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[Crítica] «La virgen de la tosquera»: Una deriva monstruosa del deseo adolescente

Más que narrar una simple historia sobre la pérdida de la inocencia, el filme de la realizadora argentina Laura Casabé —inspirado a su vez en dos cuentos de la escritora bonaerense Mariana Enríquez— muestra la forma en la cual el crecimiento femenino puede estar atravesado por afectos incómodos y perversos: rabia, frustración, humillación, celos y también anhelos de venganza y de castigo.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 25.3.2026

«No es una Virgen».
Mariana Enríquez

La virgen de la tosquera es una película argentina de Laura Casabé, estrenada en 2025 y basada en dos relatos de Mariana Enríquez, «El carrito» y «La virgen de la tosquera», incluidos en Los peligros de fumar en la cama. El filme, además, se encuentra disponible en HBO Max en Chile desde el 27 de marzo.

Con todo, la obra puede situarse dentro del coming of age femenino casi siempre mezclado con el de horror, una línea en la que también podrían inscribirse películas como Carrie (1976), Ginger Snaps (2000), Teeth (2007), Raw (2016) o incluso The Witch (2015).

En todas ellas, el paso de la adolescencia a una nueva identidad femenina aparece atravesado por transformaciones físicas, emocionales o sobrenaturales que hacen del crecimiento una experiencia inquietante, violenta y, muchas veces, monstruosa.

La película de Casabé trabaja precisamente en esa zona. Su protagonista, Natalie, forma parte de un grupo de amigas unidas por una misma obsesión: Diego, un joven con quien fantasean perder la virginidad. Ese equilibrio precario se rompe cuando él inicia una relación con Silvia, una mujer mayor que las adolescentes, más libre y experimentada.

A partir de ahí, el deseo frustrado de Natalie comienza a transformarse en resentimiento y luego en una fuerza oscura que parece afectar la realidad misma. Su proceso de individuación no adopta la forma de una emancipación luminosa, sino la de una deriva hacia una subjetividad monstruosa.

Uno de los aspectos mejor logrados de la película es que el relato está narrado en un entorno barrial contaminado desde el comienzo. La historia, ambientada en la Argentina de inicios de los 2000, se abre con la llegada de un vagabundo ebrio que deja un carrito en la cuadra.

Ese carrito, cargado de podredumbre y descomposición, se convierte en un foco de miedo, asco y superstición para los habitantes del barrio. La figura de este hombre remite a una monstruosidad marginal: un cuerpo expulsado socialmente que, sin embargo, regresa como amenaza y contagio.

Su aparición inicial tiene incluso algo de similitud con ciertas figuras abyectas del universo de David Lynch, en especial con el vagabundo de Mulholland Drive: una presencia liminal y perturbadora que condensa, desde el inicio, una amenaza difícil de nombrar y que interpela tanto a la protagonista como a los espectadores.

Desde entonces, tras la expulsión del vagabundo, la cuadra queda marcada por una atmósfera enrarecida, como si el mal ya hubiera entrado en el barrio. Esto ramifica y expande aún más el conflicto de la protagonista, que pasa de las tribulaciones de una adolescente no correspondida a convertirse en un cuerpo poroso receptor de todas estas violencias externas que la rodean y a desatarlas contra otros en venganza.

 

La zona incierta donde se cruzan deseo, fantasía y realidad

En paralelo, la tosquera funciona como el gran espacio ritual del relato. No es solo un lugar apartado donde los personajes van a nadar, sino una zona cargada de violencia latente, leyendas y muerte.

Silvia manifiesta a los adolescentes que allí murieron niños ahogados y que existe un pequeño santuario en su memoria, con imágenes religiosas en una cueva cercana.

Así, ese espacio concentra buena parte del espesor simbólico de la película, porque es allí donde Natalie puede finalmente enfrentarse a sus propios deseos, verbalizar su rencor y formular una plegaria oscura para que Silvia y Diego desaparezcan. La tosquera deja de ser un simple escenario físico y se vuelve un umbral: el sitio donde la protagonista abandona una identidad previa y accede a otra nueva, asociada a la bruja, a la virgen y a la venganza.

En ese sentido, el título La virgen de la tosquera funciona de manera doble: literal y simbólica. La figura de la «virgen» no opera aquí solo en un sentido sexual, sino también ritualístico y monstruoso. La película invierte así el imaginario tradicional de la virginidad femenina, ya no entendida como pureza pasiva, sino como reserva de violencia atávica, deseo y poder.

Lo sugerente es que el filme nunca clausura del todo si Natalie posee realmente poderes sobrenaturales o si solo interpreta los acontecimientos desde su imaginación herida. Esa ambigüedad fortalece la propuesta, porque mantiene el horror en la zona incierta donde se cruzan deseo, fantasía y realidad.

Más que narrar una simple pérdida de la inocencia, la película muestra cómo el crecimiento femenino puede estar atravesado por afectos incómodos y perversos: rabia, frustración, humillación, celos y deseo de castigo. Natalie no madura integrándose al mundo, sino separándose de sus amigas y asumiendo una forma nueva de subjetividad, más oscura y peligrosa.

En esa transformación radica la fuerza del filme: en mostrar que el paso a la adultez, lejos de ser armónico, también puede tomar la forma de una liberación monstruosa.

 

 

 

 

 

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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Camila Gordillo Varas

 

 

Imagen destacada: La virgen de la tosquera (2025).

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