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[Crítica] «El castigo»: Una pareja que se descubre

Protagonizado por los actores nacionales Antonia Zegers y Néstor Cantillana, acaba de estrenarse en las salas locales el nuevo largometraje de ficción del realizador chileno Matías Bize, quien hace tan solo unos meses estaba en la cartelera con su impúdica obra «Mensajes privados».

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 10.10.2022

«Con frecuencia, entre un hombre y una mujer, sólo uno de los dos se enamora. El otro, o la otra, acepta, o soporta».
Dino Buzzati, en Las noches difíciles

La cinematografía del realizador chileno Matías Bize (1979) se ha esforzado con ahínco por analizar desde una óptica audiovisual, las relaciones afectivas surgidas entre hombres y mujeres, sin duda que con mayor altura artística o mejor suerte creativa, en algunos créditos que en otros.

Su nuevo filme, El castigo (2022), sin ser una obra de grandes cambios al respecto, supera con demasía los logros o credenciales de la sobrevalorada Mensajes privados (2021), quizás porque la escritura del guion no la efectuó él mismo director, y sí la especialista española Coral Cruz.

Grabada a través de un único plano secuencia, al igual que su ópera prima, la recordada Sábado (2002), el argumento de El castigo recupera ciertas sorpresas y novedades en sus giros dramáticos, perdidos hace tiempo en la filmografía de Bize, probablemente debido a su insistencia por centrar sus preocupaciones —exclusivamente— en los duelos inevitables a los cuales se encuentran enfrentados la totalidad de los seres humanos: la pérdida, la soledad, la insatisfacción, las crisis existenciales, y un largo etcétera.

Esa refrescante característica literaria, insisto, se la adjudico al trabajo de Coral Cruz. Pues como guionista, Bize es predecible, obsesivo sin ser profundo, un vector impenitente de lugares comunes y de posturas sensitivas desprovistas de espesor artístico y literario, en folios donde se tiene al modo de un amuleto sagrado que jamás falla, el acto gratuito de llorar.

Pero ahora, la cámara (ágil y perfeccionista) se sitúa en la tensión previa a una posible ruptura y alejamiento de un matrimonio que ronda los 40 años, que expresado además de una manera realista o mejor dicho, más creíble que en ocasiones anteriores, se encuentra sostenida y apuntalada en su plausible enunciación diegética, por las singulares interpretaciones protagónicas de los actores nacionales Antonia Zegers y Néstor Cantillana.

Zegers, recupera un registro que le acomoda a sus cualidades escénicas (por momentos, la frialdad de su rostro y confesiones recuerdan a su rol en El club, de Pablo Larraín), y Cantillana despliega las formas íntimas que lo sitúan entre los mayores intérpretes del medio local, por lo menos en lo que al formato cinematográfico y serial televisivo, se refiere.

 

Lo bueno de cambiar un poco

El mayor problema que tiene el cine de Bize deviene del ejército de aduladores enceguecidos que blindan su arte audiovisual.

Recuerdo que a raíz del estreno de La vida de los peces (2010), en un frío invierno chileno de hace doce años, que coincidió con el desarrollo del Mundial de Sudáfrica, el crítico Héctor Soto calificó una de las secuencias finales de esa obra ganadora del Goya (en la competencia iberoamericana), como una de las mejores en la historia de la ficción fílmica (Blanca Lewin, entonces, bajaba una escalera). Lo escuché en una de esas cápsulas radiales que el columnista producía para la antigua Radio Beethoven, cuando esa señal metálica y tranquila, era propiedad del Grupo Copesa.

Así, con esos juicios que asemejan a una burla propia del humor negro, resulta difícil progresar, y el director de turno termina creyéndose tocado por una cámara mágica, imposible de desenfocarse. Y si después te reciben Sebastián Piñera y Luciano Cruz-Coke en La Moneda para honrarte cual futbolista por el premio español que te ganaste, ya te quiero ver, Matías.

Por eso, este regreso a sus orígenes creativos efectuado por Bize, quizás le ayude en lo próximo, a recrear audiovisualmente la felicidad, que como bien sentenció Graham Greene en su novela El fin de la aventura (1951), siempre es más compleja de retratar o de relatar, que el dolor y el sufrimiento.

En esta oportunidad, hasta la escogida con pinzas ambientación del bosque verde y húmedo, casi selvático en su obscuridad, es acertada y metafórica, en El castigo, con el propósito de develar lo que su director busca en su punto de mira cinético: descorrer el tupido velo, diría la desaparecida Pilar Donoso Serrano.

Una pareja se desnuda en sus recónditos sentimientos, y se descosen esas cicatrices que veladas y pegadas por el tiempo juntos, por la cotidianidad, por el acomodo, por el temor a la soledad y a la intemperie de la vejez sin compañía, y por la trivial conveniencia, que en más de las ocasiones que se desean, propician y empujan, finalmente, un vínculo de pareja entre dos personas adultas.

Ya nada será lo mismo, aunque el hijo aparezca sano y salvo, o en la cita porfiada a Henry James, se intente restaurar la copa dorada, irreversiblemente quebrada y magullada.

 

 

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En «El castigo», la actriz nacional Antonia Zegers consigue uno de los mejores roles de su extensa carrera cinematográfica

 

 

Tráiler:

 

 

 

Imagen destacada: El castigo (2022).

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