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[Crítica] «Los colonos»: La pretensión audiovisual de una elite

Premiado en la categoría Una cierta mirada del Festival de Cannes 2023, el debut del director chileno Felipe Gálvez Haberle es un producto que más allá de ser catalogado como exclusivista o de «nicho», presenta cuestionables decisiones dramáticas en el contexto propio de su realización, y las cuales le impidieron instalarse en la famosa «shortlist» del premio Oscar 2024, a la Mejor película extranjera.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 26.1.2024

La ópera prima del realizador Felipe Gálvez (1983) es lo que podríamos llamar un largometraje de ficción símbolo de una vanguardia del cine chileno, al mismo modo, por ejemplo, que novelas como las de ciertos autores que no tiene sentido nombrar, corresponden a la favorita predilección de cenáculos burgueses y esnobistas, adictos a la literatura latinoamericana (y experimental) —que, aprecian ellos— pertenecen al futuro.

Un filme de estas características es difícil que tuviese alguna oportunidad en los premios Oscar, según su nominación para la competencia de Mejor película extranjera 2024, decidida por la Academia de Cine de Chile, pero aún así y pese a esto, su honestidad artística y una convencida, pero errada estética audiovisual la hacen preferible a la impostura frívola y dudosa en su origen que guarda El conde, de Pablo Larraín.

El montaje y la retórica cinematográfica de Los colonos reflejan la predilección de las elites académicas del audiovisual local: planos y encuadres que desarrollan su narratividad con la parsimonia, el silencio y la lentitud testificadora propias de un largometraje documental, en ese hibridismo genérico que en términos dramáticos solo aportan la tecnicidad de una fotografía elocuente pero muda.

Filme de época, el crédito de Felipe Gálvez apuesta por una interpretación maniquea de la historia magallánica, impuesta por un empresario y terrateniente insaciable como el español José Menéndez Menéndez, quien habría contado con el apoyo del Estado de Chile, a fin de imponer su reino comercial que implicaba el exterminio del pueblo Selk’nam (a US$1, la oreja), y el tránsito de sus rebaños de ovejas desde el Pacífico hasta las turbulencias del océano Atlántico, sin la oposición de los nativos.

Cuestionar las bases éticas e identitarias de la nación chilena resulta un ejercicio creativo e intelectual necesario, sin embargo la gratuidad con que lo hace el guion de Los colonos, se estrella con una suerte de ingenuidad facilista y hasta panfletaria.

Menéndez al parecer era muy malo, como cualquier ser humano puede serlo, tratándose de ambición y de codicia financiera, aunque no tan perverso en su actuar, como lo era cualquier hombre civilizado en los albores del siglo XIX.

Sin entrar en una discusión antropológica o hasta historiográfica en torno a esa arista en específico, la escena que retrata al español (Alfredo Castro), su hija Josefina (Adriana Stuven) en conversación con un emisario del gobierno chileno (interpretado por Marcelo Alonso), concluye por desarmar algún intento de sutileza argumental, en una opción dramática donde la violación de la cual es víctima el personaje abordado por Mark Stanley (el capitán MacLennan, abusador antes con una aborigen agonizante), reafirma esa alternativa por la denuncia abierta y sin matices.

En efecto, y para mayor evidencia de la cuestión, quien acompañaba al empresario hispano en esa secuencia de contubernio político y transnacional era el obispo de Punta Arenas (personificado por Luis Machin), en un encuadre propio de un lenguaje teatral —debido a las exageraciones de los intérpretes y a la iluminación de la escena—; y la cual exhibe para los realizadores la sincronía alfabética y elemental entre el gran capital y la Iglesia Católica, un tándem favorito en el alegato de cierta Intelligentsia local, y como quizás o tal vez, no podía ser de otra forma en el espesor literario de este largometraje.

Más allá de la formulación un tanto gratuita —por decirlo de un modo amable— de ese trance argumental, es de notar la escasa complejidad dramática seguida al enfocar una situación como la descrita, en donde lejos de buscarse una explicación conceptual a esos elementos de interpelación política e histórica, se persigue una imponer una visión censurable y hasta criminal de un período de la República (la posterior a la Guerra Civil de 1891), que requeriría de una mayor hondura en el debate politológico, tanto en la forma (lo burdo y gratuito de ese puñado de escenas) como en el fondo (la incapacidad del Estado de Chile de controlar las extensiones extremas de su territorio).

Aunque siendo justos, algo de esto último existe en el filme que nos ocupa.

Cuando un sector de la crítica se refiere a Los colonos como la nueva joya del cine chileno, también se exhibe una cara genealógica de esa estructura del poder político, el cual tiene entre sus metas el promover una forma de construir una industria audiovisual unívoca en el país, y donde también la reflexión crítica es una carencia y se echa de menos en el egoísmo y en la unidireccionalidad propia de la propaganda periodística de cada día.

 

La blancura de un mapa fílmico 

Nuestras objeciones, empero, y dejando de lado la perspectiva política del largometraje, radican sus fundamentos y aprehensiones en las cuestionables decisiones de construcción dramática adoptada por sus cerebros artísticos.

En efecto, Los colonos conforma un despegue narrativo trunco y sin desenlace, que entrega una sensación equívoca a sus visionadores. Como si el equipo realizador hubiese recortado o tijereado por lo menos 1 hora y media de diversas secuencias en la sala de montaje, en el temor a un metraje que se hubiese extendido fuera de lo aconsejable.

Por citar, en los saltos temporales de la narración, los intérpretes mencionan y evocan al modo de hechos trascendentales del discurso audiovisual enunciado por el realizador, acontecimientos que se omiten en el trayecto audiovisual de la obra, como el famoso envenenamiento con cianuro, efectuado en masa por Stanley, en contra de un centenar de miembros del pueblo selk’nam.

Un diagnóstico dramático que al considerar el género al cual se pretende inscribir a este filme (un wéstern en la tierra de nadie que era el Far West de la Tierra del Fuego chilena y trasandina), trasluce las dudas y las vacilaciones del equipo creativo al respecto.

En efecto, deviene de esa particularidad escénica y ambiental la justificación de una crudeza que limita con la liviandad de una motivación oculta e inaparente, y donde la ambición inconmensurable de Menéndez sería el combustible de un fin de acciones inmorales que inexistentes en el metraje, son reemplazadas por otras menores o francamente insustanciales y prescindibles, en el contexto estético y total de la obra.

La desolación de una llanura agreste y helada, y la presencia de «solo el viento», en la expresión del escritor Enrique Campos Menéndez (nieto de José), son aliados de la impunidad y del actuar criminal. Por eso se afirma que Los colonos termina cuando otorga la impresión (mejor dicho la visión) de que recién comienza a delinearse el clímax de su atractiva historia.

Así, y en la cámara de ese dialogo sin tiempo en la isla de Chiloé (tantas veces repetido en la historia de Chile, informes Rettig y Valech, dixit); cuando el emisario del gobierno (Marcelo Alonso), interroga y busca el apoyo espiritual de su travesía en un traumado Camilo Arancibia (Segundo), se condensan la presencia de una justicia institucional que tardía e inocua, será nada más que un gesto y un eco extraviado, frente a la barbarie antes amparada por el Estado con su ausencia descarada.

El problema es que en el filme lo importante es invisible y las correrías de un trío de forajidos dividido (al modo de castas) y con pugnas internas, será interrumpida por la presencia de otro matón mayormente decidido en su enajenación y en el despliegue de sus sangrientos impulsos. ¿Pero esos momentos, escogidos con pinzas, manifiestan la hechura audiovisual de un crédito superlativo?

«Ahora que los selk’nam son la imagen de Chile, contemos cómo los matamos», declaró el realizador Felipe Gálvez a la BBC, en una confesión rabiosa de su candorosa intencionalidad al grabar Los colonos.

En esa perspectiva semántica, la contención narrativa, lejos de constituir un aliado se transforma en un déficit artístico y creativo, cuando las palabras son elementos secundarios de un genocidio, y solamente los vectores incomprobables de una sentencia, de acuerdo a las cuñas adjudicadas al principal responsable de esta obscura ficción.

Antes que un filme de nicho o de autor, la ópera prima de Gálvez desgrana el modo de hacer cine de una élite artística que sin ser mejor o más notable que otras en el país (léase empresariales, intelectuales, académicas, en fin), restringe las posibilidades de la industria audiovisual a las preferencias estéticas de un reducido número de profesionales, que a su vez controlan sin contemplaciones la grilla de la programación local.

De esa manera es difícil que los aplausos de un progresismo culposo y de amigos que truenan en las reducidas salas del primer mundo de Una cierta mirada de Cannes o en una función de avant premiere, se repitan sinceros y admirativos, en el resto de ese país al cual se juzga con tanta liviandad refundacional.

No obstante, en esta oportunidad, se informa que Los colonos ha superado los diez mil espectadores en su primera semana en la cartelera de las salas nacionales, en un hecho novedoso y particular que debería auspiciar un mayor debate en torno a los clivajes que se han vertido en estas líneas en la forma de un legítimo y necesario disenso.

Entre las actuaciones, y a modo de conclusión, cabe destacar los promisorios roles protagónicos emprendidos por el actor inglés Mark Stanley y por el intérprete chileno Camilo Arancibia (Segundo).

Largometraje de ficción seleccionado por la Academia de Cine de Chile, a fin de competir por el Oscar destinado a la Mejor película extranjera de la temporada, Los colonos fue eliminado a las primeras de cambio durante el pasado mes de diciembre de la competencia, sin siquiera tener la posibilidad de ingresar a la codiciada «shortlist» del prestigioso galardón.

 

 

 

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Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Los colonos (2023).

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