo a punto de ser nominada como candidata a mejor película internacional en la 93° edición de los premios Oscar, todo un hito ese «casi» para el poco conocido cine del país del insigne poeta y escritor Khalil Gibran.

Esta joya mediterránea —roja de sangre derramada y de pasión musical— retrata el horror de unas gentes en algún lugar de Siria que se ven sometidas por la brutalidad del fundamentalismo de Isis. Y de cómo el joven músico Karim —como tantos otros compatriotas— busca salir de semejante infierno hacia la idealizada Europa.

Un potente retrato cuya fuerza está en las impactantes imágenes rodadas muchas de ellas en devastadores escenarios reales de conflicto armado, imágenes a menudo tomadas cámara en mano que transmiten la gran tensión que vivencian Karim y su gente.

A esa fuerza escenográfica se le añade la de las impresionantes interpretaciones de todos los actores, cabe destacar a Tarek Yaacoub quien encarna con brillantez al joven Karim mostrando un amplio registro de expresiones faciales.

Y además la fuerza —no podía ser de otra manera siendo protagonista la música— de la maravillosa banda sonora obra del oscarizado Gabriel Yared.

La fuerza audiovisual, sí. Pero también la belleza audiovisual, el arte entendido pues como denuncia, válvula de escape y a la vez bálsamo que eleva el alma humana por muy maltratada que esta pueda estar.

 

Devastación

Ya las primeras imágenes nos muestran con sobria maestría la realidad que vivencia Karim y sus conciudadanos. En un sótano que es hogar para muchas familias, el músico toca al piano —su bien más preciado y que fuera propiedad de su difunta madre— interpretando un tema melancólico.

La música se mezcla con el llanto de un bebé al que su madre busca consolar y con los sonidos de la confrontación callejera que conforman su dura realidad. Son todos ellos personas atrapadas en el horror que tal y como expresa el anciano Abou (Mounir Maasri) que allí reside «están esperando».

Un están esperando que puede entenderse como estar esperando a ser presos y torturados e incluso estar esperando a morir. O bien puede entenderse —así lo entiende ese hombre resiliente— como esperanza de que un día los radicales sean derrotados y ese horror acabe.

Keyrouz nos sumerge en esas calles del horror con sus edificios devastados y gentes aún más devastadas. Gentes paralizadas y mudas ante los constantes atropellos de los guerrilleros del ISIS —hombres y también mujeres todos ataviados de negro—, gentes del pueblo sin valor para auxiliar a sus conciudadanos señalados ya sean estos miembros de la activa resistencia o bien insumisos como ocurre con un joven imberbe que es azotado en la calle por esa «ofensa» mientras Abdallah (Julian Farhat) un líder fundamentalista que en el pasado fuera amigo de Karim arenga sobre la supuesta voluntad del profeta Alá.

E insumiso es Karim por su condición de músico en un universo en que casi todo está prohibido y lo es además en el fondo de su ser aunque abandonara la resistencia desengañado por su supuesta ineficacia.

Desafortunadamente llega el día en que descubren su gran secreto y ametrallan su amado piano, lo destroza Abdallah quien se cree magnánimo por no haberle roto las manos a un descorazonado Karim.

Ante ese duro golpe, el músico acabará decidiendo emprender una arriesgada travesía al epicentro del conflicto para conseguir piezas originales y así reparar el piano, se adentrará en lugares aún más devastados donde reina casi sin resistencia la muerte negra que abanderan los radicales.

Se arriesga espoleado por Ziad (Ibrahim El Kurdi) un preadolescente amigo que ha visto como los guerrilleros se llevaban a su padre preso. Es por el niño que Karim resurge de sus cenizas y decide implicarse de nuevo en un conflicto —el suyo y el de su comunidad— del que quería huir.

 

Los niños

Keyrouz da gran protagonismo a los niños como imagen de esperanza y reivindicación de lucha por el restablecimiento del orden ante tanto caos y maldad que campan a sus anchas entre los escombros de lo que en otro tiempo fue una comunidad en paz.

Los vemos jugar intentando preservar su inocencia por esas calles grises en los charcos de los rastros de la guerra o en los improvisados campos de fútbol que antes fueran solares de viviendas.

Y los niños son la única luz de un buen hombre que resiste heroicamente en la zona cero del desastre, un hombre que ha acogido en su hogar apuntalado a dos pequeños huérfanos que malvivían entre escombros y fuego cruzado. Le explica a Karim que quiere enseñarles: «que la amabilidad todavía existe».

Bello ese sentir de un gran corazón entre tanto corazón de acero.

De acero son los corazones de los fundamentalistas quienes en sus escuelas queman libros y enseñan a los niños a combatir con todo tipo de armas. Estremecen esas clases en la uniformización de las vestimentas negras a las cuales asisten obligados todos, también Ziad.

 

El renacimiento del héroe

Tras el duro periplo que vivimos en permanente tensión, Karim regresa con el objetivo cumplido a su ciudad. Y pronto —por voluntad propia y espoleado por su anciano amigo Abou— se convierte en protector y referente del pequeño Ziad a quien libera de la vorágine negra.

Son muy bellas las escenas en las que los vemos juntos jugando al fútbol y afinando el piano ya reparado. Es en esa complicidad que Ziad se interesa por la forma de tocar de Karim, el músico le explica que improvisa sin método y le habla del valor del arte musical: «tienes que intentar expresar lo que sientes a través de la música: el miedo, la rabia, la ira, la ilusión, la esperanza…».

Palabras sentidas llenas de humanidad y autenticidad que serán hechos palpables en un final vibrante en el que converge todo lo esbozado —la lucha, la rabia, la inocencia, la fuerza del arte, el valor…— en perfecta arquitectura narrativa que encumbra a la película a la categoría —es mi sentir y entender— de obra maestra.

No se la pierdan, aún quedan unos días para que finalice el Atlàntida Film Fest en streaming.

 

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: Broken Keys (2021).

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