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«Bucear en su alma», de Juan Mihovilovich: Una profunda meditación creativa

Más abajo, el segundo de los textos leído en la presentación del libro de cuentos del escritor chileno se da cita en nuestro Diario, y nos revela una nueva cara de ese conjunto de ficciones y los recursos implícitos a esa literatura: la sorpresa, la elocuencia de la palabra por sobre el detalle del contenido anecdótico, y la búsqueda del trascender humano.

Por Gustavo Boldrini

Publicado el 3.10.2018

Aun cuando “Bucear en su alma” es el título que da nombre al primer cuento de este libro, también lleva implícito un método y el lugar en dónde sumergirse. Y no sólo en el primer cuento, sino en el libro todo. Es que las aguas de esa turbulencia que es el alma, no se presentan tranquilas, pues son de una correntada vital. Todos sabemos que el alma mueve y conmueve, porque nos pone en relación con el cuerpo. Al fin, propongo una metáfora: los relatos de este libro hacen “el alma” de una profunda meditación.

Lo más curioso es que al fin de la lectura, lo que triunfa en su acuosidad -encriptada en el lenguaje- es la palabra, quizá el lugar en el que Juan reconoce o hace habitar el alma. Amante de epígrafes, estos se anticipan como un enigma más, o como una luz que acompaña al lector. Son la señal que enraíza esta díscola narrativa, que no es sobre costumbres, ni complaciente con tradiciones literarias cercanas, pues la vida no las sigue.

“¿Sabe que el síndrome de Down tiene su origen en planetas líquidos?”.

Es una pregunta en la página 9: y comienza el buceo…

Lo teológico, con o sin horror. La música, lo fantástico, el inalcanzable planetario, la sicología colectiva, uno que otro animal… son temas que acosan e interesan al autor. Siempre guiado por la razón, omnisciente, avanza hasta el lugar en donde pierde la tutela sobre sus convencimientos y pacta un desenlace con sus personajes… o lo encarga a la inventiva del lector. Así, una infinita “cola” para visitar a un oculista (en Puerto Cisnes) puede convertirse en una pesadilla o, también, en una inédita y contradictoria conciencia; como la que “vive” aquella familia, recién calcinada en un incendio, al sentir sobre sus cuerpos calientes las reconfortantes manos frías de los bomberos que la rescatan.

Aparentemente, en estos cuentos hay más simbolismo que anécdotas reales. Parecen abstracciones, alegorías personificadas, cosas que permiten la invención o reinvención del relato. Y entonces debemos volver al alma. Un fundamento narrativo que nace en la racionalidad se transforma en el impulsivo principio de toda vida, pues construye el modo de ser de unos personajes que vivirán por primera vez. Ahora, cuando ya son habitantes del cuento, se los reconoce como los nativos de un mundo inmaterial. Algo así como que el juez M. tras íntimos careos, los manda presos o los encarga reos de la ficción, liberándolos de todo crimen, aparentemente.

Algunos guiños a la realidad cotidiana dan un respiro o un descanso al lector. En lo personal me entusiasmo cuando reconozco un caso, un decir de la Provincia, sobre todo de aquella en donde vivió y vive el autor. Es que, de soslayo, ahí están la Costanera puntarenense, la nieve, el frigorífico Bories, siempre El Estrecho, un tío, una sobrina y un falso Stradivarius. La Provincia, que es un oasis, lo conocido… hace que el absurdo, la enajenación, la desesperanza cobren una dimensión más amable, menos terrorífica y que siendo asidero de la piedad ciudadana, reencante con alguna esperanza.

Debo terminar. Antes, algunas cosas sueltas que anoté durante la lectura: todo se hace inquietante desde el pensamiento del autor. A veces hay humor en el absurdo que se expresa; algo así como si fuese un Kafka feliz.

Hay pocos textos intimistas. Todo es severo e inescrutable como el decir de un Juez de la República. En algunos cuentos tiende a retomar esa interminable coloquialidad introspectiva que tienen sus novelas. Es admirable la convergencia tan unísona entre el proceso de pensar y el de escribir; como en el cuento “Ser de sangre fría”, cuyo personaje busca la cercanía del hielo para darle tibieza a su vida.

Pensé una tontera: es increíble que cada ser humano, por su versatilidad, sea fuente de infinitas posibilidades creadoras. Algo así como si el “ser” o “el alma”, fuesen un redundante choclo: una semilla mayor que grano a grano se desgrana, para seguir siendo choclo. Anoté algo sobre los recursos implícitos a esta literatura: la sorpresa, la elocuencia de la palabra por sobre el detalle del contenido anecdótico. En “Calpún”, por ejemplo, el cuento sobre un perro, el narrador le dice: “en tu quejido asustado reconocí mis propios miedos personales”.

Bucear en su alma comporta el acto de nadar y la posible creencia en el trascender humano. De verdad, bucear tiene que ver con una búsqueda, y el alma con un acuerdo imposible. Así de imprevistas son estas cosas de la literatura y el arte cuando se alejan de las artimañas del consumo y de las modas. Esto de presentar un libro tal, en estos tiempos, más parece un desafío o aquel “sueño imposible” que decía el Quijote. Sin embargo, Mihovilovich sabe en dónde bucear para rondar esa alma sobre la que escribe y desde la que siempre nos convida tanto.

 

Gustavo Boldrini Pardo es un profesor y escritor quillotano de tomo y lomo nacido en Chiloé (1951).

 

Una imagen del lanzamiento de Bucear en su alma en el Centro Cultural Gabriela Mistral de Santiago

 

 

 

Crédito de las fotografías utilizadas: Lanzamiento del libro Bucear en su alma de Juan Mihovilovich, en la librería del Centro Cultural Gabriela Mistral el pasado miércoles 26 de septiembre, por Marianne Gidi.

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