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Ballet «Oneguin» en el Municipal de Santiago: Con un elenco a la altura de un desafío inmenso

Una obra que surgió como un texto literario hace más de dos siglos, que hizo su correcta transición a la ópera y que después pasó al ballet. Todo ello es lo que llega a las tablas del coliseo de la calle Agustinas: doscientos años de historia, cargados, intensos, que las puntas de los pies de Andreza Radizek (Tatiana) se encargan de honrar.

Por Luis Felipe Sauvalle

Publicado el 19.5.2019

En la previa al estreno se había instalado la idea de que Oneguin, el ballet en tres actos creado por John Cranko en la década del 60’, marcaba la: “reinvención en danza de una historia y una ópera ya existentes”, para luego ir: “más allá de la traducción” de un texto –la palabra– al movimiento –el cuerpo–. Es normal pensar que ante tamaña ambición las expectativas eran altas y sin embargo el elenco estelar del ballet del Teatro Municipal de Santiago una vez más estuvo a la altura del desafío, en una puesta en escena que podría considerarse bien ceñida a los estándares clásicos, donde hubo espacio para el despliegue de los personajes secundarios –destacan la frescura de Olga, interpretada por Katherine Rodríguez– así como para el lucimiento de la pareja protagónica, una Tatiana y un Oneguin que ya analizaremos.

La historia, originalmente escrita por Alexander Pushkin, el padre de la literatura rusa y que paradójicamente murió en un duelo en las afueras de San Petersburgo, se centra en Tatiana, una doncella que pasa las horas leyendo y cultivando su espíritu, y en el descalabro emocional que produce en ella la irrupción de Eugene Oneguin, un poeta imbuido en un halo de nihilismo y banalidad, y que sin embargo, presa de su narcisismo, se muere de ganas de figurar.

Siglo después, valiéndose de esta materia prima, Tchaikovski compuso su aclamada ópera, que a su vez serviría de matriz para el ballet en cuestión. Así las cosas el argumento se desarrolla de manera expedita: un primer acto, compuesto de dos escenas, en que se introducen los personajes en un ambiente cuasi bucólico, un segundo acto en que protagonista y antagonista entran en pugna (la afrenta en medio de un baile, el duelo de Oneguín con su otrora amigo, el entrañable Lensky, quien cae muerto en los bosques), y un tercer acto, en donde nos trasladamos hasta San Petersburgo, donde tras la pugna de fuerzas –y he aquí tal vez la gran diferencia con la ópera– no se derrama más sangre. Oneguin se encuentra con Tatiana, quien ya está casada y es miembro por derecho propio de la alta sociedad y que por ende ha desterrado –en apariencia– a Oneguin de su corazón. La tragedia yace quizás en aceptar que el amor imposible es eso, imposible, y que no habrán consecuencias extras ni martirios ni sacrificios.

Fue Cranko quien, entendiendo que el éxito o el fracaso de su propuesta se jugaba en el duelo, decidió ubicar a los duelistas detrás de una fina tela, y a las hermanas Tatiana y Olga delante de éste; al escuchar la bala, es el público el que sabe quién ha triunfado, puesto puede ver a través de la tela, mientras que las hermanas deben ir corriendo al lugar para encontrarse con el cadáver de Lensky.

En su aspecto técnico destaca el primer bailarín Rodrigo Guzmán y el pas de deux del tercer acto junto a la brasileña Andreza Randisek, un despliegue de talento y destreza; así también sobresale la escenografía –la aparición de la arquitectura imperial en San Petersburgo sacó un aplauso espontaneo del público–, los juegos de luces y sombras que resaltan el carácter culposo que tiene la obra.

En síntesis, podemos afirmar que la máxima intensidad dramática se centra en la escena del duelo, y que el carisma de los bailarines hace que esto reverbere a través de las escenas y los actos siguientes, para encontrar un final si no fatídico al menos ineludible.

Una obra que surgió como un texto literario hace más de dos siglos, que hizo su correcta transición a la ópera y que después pasó al ballet; todo ello es lo que llega a las tablas del Teatro Municipal de Santiago –doscientos años de historia, cargados, intensos, que las puntas de los pies de Andreza Radizek se encargan de honrar.

Las funciones de Oneguin en el coliseo de la calle Agustinas, continuarán hasta el próximo jueves 23 de mayo, siempre a las 19:00 horas, en el principal escenario del país.

 

Luis Felipe Sauvalle Torres (Santiago, 1987) es un escritor chileno que obtuvo el Premio Roberto Bolaño -entregado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, y que reconoce las obras inéditas de jóvenes entre los 13 y los 25 años- en forma consecutiva durante las temporadas 2010, 2011 y 2012, en un resonante logro creativo que le valió el renombre y la admiración mítica de variados cenáculos del circuito literario local.

Asimismo, ha participado en la Feria del Libro de Santiago de Chile, como en la de Buenos Aires y ha vivido gran parte de su vida adulta en China y en Europa del Este.

Licenciado en historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y magíster en estudios rusos por la Universidad de Tartu (Estonia) es el autor de las novelas Dynamuss (Ediciones Chancacazo, Santiago, 2012) y El atolladero (Ediciones Chancacazo, Santiago, 2014), además de creador del volumen de cuentos Lloren, troyanos (Catarsis, Santiago, 2015).

También es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

Andreza Randisek (Tatiana) y Rodrigo Guzmán (Oneguin) en la puesta en escena de «Oneguin» en el Municipal de Santiago

 

 

La danza clásica y la postal de un amor imposible en «Oneguin», en el Teatro Municipal de Santiago

 

 

Luis Felipe Sauvalle

 

 

Tráiler:

 

 

Crédito de las fotografías utilizadas: Municipal de Santiago, Ópera Nacional de Chile.

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