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[Columna] «Útero»: El ejercicio del despertar

La novela del escritor nacional Juan Mihovilovich Hernández (en la imagen destacada) sigue su camino triunfal por las audiencias culturales y críticas del país, e inclusive motivando la escritura de nuevos artefactos literarios, inspirados en su trama y argumento.

Por Julián Mesa Latorre

Publicado el 28.1.2021

I

Despertar es darse cuenta de sí, del otro, de lo otro, de la Otredad.
Ello tiene muchos grados.

En los grados más bajos, el sueño.
En los más altos, la lucidez.

En las cumbres del despertar, la liberación, la sabiduría, la comprensión, la serenidad, la justicia, la compasión.
En su abisalidad, el sometimiento, la ignorancia, la intolerancia, la inquietud despótica, el desprecio, la violencia, el desgarro.

Despierta el instinto.
El emocionar.
La cognición.
La trans–cognición.
El cuerpo, y el alma.

Ser y estar en modalidad humana es eso: cultivar el ejercicio de despertar.

 

II

Útero nos sitúa en tal ejercicio.
En el espacio tiempo específico de su protagonista, transitando por la vastedad de su fuero interno, por las escenas de su itinerancia, por la campiñas y ciudades que lo han albergado; interactuando con sus progenitores, con las/os de su propia sangre, con sus vínculos afectivos de todo orden.

Nada es ajeno a dicho ejercicio.
Todo le concierne.
Desde la sombra más sombría, hasta la luz más resplandeciente.
Desde la intimidad más íntima, hasta la exterioridad más compleja.
Desde la propia morada, hasta la ciudad y sus instituciones.
Desde la soledad radical, hasta la interacción con la radicalidad de las otras soledades.
Desde la singularidad de la estancia que se es, hasta la multiplicidad contínua de estancias existenciales.
Desde la porción de mundo más próximo, hasta la inconmensurabilidad del cosmos.
Desde lo ordinariamente perceptible, hasta lo extraordinariamente perceptible.

En todo esto nos recrea Útero.

 

III

En un lenguaje que se busca a sí mismo para hallar los elementos que permitan expresar lo que cotidianamente no es usual expresar.
Un lenguaje en tensión —como las cuerdas de un violín, un violonchelo, un contrabajo— a través del cual el caudal, cuantioso, de lo recorrido, emerge en sus formas múltiples.
Un lenguaje en apertura —como un oboe, una flauta traversa— para ir más allá de su habitual dominio.

 

IV

En el escenario final —que bien puede operar como inicial escenario— el protagonista ingresa en la mudez de las palabras: el lenguaje cede su lugar al silencio, desde el cual es posible la crucial apertura:

“Cinco y media de la mañana. Mis ojos legañosos despiertan a la vida. El sol se asoma a la distancia dando su plena luz al horizonte del Estrecho de Magallanes. Me levanto de la silla donde espero desde hace dos horas el amanecer. Tomo una toalla y limpio los cristales humedecidos. No logro sacar el vapor condensado en la ventana. Persiste en impedirme una visión completa. Quizás no sean los cristales. Tal vez sean estas lágrimas traicioneras que me impiden ver su luminosidad en todo su esplendor. Un pajarillo canta. Una gaviota vuela indiferente por encima del río. El astro rey surge ante mí con su poder abrasador. Mi interior grita que estoy vivo y sueño y lloro. Mis ojos se esmeran en desafiar su potestad. No es posible: bajo los párpados y me quedo mudo. Su tibieza me inunda (…)” [capítulo LIV].

 

V

Contínuamente estamos siendo alumbrados.
Útero lo registra y atestigua.

Y en cada fase de alumbramiento, un despertar no conocido se despliega.

Y de ese juego —estremecedor, caótico, desafiante, poderosísimo, riesgoso, y sublime, juego— depende la emergencia y expansión de la alegría, de la medular alegría, de la extasiante alegría, de la revolucionaria alegría: aquella que, en su potencia, es capaz de regenerarnos y restablecernos: de situarnos en conexión —desde la raíz, y en totalidad— con el fenómeno, y misterio, de la existencia y de la vida.

 

VI

Hasta que, de pronto, las matrices uterinas mismas son alumbradas, las del individuo, y las de las colectividades; las de antes, y las de ahora; las materiales, y las inmateriales; las de este sistema, y las del cosmos entero.
Es el gran despertar.
Entonces, todos los límites del espacio tiempo revelan su secreto: que en sus entrañas, el límite es umbral que conduce a lo sin límite.
Entonces el espacio tiempo y lo que lo excede se conforman como un contínuo, sin fractura.
Todo está convocado, y todas/os estamos convocadas/os, a ello.

 

***

Julián Mesa Latorre es licenciado en derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile y abogado, ejerce su profesión y reside en Linares. Columnista del Diario El Heraldo de dicha ciudad, es también egresado de psicología transpersonal integral, con múltiples publicaciones en variados medios sobre derecho, poesía, psicología y cultura en general.

 

«Útero», de Juan Mihovilovich (Zuramerica Ediciones & Publicaciones S.A., 2020)

 

 

Julián Mesa Latorre

 

 

Crédito de la imagen destacada: Editorial Zuramerica.

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