Esta obra de la autora maulina Alejandra Moya Díaz se sitúa en una zona de la penumbra de la literatura chilena, no quiere llamar la atención, tampoco desea jugar a la vanguardia, pero recoge una tradición poética donde se conjugan lo personal, y lo existencial con el espacio y su territorio.
Por Juan Ignacio Colil
Publicado el 29.3.2026
Siempre que uno tiene un libro entre las manos se desatan las expectativas, y junto con las expectativas se desatan los monstruos de los prejuicios, porque, para que estamos con cosas es difícil abrir un texto del cual uno no sabe nada.
¿Cómo llega uno a los libros? ¿Cómo llegan los libros a uno? Primero están los libros de la casa de la familia, para algunos es una suerte, para otros una maldición. Por lo general es una mezcla extraña.
También están los libros del colegio (generalmente en ediciones baratas), están los libros recomendados por algún profe buena onda, luego los libros visitados en librerías de viejos, que de tanto verlos uno los termina comprando, están los libros que llegan por recomendaciones de otros libros, están los libros que recomiendan los autores en sus entrevistas (esos son los más falsos).
Y por último están los libros que caen maduros de las ramas de la literatura como lo es Lagunas de estación, porque pienso que para haber leído yo este libro, se dieron muchas cosas, muchos años, ahora mirando hacia atrás parece todo tan lógico y obvio, pero no es así, es nuestra mente que trata de imponer un orden en medio del caos.
Sueños y deseos que aparecen
Lagunas de estación de Alejandra Moya Díaz (Curepto, 1991), es un texto muy personal, todos los textos son muy personales, pero a veces uno encuentra ciertos patrones que se reproducen con mayor regularidad, y entonces uno vuelve a amarrarse a los prejuicios de lectura, a los viejos patrones, porque en el fondo uno sabe hacia dónde va el libro que tiene entre manos y entre ceja y ceja.
De alguna forma uno ya sospecha lo que va a leer cuando elige un texto. Y nos engañamos, pero ya sabíamos lo que iba a ocurrir. En este caso no era así, porque yo no conocía el libro ni tampoco a la autora. Eso para algunos es fuente de ansiedad y buscarían por horas toda la información existente en internet para no ir tan desnudos al encuentro lector; pero yo no soy ansioso, así que dije voy a leer, solo a leer.
Entonces leí y me encontré con este mundo íntimo de Alejandra, este mundo interno que dialoga con el mundo que se abre ante sus ojos, uno asiste a ese encuentro con la naturalidad de la costumbre, pero también con la curiosidad ante lo que se va develando.
Cito: «El campo detrás de la casa tiene dimensiones exuberantes, a veces hay lagunas, otras veces gitanos o circos pobres varados por meses. El viento arremolinado, frío y húmedo de la cosa se deja sentir todo el tiempo. Debo salir abrigada para ir a molestar camarones de barro».
Al terminar ese párrafo dejo el libro y me veo caminando en mi niñez por un campo lleno de estas casitas de barro que hacían los camarones y que quedaban en el verano como muestra de su estadía y corríamos por el campo y nos torcíamos las patas en esas extrañas construcciones.
Leo y releo ese párrafo porque imagino la vieja carpa de los gitanos tantas veces vista y también porque me lleva 50 años atrás y entonces pienso en la literatura como un puente, donde uno conecta experiencias y de esas experiencias conecta también con los sueños y deseos que aparecen.
Con todo, Lagunas de estación me parece a ratos como una vieja serie de diapositivas donde algunos colores y algunas figuras se han desgastado, pero vuelven a aparecer por un instante con su fuerza, que nos lleva también a un mundo interior que se va descubriendo de a poco y donde quedan zonas oscuras de las cuales solo alcanzamos a vislumbrar sus bordes, límites borrosos de dolor, de muerte, de soledad.
Siento que esta obra se sitúa en una zona de la penumbra de la literatura chilena, no quiere llamar la atención, no quiere jugar a la vanguardia y recoge una tradición poética donde se conjugan lo personal, lo existencial con el espacio, el territorio, se diría ahora. Son imágenes que se despliegan antes nuestros ojos y de ellas cabe el recuerdo atado al sentimiento de una época.
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Juan Ignacio Colil Abricot es profesor de historia. También es narrador y sus obras han obtenido varios premios literarios como el Premio Alerce (Chile, 2003), el Premio Municipal de Literatura otorgado por la Municipalidad de Santiago (Chile, 2004), el Premio Cosecha Roja de Novela Negra (España, 2018), el Premio de Novela Córdoba Mata (Argentina, 2016) y el Premio de Novela Pedro de Oña (Santiago de Chile, 2018).
«Lagunas de estación», de Alejandra Moya Díaz (Ediciones Casa de Barro, 2024)
Juan Ignacio Colil Abricot
Imagen destacada: Alejandra Moya Díaz.

