Los versos del joven autor español componen un poemario fiel a sí mismo, que no concede, que busca a sus lectores sin tratar de acomodarse a todos: hay valentía en ese riesgo, pero acaso también una renuncia al rigor y el potencial de las formas.
Por Alfonso Matus Santa Cruz
Publicado el 23.3.2026
Punto de partida: la poesía se presta para todo, al menos esa versatilidad que la caracteriza, esa potencia indómita, es la que permite las mil y una argucias del poeta, capaz de transformar la materia de su idioma en una alquimia que sigue el pie de ciertas tradiciones, métricas, tropos, o trata de incursionarse en otros territorios, en formas más líquidas, acaso sintomáticas del tiempo y lugar que corresponde al poeta de turno.
Cada lector avezado de poesía desarrolla, con el pasar de los versos, con la relectura gozosa y condensada, una suerte de paladar lector. Si la poesía es lo más cercano a la música en el reino del lenguaje, el poeta y el lector de poesía tarde o temprano adquieren un paladar musical. De allí que leer poesía en voz alta sea tan necesario, la poesía en su origen era canto. El sonido del lenguaje arrullando y excitando el oído. El estilo está íntimamente vinculado a esta propiedad de la poesía.
Ocurre con la poesía de Mario Obrero (2003), poeta madrileño, que su apuesta se corresponde menos con las tradiciones y formas métricas que con la musicalidad, las correspondencias simbólicas, las señas históricas y el festín del lenguaje barroco y cotidiano en una hibridez que puede ser errática o espléndida dependiendo de quien la paladea.
Es de esta materia, con esa agilidad riesgosa que están compuestos los poemas de Tiempos mágicos, editado por La Bella Varsovia.
Versos que estallan en un carnaval de sonido
Se nos presenta al autor como un adelantado, un joven que empezó a escribir (¿poemas?) a los siete años. Con apenas veintitrés años ya cuenta con cinco libros publicados a su haber.
En efecto, su alianza con la poesía parece ser un pacto de sangre, una forma de respirar, de escuchar las historias de familia y amigos, el rumor de las calles y ferias, los ecos de adoquines y muros que alguna vez fueron el telón de fondo de la Guerra Civil o el lienzo que el tiempo ha agrietado.
Hay pasados y presentes en sus poemas, hay demasiadas palabras, estrofas abarrotadas como una plaza de provincia en domingo festivo. Baste esta correspondiente al primer poema para darse una idea de lo que vendrá:
el diccionario de las confiterías lees y duermes la noche en los ojos radicales de un cachorro tú andabas en la sandías y la sábana susurrando niebla al vulgo de las flores entonces el sermón de los profetas pasa a ser la estúpida cancioncilla que cantan las niñas con pestiños en el labio.
Hay lecturas, noches, animales, frutas, camas, flores, sermones que se transforman en la estúpida cancioncilla que cantan las niñas, hay muchas cosas que convergen en estos versos libres que son más bien prosa poética, chorro de flujo verbal, barroco español que a veces coquetea con otros idiomas ibéricos, como el catalán, por nombrar uno.
Con todo, hay también muchas citas que telonean a los poemas o son su desembocadura, su punto de anclaje. Entre ellas asoman María Zambrano, la perspicacia de Alba Cid e incluso nuestra Teresa Wilms Montt, cuyos versos se infiltran y amalgaman en negritas al último poema que da título al conjunto.
En ese diálogo intertextual con otros poetas, en las afinidades con la textura y el sabor de los idiomas que hallaron su nido en el oído de Mario Obrero están las mayores fortalezas de este conjunto de poemas desiguales. También en algunos anacolutos, etimologías a la mano del lector y versos que estallan en un carnaval de sonido.
Por otro lado, hay una avalancha de adverbios e infinitivos, un caudal de palabras cuya escalera no se atisba en la ausencia de puntuación, lo que invita al lector a armar sus propios sentidos y cortes. Una apuesta a veces efectiva, a veces errática.
En suma, se trata de un poemario fiel a sí mismo, que no concede, que busca a sus lectores sin intentar acomodarse a todos; hay valentía en ese riesgo, pero acaso también una renuncia al rigor y el potencial de las formas.
Así, el poemario va acompañado de collages hechos por el propio autor, lo que otorga una dimensión visual, entre infantil y carnavalesca, al texto. A quien quiera entrar en la simbiosis artística de este volumen, le sugiero la lectura en voz alta, aquí importa más el sabor del sonido, los juegos semánticos y la música accidental, que la orfebrería fina.
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Alfonso Matus Santa Cruz (1995) es un poeta y escritor autodidacta, que después de egresar de la Scuola Italiana Vittorio Montiglio de Santiago incursionó en las carreras de sociología y de filosofía en la Universidad de Chile, para luego viajar por el cono sur desempeñando diversos oficios, entre los cuales destacan el de garzón, el de barista y el de brigadista forestal.
Actualmente reside en la ciudad Puerto Varas, y acaba de publicar su primer poemario, titulado Tallar silencios (Notebook Poiesis, 2021). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.
«Tiempos mágicos», de Mario Obrero (La Bella Varsovia, 2024)
Alfonso Matus Santa Cruz
Imagen destacada: Mario Obrero (por Álvaro Minguito).

