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[Columna] ¿Cómo hablar de aborto?

¿Podemos participar nosotros en esto?, ¿quitar una vida, despojarla de su nombre y enterrarla con un olvido imposible? Legal o no —bien lo sabe Dostoievsky—, no hay crimen sin castigo. Los gemidos de esos hijos muertos son quizá las últimas notas de esta civilización en ruinas.

Por Juan Ignacio Izquierdo Hübner

Publicado el 26.6.2021

Mientras leo Futurologías (Editorial Universitaria, 1980), un original y provocador poemario del sacerdote y crítico literario chileno, José Miguel Ibáñez Langlois, junto con disfrutar y conmoverme con el verbo despierto, voy encontrando experiencias que alimentan mi percepción del presente.

Una de las temáticas que más me han removido es el aborto, al cual Ibáñez Langlois dedica unas cuantas lágrimas:

sentirás que te llaman oh madre madre mía

no sabrás de qué abismo procede ese sollozo.

A veces nos parece fácil hablar de aborto, porque no nos hacemos cargo, quizá, del drama existencial que viven las mujeres enfrentadas a este penoso dilema.

Hay políticos que lanzan proyectos de ley como balones desde el córner y nos dejan a todos enfrentados como perros y gatos, pero, ¿hemos hablado sobre la vida y la muerte de dos en dos, entre familiares o amigos, en el tono íntimo y sagrado que corresponde a un tema como este?

Y en lugar de seguir con una argumentación, les propongo una breve historia:

Cuando entraron madre e hija al restaurante, las mesas callaron. Venían discutiendo, afiebradas, con sendas carteras a punto de volar y el paso rápido hacia la mesa del fondo. La señora miraba a su hija de igual a igual, a pesar de que rondaría los 45 y su hija los 17.

— Estás a tiempo para abortar, el cigoto…

— No lo llames así.

— ¿Qué no lo llame cómo?

— ¿Acaso no celebraste tu embarazo?, ¿o decías a tus amigas que yo era un cigoto?

La discusión escalaba peligrosamente de tono, ambas se daban cuenta, pero llegó el garzón, respiraron un poco y se demoraron en pedir un café y una limonada.

Estas cosas pasan, cada vez más, se decía la madre para serenarse, pero no conseguía silenciar las manos, que temblaban día y noche por miedo ante la amenaza que veía cernirse, oscura como bandada de espectros, sobre el futuro de su única hija.

— ¿Y tu futuro?

— ¿Y el de mi hijo?

— ¿No tienes otra cantinela que esa?, vamos, niña, ¡niña tonta!, ¿cuándo me dejaste de escuchar?, ¿o ya te olvidaste del cuarto mandamiento?

Una lágrima recorrió entonces las mejillas hundidas de la hija. La madre, en cambio, endureció todavía más su rostro, tal vez por desesperación. Cayeron unas lágrimas más, todavía tímidas, y la madre no tuvo ya fuerzas para conservar el papel: relajó el rostro, lo justo para que se quebraran las máscaras y lloraron juntas, por fin, en silencio, tomadas de la mano y mirándose a los ojos entre la niebla del dolor.

La niña sacó su diario de vida, lo abrió en la última página y lentamente lo empujó hacia su madre:

— Mira lo que me escribió papá, lo hizo durante la noche de la noticia:

Siglo XX: mil millones de abortos. Siglo XXI: entre 40 y 45 millones de abortos cada año. ¿Podemos participar nosotros en esto?, ¿quitar una vida, despojarla de su nombre y enterrarla con un olvido imposible? Legal o no —bien lo sabe Dostoievsky—, no hay crimen sin castigo. Los gemidos de esos hijos muertos son quizá las últimas notas de esta civilización en ruinas. Nosotros, que hemos sido bendecidos, debemos amar a toda criatura sin calcular tanto. Te perdono, hija mía, y quiero a tu hijo como si fuera mío. Puedes contar conmigo, tu papá.

P.S.: Por cierto, tu madre está un poco confundida porque te quiere, te quiere mucho. No la juzgues y ten paciencia.

Madre e hija se miraron en respetuoso silencio, no necesitaron palabras para pactar el fin de gruñidos e intimidaciones, y comenzaron a compartir su fragilidad como personas, como amigas, como madres. Al cabo de un buen rato salieron del restaurante, más desahogadas y dispuestas a seguir conversando.

 

***

Juan Ignacio Izquierdo Hübner es abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, licenciado en teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) y alumno del máster en teología de la Universidad de Navarra (España).

 

Juan Ignacio Izquierdo Hübner

 

 

Imagen destacada: Never Rarely Sometimes Always (2020).

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