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[Crítica] «Música para los muertos y resucitados»: La alquimia en la cámara oscura de una conciencia

La obra con la cual —cosa cada vez más rara en el panorama literario moderno—, se lanzó a la primera línea de las letras, la autora de origen bielorruso Valzhyna Mort, es un poemario con ecos rilkeanos marcado por un peculiar equipaje y los lazos a su abigarrada tierra natal, traducido al español por la poeta Claudia González Caparrós y editado por La Bella Varsovia.

Por Alfonso Matus Santa Cruz

Publicado el 6.4.2026

Cada poeta parte su viaje con un equipaje peculiar e irrepetible. No se trata aquí de cepillos dentales, abrigos o pasaportes, sino de la memoria, la experiencia, la sensibilidad y el oído (o la percepción no solo de la música y los insultos y giros de la lengua, sino de lo invisible, de lo que palpita tras las voces y silencios).

Por descontado, las lecturas son el bien de primera necesidad que todo poeta incluye en su mochila, son la materia fundacional para la alquimia que llevan a cabo en la cámara oscura de la conciencia.

Son estos puntos de partida, la diversidad de orígenes, tiempos y culturas, lo que atiza la evolución y variabilidad incansable de la tradición poética; estos vectores permiten el fermento para diferenciar a un poeta prosaico de uno lírico, a un Horacio de un Milton, a una Safo de una Pizarnik.

Entre la generación de poetas que nació en la segunda mitad del siglo pasado hay un caso muy particular: el de aquellos autores que nacieron en los estertores de la Unión Soviética y asistieron a su vertiginoso colapso y la proliferación de esos huérfanos nucleares que son las varias repúblicas de Europa oriental que rompieron lazos (aparentemente) con la madre Rusia.

Hoy nos convoca el libro de una de ellas, Valzhyna Mort (1981), bielorrusa, nacida a inicios de los 80, que emigró el 2005 a Estados Unidos.

La obra con la que, cosa cada vez más rara en el panorama literario moderno, se lanzó a la primera línea de las letras, es un poemario con ecos rilkeanos, marcado por su peculiar equipaje y los lazos a su abigarrada tierra natal, titulado Música para los muertos y resucitados, traducido al español por la poeta española Claudia González Caparrós y editado hace escasos dos años por La Bella Varsovia.

 

Los susurros de la memoria

Primera alegría: el volumen viene en formato bilingüe, con los poemas en su inglés original al costado izquierdo y las versiones españolas al derecho, algo inusual en la esfera editorial hispanohablante, lo que se agradece, porque podemos ver la potencia original del verbo poético y contrastar las versiones con su materia prima.

Después: primera desolación: no es ninguna sorpresa que la materia prima del poemario es un historial de penurias, muertes y pequeños fogonazos de ternura y de maestría en el tejido de las imágenes.

La poeta comienza hermanándose a Antígona, declarándonos la tragedia que se avecina, pero también trasluciendo la belleza clásica que sirve de sutura al dolor.

El equipaje: «En el bolso en el que, / durante siete guerras, / guardó las partidas de nacimiento / de los muertos, mi abuela / me escondía / los bombones. El bolso se abría como una boca al grito».

Hay un bolso, siete guerras, la herencia y la memoria matrilineal, el juego del escondite y los dulces, y un grito, siempre, al final, una boca imaginaria que grita. Esta estrofa del poema «Parada de bus: Ars Poetica» sirve como fractal del cual se desbordan los tropos e imágenes del poemario. Como en la buena música clásica, la fuga consta de muchas variantes, pero el retorno no tarda en percutir oído adentro: «Mi matria hace tintinear llaves de huesos. / Un hueso es una llave hacia mi matria».

Abunda en música clásica, en ajustes de cuentas o reinvenciones de paisajes bíblicos, como el poema «Salmo 18», pero sobre todo en micro historias y metáforas radioactivas, en anécdotas de la desolación que fue la herencia de Chernóbil: «Un suministro diario de Beethoven: la emisora de radio / ‘Chernóbil’. / El gozo de las lluvias radioactivas. // Mi misión: combatir los rayos gamma con octavas musicales».

El contrapunto como técnica para ilustrar los cambios en la dureza de la vida alcanza su expresión más elocuente en los recuerdos de la abuela, como cuando una enfermera le prestó su traje blanco para que lo usara como vestido de novia, o cuando dejó de ir a la escuela cuando empezó la Segunda Guerra Mundial.

Con todo, es una historia familiar ilustrada con detalles nítidos y punzantes en un par de largas prosas poéticas que Mort articula con el oficio que otorga la distancia y el tiempo. Sus pesadillas acaban cuando deja de estudiar música a los dieciséis años.

Sus poemas muestran como esas memorias, esa herencia matriarcal, se transforma nuevamente en música, en la alquimia poética que logra conjugar la desolación y las pequeñas alegrías, el dolor y la nostalgia, los susurros de los muertos y el canto de los vivos a contraluz.

 

 

 

 

 

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Alfonso Matus Santa Cruz (1995) es un poeta y escritor autodidacta, que después de egresar de la Scuola Italiana Vittorio Montiglio de Santiago incursionó en las carreras de sociología y de filosofía en la Universidad de Chile, para luego viajar por el cono sur desempeñando diversos oficios, entre los cuales destacan el de garzón, el de barista y el de brigadista forestal.

Actualmente reside en la ciudad Puerto Varas, y acaba de publicar su primer poemario, titulado Tallar silencios (Notebook Poiesis, 2021). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Música para los muertos y los resucitados», de Valzhyna Mort (La Bella Varsovia, 2024)

 

 

Alfonso Matus Santa Cruz

 

 

Imagen destacada: Valzhyna Mort.

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