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[Ensayo] «Stuart: A Life Backwards»: De la necesidad de poner luz a los márgenes

El filme dirigido por David Attwoodque data de 2007 y fue nominado a un BAFTA por la excelente interpretación de Tom Hardy como Stuart Clive, al cual le acompaña otro grande de la escena británica: Benedict Cumberbatch, quien encarna con solvencia a Masters, el amigo escritor del traumatizado vagabundo.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 2.8.2022

«En las calles son las pequeñas cosas las que matan a la gente».
Stuart

Charles Chaplin honró en numerosas ocasiones la comúnmente denostada figura del vagabundo en su voluntad de denunciar el infierno que viven las personas expulsadas a los márgenes de la sociedad, personas que lamentablemente pocos quieren mirar a los ojos.

Y tras el maestro diversos realizadores pusieron luz en esos márgenes, me viene a la memoria Terry Gilliam quien en su excelente El rey pescador nos ofrece un brillante retrato psicológico de un hombre atormentado que vive fuera del mundo, un vagabundo muy especial que interpreta de forma sublime el gran Robin Williams.

Attwood hace lo propio con esta dramatización televisiva en torno a la biografía del marginado Stuart Clive escrita por su amigo Alexander Masters quien firma también el guion del filme. Su libro de título homónimo vio la luz en 2005 y fue galardonado con diversos premios como el Hawthornden 2006.

Y la película (2007) fue nominada a un BAFTA por la excelente interpretación de Tom Hardy como Stuart Clive. Precisamente es el trabajo actoral una de las mejores bazas de Stuart: A Life Backwards, y es que a Hardy le acompaña otro grande de la escena británica: Benedict Cumberbatch quien encarna con solvencia a Masters el amigo escritor del traumatizado vagabundo.

 

Amigos

Un caso real el de Stuart que ilustra lo fácil que es precipitarse a los márgenes sociales por las numerosas carencias de este desequilibrado mundo en el que transitamos.

Los hechos sucedieron en la Inglaterra de finales de siglo pasado e inicios del presente, Stuart nació en 1968 y se suicidó en el verano del 2002. Una vida dura la suya a la cual su amigo Masters pone luz.

Ambos son amigos íntimos a pesar de que de entrada el comprometido escritor —siempre implicado en causas sociales— ve a todos los vagabundos como iguales sin detenerse a apreciar la persona única que son, los «ve» así tal y como hacen tanta gente con hogar (sea cual sea su condición económica) incapaces de mirar a los ojos a quien vive o mejor dicho malvive en los márgenes.

Es la tristemente común distancia ante el marginado que entiendo es fruto del miedo (a perder, a perderse), distancia que afortunadamente se diluye rápidamente en Masters. Y es que Stuart despierta su interés por su especial modo de ser y pronto el escritor siente amistad sincera por ese hombre que se muestra sensible, inteligente y divertido.

Una amistad peculiar que sorprende a la gente con la que se relaciona Masters. Una amistad que le engrandece —no es fácil relacionarse con un hombre que debido a los traumas vivenciados en ocasiones se deja llevar por su rabia destructiva— y que posibilita que poco a poco el escritor conozca los pormenores de la dura historia de un hombre marginado.

 

Demasiada carga, demasiada ceguera

Un hombre que acabó en la calle por propia voluntad rechazando el desestructurado hogar materno donde convivía junto a su progenitora y sus hermanos.

Stuart arrastra demasiada carga por una infancia horrible en la cual sufrió abusos de su hermano mayor quien solía vejarlo en el hogar —también a la pequeña de la familia— a menudo junto a un amigo tan perverso como él. Todo incomprensiblemente sin el conocimiento de la madre y sin ser detectado por nadie de su entorno (abuelos, educadores…).

Y la madre aceptó que siendo preadolescente ingresara en un centro tutelar a requerimiento del propio Stuart (ya no podía más) sin indagar (ni ella ni nadie de su entorno) en los motivos de su necesidad; y en esa ceguera la mujer —y todo el entorno del chico— participó en la construcción de un marginado social.

Porque tras ese ingreso, Stuart fatalmente pasó de ser un niño sensible aquejado de una leve distrofia muscular a ser un chaval totalmente excluido por ese mal propio y por el mal ajeno absorbido.

Y es que en el centro sufrió abusos por parte del responsable del mismo —más abusos sumidos en el silencio social ciego— que demasiados años después sería condenado por pederasta. Un responsable público con un aterrador rastro de infancias truncadas que cargan de por vida adultos traumatizados como Stuart.

En ese horror Stuart empeoró —física y psíquicamente— y empezó a descargar su rabia fundamentalmente consigo mismo autolesionándose. El sistema reaccionó considerándolo problemático y etiquetándolo con un duro diagnóstico: «trastorno límite de la personalidad».

Y en esa etiqueta impostada fue enviado a un penoso centro de «educación especial», que le degradó aún más.

Primero el no hogar y luego la no atención social empujaron al inocente Stuart a los márgenes, le empujaron a los abismos emocionales y psíquicos prácticamente sin retorno en los que se encontraba como adulto y que le llevaron —a pesar de su gratificante amistad con Masters— al suicidio.

 

Faltan luces en las calles

La película muestra la belleza de la amistad entre esos dos hombres de mundos e infancias tan diferentes. Attwood hace que empaticemos con Stuart y en ese empatizar nos abramos —tal como Masters— a mirar a los ojos a un vagabundo, a descubrir la persona sensible que hay tras la imagen repulsiva del marginado.

Stuart tiene el cuerpo y la mente convulsionados por ese mal vivenciado que más que propio es social, es el mal que generamos y fomentamos todos en nuestro no atender al desconocido, en nuestro no mirar a los ojos del vecino, en nuestro no implicarse más allá del muy limitado círculo de gente más o menos íntima.

Las calles están llenas de personas como Stuart con duras historias que explican su lamentable situación. Personas que demasiada gente cree que no son nadie, personas que malviven y mueren en los márgenes de la sociedad.

Son las «pequeñas» cosas las que matan a la gente, afirma Stuart en relación a la prohibición de dormir en albergues a los vagabundos que tienen perros. Y entiendo que son las «pequeñas» cosas —el no pararse a mirar a los ojos, el no querer ver más allá de lo propio— de la mayoría social las que contribuyen a acrecentar el drama de la gente excluida.

En este sentido son de agradecer las actitudes de Masters y Attwood, su voluntad de abrazar y de poner luz a una vida en los márgenes, de poner nombre a un vagabundo como tantos, de hacernos descubrir la humanidad que encarnó Stuart.

Quizás pueda pensarse que de nada sirvió esa luz por el final trágico de Stuart. Pero queda claro que vivió feliz —como nunca había vivido— muchos momentos de sus últimos días gracias a la sincera amistad que compartió con Masters, un hombre que superó la común distancia ante el marginado.

Esa es la pedagogía de la obra, la importancia del darse cuenta de la humanidad del marginado más allá de las apariencias; y del darse cuenta de que todos estamos interrelacionados, de que el drama de otro no es ajeno al nuestro, de que siempre es posible ayudar ni que sea —que es mucho— en el atento escuchar al nunca escuchado.

Stuart: A Life Backwards es una pequeña pero potente luz en los márgenes. Hacen falta muchas más luces así en las artes y especialmente en el día a día de este desequilibrado mundo nuestro. Hacen falta muchas más manos que abracen como lo hace Masters, hacen falta para tantos marginados y nos hacen falta, mucha falta a todos.

 

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: Stuart: A Life Backwards (2007).

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