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[Crítica] «El monstruo de St. Pauli»: Los excluidos de la sociedad alemana

El director Fatih Akin filma una historia cinematográfica de época muy viva en el Hamburgo de inicios de la década de 1970, y deja de lado por un momento su tema habitual: los inmigrantes, por lo general de origen turco en Europa, para centrarse en otro grupo marginado, en una variopinta galería de personas que el milagro económico germano de los años 60 del siglo pasado había escondido bajo la alfombra.

Por Cristián Uribe Moreno

Publicado el 4.11.2023

En el streaming de la plataforma Mubi, es posible apreciar una de las últimas realizaciones del director alemán de origen turco Fatih Akin, El monstruo de St. Pauli (Der Goldene Handschuh, 2019) basada en la novela homónima de Heinz Strunk.

Los calificativos que vienen a la cabeza desde el comienzo del visionado son crudo, descarnado y cruel. El impacto de los primeros minutos es el estándar que pone el director al inicio y deja al espectador en una posición incómoda, como un piedrazo arrojado a su consideración, sin darle un segundo de respiro para que se acomode en su asiento.

Fritz Honka (Jonas Dressler) ha asesinado a una vieja prostituta que recién conoció. Trata de deshacerse de su cuerpo y lo único que se le ocurre es desmembrarla. En un estrecho cuarto donde vive, en una pared llena de recortes amarillentos de mujeres desnudas, sacadas de diarios, revistas o calendarios, que difieren de ese cuerpo inerte, fofo, tirado en la cama, dan una pista de la atmósfera lúbrica y ominosa de la película.

Las imágenes no hacen concesiones y desarrollan en toda su crudeza este proceso brutal y sangriento, que en manos de Fritz, intensifica la inhumanidad de su accionar. Algunos partes desmembradas, las arroja a una acequia y otras, las guarda en su departamento, en un pequeño compartimento.

También, la narración exhibe a Fritz y su aspecto de monstruo: una frente amplia, un estrabismo evidente, dientes amarillos y negros, exacerban los rasgos de un sujeto perdido en una acción sicopática. En este aspecto, el trabajo actoral de Jonas Dressler es sobresaliente tanto en lo físico como en lo psicológico para captar las pulsiones bestiales del criminal.

 

Cartografías de los marginal

Luego, la historia cambia diametralmente y al aspecto grotesco de Fritz, la imagen siguiente lo coteja con un personaje angelical, Petra (Greta Sophie Schmidt) que aparece en su escuela, siendo reprendida por la maestra. Ella sale del recinto, acompañada por un compañero, que la invita a tomar una bebida.

Mientras compra en la fuente de soda, Petra se queda afuera y al querer fumar, aparece Fritz con un encendedor y ofreciendo fuego a la joven estudiante, obnubilado por la belleza y la juventud de ella.

Extraño encuentro que el realizador alemán filma con extraordinaria pulcritud en la contraposición de planos, una suerte de «la bella y la bestia» moderna. Una figura que no podrá borrar el homicida y que se manifestará de manera constante.

Después, la narración se centra en el local que da nombre a la película en el idioma original: Der Goldene Handschuh, El guante dorado. Un lugar que es visitado asiduamente por Frtiz, un bar decadente, sórdido y lóbrego, donde llegan los marginales de un Hamburgo, situado inicios de los 70, en el barrio de St. Pauli.

Algunos de los parroquianos que pueblan el recinto son un exsoldado tuerto de las SS, que casi no habla, un viejo que no para de contar anécdotas de su vida mientras bebe, unas prostitutas viejas que se dedican a emborracharse y cantar canciones que las hacen llorar o señoras mayores que no tienen dinero y que por unas copas ligan con marineros que llegan o viejos solitarios con los que bailan.

En fin, una taberna donde se reúne lo marginal, de un sector ya marginal, en el barrio rojo del puerto alemán.

 

Almas perdidas

Las historias que se cuentan en este sitio, vidas dañadas, tragedias pasadas, penas irremediables, son el epicentro del relato. Y en este ambiente, Fritz es una más de esas almas perdidas. Que bien podría ser la historia de cualquiera de los que asisten allí. Un paisaje de los excluidos de la sociedad alemana.

Así mientras los clientes se reúnen todos los días, Fritz logra levantar alguna mujer, casi siempre muy mayor, para llevársela a su departamento con el objetivo de tener relaciones (o violarlas) y luego asesinarlas. Esta dinámica va en aumento sin que nadie eche de menos a estas personas, por lo que la impunidad de este criminal es lo más llamativo del largometraje.

De esta forma, el filme va elevando la sordidez y el hedor que se desprenden de los asesinatos y de esas partes hacinadas en un rincón olvidado de la habitación de Fritz. Como el Guante Dorado y esos individuos que parecen vivir allí.

El director Fatih Akin hace una historia de época muy viva. Deja de lado un momento su tema habitual: los inmigrantes, por lo general de origen turco en Alemania, para centrarse en otro grupo marginado. Una variopinta galería de personas que el milagro económico alemán de los 60 ha escondido bajo la alfombra.

Personajes que aún cargan con el pasado de la derrota bélica y que entre cervezas y humo de cigarrillo esperan el fin de sus días. Una película cargada de vileza y de perversidad que retrata el abismo en el que se desbarrancó la sociedad alemana y de la que muchos no pudieron volver.

 

 

 

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Cristián Uribe Moreno (Santiago, 1971) estudió en el Instituto Nacional General José Miguel Carrera, y es licenciado en literatura hispánica y magíster en estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile.

También es profesor en educación media de lenguaje y comunicación, titulado en la Universidad Andrés Bello.

Aficionado a la literatura y al cine, y poeta ocasional, publicó en 2017 el libro Versos y yerros.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Cristián Uribe Moreno

 

 

Imagen destacada: El monstruo de St. Pauli (2019).

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