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«Cold War»: Una historia de amor

Cada escena, cada plano -al ritmo sincopado de la música- en este filme memorable del realizador polaco Pawel Pawlikowski es una composición donde todo funciona, si hasta el artificio se borra: lo que se ve, se oye y se siente, jamás es fingido.

Por Alejandra M. Boero Serra

Publicado el 19.1.2019

Cine europeo al ciento por ciento. Y de autor. Y en blanco y negro. Una pantalla estilizada con planos de intensa belleza: fotografías en movimiento. Luz, calidez, emoción sin concesiones que logran hacer foco y otorgar protagonismo a esta inmensa historia de amor. Lo mismo que decir: una tragedia, de las eternas, de las que van a constituirse en clásicas.

Cuerpos atravesados por la Guerra Fría es lo que Pawel Pawlikowski (¿recuerdan Ida? ) filma entre Polonia y París, Berlín y Yugoslavia de los años ’50: los (des)encuentros entre Zula y Wiktor. Veinte años de amor y de pasión. Y también la historia de una generación condenada a la delación, a la sumisión a una ética y a una estética totalitaria y a encontrar, en ese contexto escindido, quebrado por la rigidez y el adoctrinamiento, un lugar en el mundo. Replegarse, colaborar o huir. Y en cada una de esas ¿opciones? el drama.

Diálogos que no comunican: ¡significan! El guión de Janusz Glowacki y de P. Pawlikowski es un ejemplo del menos es más: austeridad y sutileza. No es el qué de la historia sino el cómo se cuenta.

Dos que intentan ser felices: una cantante atormentada por un pasado traumático y un pianista en busca de talentos para rescatar la cultura popular polaca. Joanna Kulig y Tomasz Kot actúan con cada célula de sus cuerpos. Zula y Wiktor reinventan la belleza, el arte, el amor. Y huyen. Y vuelven. Son víctimas que nunca se victimizan: luchan desde donde pueden. Y muestran que todo sistema se resquebraja. París es otra orilla de la intemperie: permite otros modos del arte y del amor, pero no ahuyenta el dolor, el desarraigo y el desencuentro.

La música: otra protagonista desde el minuto cero hasta el último de los ochenta y cuatro. Imposible sustraerse al influjo de esos instrumentos típicos, de esas voces que vienen de lejos. Y del jazz. Toda intimidad y magia. Placer. Marin Masecki merece todo un reconocimiento.

Cada escena, cada plano al ritmo sincopado de la música: una composición donde todo funciona. Si hasta el artificio se borra: lo que se ve, se oye y se siente no es fingido…

¿Qué nos convoca en tiempos anacrónicos para el amor romántico, tiempos donde el deseo pareciera no existir o no reconocerse – sí, (¿por qué?) porque duele el amor, y devasta- a querer que esta historia y otras más sigan existiendo? De este lado también hay imperativos y mandatos y represiones en tono narcisista, capitalista y snob. Nada que una historia de amor bien contada y unas simples canciones (¿cursis?) y el arte no pongan en cuestión y nos inviten a ver qué se gana y se pierde en esa construcción.

La crítica fue y sigue siendo unánime: institucional y de público. El amor sigue vigente.

 

Alejandra M. Boero Serra (1968). De Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina, por causalidad. Peregrina y extranjera, por opción. Lectora hedónica por pasión y reflexión. De profesión comerciante, por mandato y comodidad. Profesora de lengua y de literatura por tozudez y masoquismo. Escribidora, de a ratos, por diversión (también por esa inimputabilidad en la que los argentinos nos posicionamos, tan infantiles a veces, tan y sin tanto, siempre).

 

La actriz Joanna Kulig en «Cold War (Zimna wojna, 2018)»

 

 

 

 

 

La crítica argentina Alejandra M. Boero Serra

 

 

Tráiler:

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