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[Crónica] «Don igualito y otros cuentos»: Que el país se lea en los gestos mínimos

El conjunto de estos relatos firmados por el escritor y periodista chileno Rubén Torres Ávila, tienen algo difícil de conseguir: un oído local consistente y una voluntad de mirar zonas incómodas sin moralina, donde en la tradición que menciona este cronista, eso no es un detalle, es el corazón del género.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 6.1.2026 

Este libro de Rubén Torres Ávila (1957) se instala en una zona reconocible del cuento popular chileno: la vida común —comunitaria y social, pese a las fisuras de clase— como materia narrativa, y la ciudad como escenario moral.

Mirar lo cotidiano sin «embellecerlo» en dudosa estética: oficina, Metro, micro, bar-restaurante de barrio, hogar, asilo, encuentros funerarios, calle y memoria política. Esa inmersión propositiva no funciona como postal pintoresca, sino como presión social y anímica sobre los personajes.

En esa línea, la tradición de Alfonso Alcalde y de José Miguel Varas aparece, menos como imitación de tono y más como semejanza de método: contar desde abajo, o desde el borde, y dejar que el país se lea en los gestos mínimos, en las jerarquías invisibles, en los pequeños pactos de supervivencia.

Cuando el libro acierta, lo popular no es un decorado; es una ética: el relato se hace cargo de clase, deseo, culpa, precariedad afectiva y violencia normalizada, sin ponerse por encima de sus personajes ni predicar en plaza pública.

El mayor mérito es el oído; sí, saber escuchar. El autor entiende que en Chile el habla es biografía y también es poder.

Así, en «le juro compadre» el monólogo reproduce una oralidad masculina cruda, no para «lucirse» con modismos, sino para exponer una forma de pensar: la amistad como coartada, la paternidad como excusa, el orgullo como combustible; quizá represente el carácter elusivo del «chileno medio», expresado en perenne eufemismo.

En «La máscara de Carnaval el juego con «te ves/te vei» y la corrección gramatical no es adorno: muestra cómo el lenguaje se vuelve autoridad familiar, humor, control y ternura a la vez. Esa precisión sostiene la verosimilitud y caracterizadora.

Cuando hay narradores en primera persona, más reflexivos, el registro se vuelve ensayístico, sin perder del todo el pulso oral; ahí el riesgo es que algunos pasajes se sientan más «declarativos» que narrativos, pero el conjunto mantiene un tono reconocible.

 

Con diálogos que entrelazan por chispa y por subtexto

El humor opera como bisturí, no como recreo festivo. «El amor en tiempos del fútbol» convierte la épica futbolera en retrato de vínculos, orgullo y deseo de pertenecer; la risa aparece porque el narrador se toma en serio lo que, visto desde afuera, roza lo absurdo.

«Tren de lujo» trabaja una sátira nítida: lo «premium» como aislamiento y la sociabilidad popular como verdadera riqueza del viaje. Luego, «Sudado de Macho» empuja la parodia hacia el terreno del machismo y la sexualidad, no para erotizar sino para dejar en evidencia la lógica de dominación y performance que suele esconderse tras la hombría; conviene leerlo como sátira de un modelo cultural más que como provocación gratuita.

En «Don Igualito», el humor se mezcla con ternura y una ironía más literaria: la bohemia, el oficio de escribir, el ego, la aspiración y la precariedad aparecen sin solemnidad, con diálogos que entrelazan por chispa y por subtexto.

La eficacia dramática es desigual, pero cuando el libro entra en tensión, sostiene bien el ritmo. «Ver para creer» adopta un registro confesional de tono oscuro; el suspenso viene de la dosificación de información y de la sensación de amenaza latente más que de la acción explícita.

«Mal sueño» construye inquietud desde lo doméstico: un detalle nocturno que crece hasta volverse señal de algo más profundo; la potencia está en la atmósfera y en la sospecha, no en el giro espectacular. «Eros y Thanatos» cruza deseo, vejez y muerte con un escenario incómodo (el hospicio) y consigue que la narración se vuelva moralmente tensa: el lector no puede refugiarse en la comodidad del juicio rápido.

«Encuentro o despedida» es breve pero dramáticamente eficaz: la colisión entre lo público (consignas, funeral, militancia) y lo íntimo (cuerpo, deseo, clandestinidad) produce un golpe seco, de esos que cierran el relato por inmersión del lector.

Con todo, el libro es chileno en el oído y en los códigos, pero su centro es universal: deseo y rutina, pertenencia y soledad, el costo de sostener una familia, la nostalgia política, el paso del tiempo, la dignidad en espacios hostiles, la amistad como pacto, la vocación como forma de hambre.

«La niña de Calipso» trabaja la memoria generacional y la amistad atravesada por historia. «Motivo y razón» pone la ruptura familiar en un plano íntimo y reconocible, pero «Migas» reflexiona sobre el juego, la infancia y la escritura como refugio y trampa.

«Don Igualito» suma otra universalidad: la relación entre narrar y vivir, el modo en que la literatura se mete en la calle y la calle se mete en la literatura, y cómo el deseo de «otra vida» puede ser tanto una promesa como una fuga escatológica elemental.

Una lectura exigente —para no quedarnos en el elogio y su cómplice, la complacencia—, sugiero al autor tensionar dos puntos: primero, la homogeneidad de ciertas voces en primera persona: a ratos, el tono reflexivo tiende a parecer «la misma conciencia» con distintos escenarios, y eso puede aplanar la diferencia entre cuentos.

Segundo, el peso del remate: varios relatos dependen del golpe final o del efecto de cierre; cuando ese golpe es moralmente complejo, funciona, pero cuando se siente más ingenioso que necesario, el cuento pierde espesor.

Dicho eso, el conjunto tiene algo difícil de conseguir: un oído local consistente y una voluntad de mirar zonas incómodas sin moralina. En la tradición que menciona este cronista, eso no es un detalle, es el corazón del género.

 

 

 

 

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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas biográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

 

«Don igualito y otros cuentos», de NeweN (Autoedición, 2025)

 

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Rubén Torres Ávila.

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