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[Columna] «El perfecto asesino»: Formas de redimirse

La recordada obra audiovisual del realizador francés Luc Besson, que relata el vínculo emocional y la historia de amor imposible entre una adolescente huérfana y un asesino a sueldo, en la cosmopolita y violenta ciudad de Nueva York de los años 90, se encuentra disponible para su visionado en la cartelera de la plataforma Netflix.

Por José Miguel Martínez

Publicado el 18.8.2023

No hay mayor soledad que la del samurái, a menos que sea la del tigre en la selva… Tal vez…
Le Samouraï (Jean-Pierre Melville, 1967)

El epígrafe es de un ya clásico noir francés que cuenta la historia de Jeff Costello, interpretado por Alan Delon, un asesino a sueldo frío y perfeccionista que se rige por un estricto código de silencio. El rigor de su hermetismo es tan implacable que su única compañía es la de un canario que, más que un alivio a su soledad, le ofrece un fin utilitario: el de avisarle con su canto cuando hay alguien merodeando cerca.

Y si Jeff Costello mantiene tan a raya sus relaciones es porque sabe, como buen profesional, que si alguna vez cruza esa línea, será el fin del camino para él.

El perfecto asesino (Léon, 1994) viene de esa tradición, pero ofrece una vuelta de tuerca contemporánea. No sólo porque su director, Luc Besson, también sea francés, y permita que esa sensibilidad se impregne en toda la película, sino también porque nos muestra la historia de Léon, otro asesino a sueldo que, como Costello, destaca por su soledad y, tal como canta el título, por su profesionalismo.

León, interpretado por Jean Renoir, es un hombre taciturno, de nariz aguileña, que usa lentes oscuros y redondos como los de John Lennon, y que es un maestro en su oficio: al enfrentar un encargo se comporta, más que como un samurái, como un ninja, colgándose de los techos y acechando desde las sombras a sus despavoridos enemigos.

Todo lo anterior, que vemos en las primeras escenas, contrasta radicalmente con su personalidad cotidiana: a Léon no le gusta fumar ni decir groserías, y si bien vive en Nueva York, su inglés es bastante precario (no sabe, de hecho, leer ni escribir). Sus únicos vicios, si es que podemos llamarles así, son la leche y las películas de Gene Kelly, y el aura que transmite es más la de un niño que de un homicida.

Su única compañía, como el canario de Costello, es una planta en un macetero, o eso al menos hasta que conoce a Matilda, su vecina de doce años interpretada por Natalie Portman, la cual representa su antípoda exacta: ella fuma cigarros, habla groseramente y está desesperada por alcanzar una forma de adultez, para poder escapar de una infancia de maltratos, infancia que se verá interrumpida cuando Stanfield, un corrupto y desquiciado agente de la DEA interpretado por Gary Oldman, asesine a toda su familia.

Es en este punto donde los destinos de ambos se cruzarán: ella llamará a la puerta de Léon y él la dejará entrar, salvándole la vida.

 

Amores confusos

Matilda es el gran tal vez que destaco en el epígrafe de este texto, porque es a través de ella que la película transmite su verdadera condición: la de un conmovedor drama francés, la excéntrica historia de amor —digámoslo así— entre una niña y un asesino, escondida bajo el velo de una película de acción.

La «historia de amor» puede resultar incómoda para el espectador, pero Besson tiene el tacto preciso, creo, para no caer en lo burdo o lo explícito: la figura de Léon para Matilda es una paternal, de maestro y protector, y, a pesar de que ella expresará en más de una ocasión sus sentimientos hacia el asesino a sueldo, este nunca responderá con algo más que incomodidad a este anhelo pre-adolescente.

Y es eso lo que define la relación de Matilda con Léon: a pesar de estar en una situación trágica que la sobrepasa, junto al sicario encontrará un lugar seguro donde por fin podrá expresar, con una libertad que nunca antes le fue permitida, sus confusas emociones.

Lo mismo puede decirse de Léon: será a través de Matilda donde el personaje encontrará una forma de amor por la vida que nunca antes se permitió tener. El perfecto asesino es, entonces, la película de un samurái —el último de su clase— que a pesar de mantener siempre a raya sus relaciones, terminará por cruzar esa línea, decidiendo poner fin a su soledad, y aceptando el sacrificio inevitable que eso conlleva, pero alcanzando una forma de redención, tal vez.

 

 

 

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José Miguel Martínez (Santiago, 1986) es arquitecto. Ha publicado los libros El diablo en Punitaqui (Tajamar Editores, 2013), Hombres al sur (Tajamar Editores, 2015), Tríptico de granola (Tres Puntos Ediciones, 2020) y Ceres (Minotauro, 2021).

Ha traducido, además, a James Baldwin, S. Craig Zahler y Jack London. Es creador del podcast Cátedras Paralelas, donde conversa con diversos invitados sobre libros y lectura. Vive en Frutillar, Chile.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

 

José Miguel Martínez

 

 

Imagen destacada: El asesino perfecto (1994).

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