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[Crónica] El 11 de septiembre, una experiencia de vida y muerte

Mi amigo José Tamblay, médico, nacido en 1953, siendo un joven adolescente el año de la conjura y magnicidio de Salvador Allende, me hizo llegar unas notas estremecedoras de su experiencia padecida, como prisionero, torturado por los esbirros militares, en una suerte que corrieron también familiares cercanos, compañeros de colegio y otros condiscípulos suyos de la carrera de medicina de la Universidad de Chile.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 28.8.2023

Me lo han pedido y encomendado, sí, escribir una crónica de esta dolorosa conmemoración del golpe militar y empresarial del 11 de septiembre de 1973. Antes de esas solicitudes, estuve intentando hacerlo por propia iniciativa, elaborando tres o cuatro textos incipientes, que fueron luego desechados.

En este caso, han pesado diversos factores, entre los que sobresalen el cansado escepticismo de medio siglo, en cuyo transcurso he padecido el derrumbe de nuestros mejores sueños, ideológicos y también utópicos, porque la cristalización de toda ideología se pone a prueba con los propios anhelos y la cruda realidad; de modo semejante y quizá paralelo, con la frustración experimentada ante un pueblo cuya masa electoral carece de principios, de praxis y de metas coherentes con los propósitos y banderas de una lucha por días mejores, cuando pugnas por acceder a esa sociedad humana y humanista que avizoramos en la remota juventud.

Había tomado yo, en definitiva, la decisión de no escribir sobre este cincuentenario atroz. Mas ocurrió algo inesperado —quizá providencial—, si me atengo a viejas creencias que pretendía olvidadas.

Mi amigo José Tamblay, médico, nacido en 1953, siendo un joven adolescente el año de la conjura y magnicidio de Salvador Allende, me hizo llegar unas notas estremecedoras de su experiencia padecida, como prisionero, torturado por los esbirros militares, suerte que corrieron también familiares cercanos, compañeros de colegio y otros condiscípulos suyos de la carrera de Medicina en la Universidad de Chile.

Ante esos relatos, yo tengo poco que contar respecto a mi propio testimonio, pues mi experiencia fue entonces casi anecdótica, circunscrita a contratiempos menores, incidentes de escasa trascendencia, comparados con los padecimientos de amigos, cercanos y conocidos; en fin, sucesos míos prescindibles, si se quiere, excepto, tal vez, aquel relato del allanamiento de mi morada, en La Cisterna, el 13 de septiembre de 1973, perpetrado por un teniente del regimiento de infantería de San Bernardo, y dos cabos.

Ultraje que no pasó a mayores, salvo la angustia de mis familiares, pues fue conjurado por una insólita casualidad. Cuando el bisoño militar irrumpió en mi biblioteca, inquiriendo por la sospecha latente de tantos libros y la injuria de un poster del Che Guevara, me dijo, con algo de sorpresa e indecisión, que era sobrino del poeta Altenor Guerrero.

Lo que sigue fue la exhibición, por mi parte, del bello poemario Hondo sur, con la afectuosa dedicatoria de Altenor, hecho que conmovió al militar, llevándole a cerrar el «procedimiento».

Hasta aquí, mi voz.

La crónica se abre ahora con las palabras de mi amigo, José Leonardo Tamblay Potestad.

 

El Tanquetazo: en compañía de Michelle Bachelet

Los meses anteriores al golpe fueron difíciles. Hoy miro hacia atrás y, sin duda, fuimos una juventud que cantamos, entregamos nuestra alegría y espíritu de lucha. Es así como ya en octubre del 72, muchos estudiantes de nuestro hospital nos unimos a profesionales patriotas que siguieron trabajando y pudimos atender a los pacientes internados.

Para el Tanquetazo, nos movilizamos rápidamente; esperamos en el hospital para luego, al atardecer, llegar hasta La Moneda. Salvador Allende habló con tono enérgico, pero calmado. Quizá, como muchos, grité ‘a cerrar, a cerrar el Congreso Nacional’, lo que fue rechazado por él, reiterando su apego a la legalidad.

Se suponía que, ante hechos graves como esos, deberíamos quedarnos en casas de seguridad. La mía estaba en la Gran Avenida, donde muchas veces me había quedado, cumpliendo actividades que fuesen notorias en el barrio, como barrer la vereda, ir a comprar y todo lo que haría un residente. En caso de una asonada, podría llegar a esa casa y desde ahí unirme a la resistencia civil que opondríamos a un inminente golpe de Estado.

Pero mis pasos, esa noche del 29 de junio, no me llevaron hacia allá. Nos fuimos con una amiga de medicina, con quien habíamos estado en la Plaza de la Constitución, hasta su casa. Es así cómo, con Michelle Bachelet, llegamos a su domicilio en Las Condes, en un conjunto de viviendas de oficiales de la Fach. Pude así conocer a su madre Ángela y al general Bachelet.

Muchos años después, recordé esos momentos al ver la película Machuca. Hay una escena en que los personajes ven televisión en un pequeño aparato Antú. Esa noche, ante un televisor similar, vimos al Presidente tomar juramento a su nuevo gabinete, en el que incorporaba militares.

Pude ver una faceta especial del General Bachelet, la sana ingenuidad con que se refirió a que Salvador Allende llamara como ministro al Comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, comentando:

—Pobre, él es tan de derecha, pero debe asumir por disciplina militar.

Es lamentable que esa bonhomía no haya tenido reciprocidad, hacia él ni tampoco posteriormente hacia su esposa y su hija, de parte de otros uniformados.

Así, como aspirante a luchador por la democracia, pasé esa noche en un lugar muy poco adecuado para concentrarse y organizar la resistencia si, como en un incendio que parecía por momento apagado, ese fuego se hubiese reactivado y reaparecido esa misma noche la insurrección.

Prueba de ello es que, después del 11 de septiembre, esa casa fue varias veces allanada y fue el lugar de la segunda detención del General, esta vez sin regreso.

 

El allanamiento de mi hospital

No sé si fui inconsciente, ingenuo, ignorante de lo que ya vivíamos con la dictadura o qué extraño mecanismo me llevó a no sentir alarma cuando llegaron los militares. Muchas veces he pensado en cuántas personas concurrieron al llamado de los uniformados, tranquilamente se presentaron y, en una nueva traición, fueron asesinados.

Claramente, los ciudadanos habituales no sabíamos a que extremo podían llegar. En esa mañana estaba, junto a una compañera, rotando por semiología cardíaca y nos dieron un tiempo libre. Al volver del casino, frente a la entrada de la capilla, nos encontramos de frente con militares, acompañados de dos compañeros de escuela. Uno de ellos me señaló y entregó a esa patrulla.

Inmediatamente, experimenté un cambio brusco y a esa desaprensión inicial siguió la idea clara del peligro. Me conminaron a detenerme, no quise hacerlo, seguí caminando todo lo que pude hasta que el círculo de militares se cerró alrededor mío y dejó excluida, a alguna distancia, a mi compañera.

Llevado al parque, encañonado por ambos lados y manos en la nuca, fui presentado a un oficial que dirigía. Me pidió el nombre de todos los estudiantes de izquierda. Ya plenamente consciente de lo que se iniciaba, tuve claro que si, para alivianar lo que me pudiesen hacer, delataba a mis amigos, nunca tendría paz conmigo mismo.

No quiere cooperar, llévenlo al bus.

Y así fui subido a patadas, según se atribuye este golpe a los animales. Permanecí junto a otros detenidos, un largo tiempo, manos a la nuca, hincado en el suelo, con el dolor que ese suelo metálico irregular producía en mis rodillas. En contraste, en un momento, salió una vecina de enfrente con un termo con café, saludando a tan heroicos militares que, según ella, ‘habían salvado al país’.

En un momento, con el rabillo del ojo, vi algo especial: mi poncho, que lo llevaba un militar. Después supe que un compañero, con quien nuestra amistad desde el colegio se había roto por su brusco cambio de lado para el paro de octubre, llegó a mi casa llorando y advirtiendo a mi mamá que me habían detenido y ella me llevó ese abrigo usado tantas veces en recitales, peñas y festivales.

Esa noche, fuimos llevados al Estadio Nacional.

 

Mi cumpleaños número 20

Ese domingo, 30 de septiembre de 1973, cumplí 20 años. Fue la primera vez desde mi detención en que me permitían salir a la luz. En los dos días anteriores, había tenido mi paso por la Escuela Militar y luego la llegada en una noche al Estadio Nacional, ingresado por una escotilla, probablemente la número 8.

Comenzaba así la rutina de ese campo de detención. Nos entregaban una frazada negra, una escudilla y un tazón metálicos. Al igual que del bus en que nos llevaron, desde otros vehículos bajaban más detenidos, todos muy maltratados.

Me llamó la atención que quienes venían en peores condiciones eran prisioneros de Carabineros y de la Fuerza Aérea. Recuerdo un hombre de mediana edad que apenas caminaba dando tumbos; erróneamente pensé que era algún borrachito a quien hubiesen detenido por toque de queda.

Días después, nos tocó compartir alguno de los espacios habilitados como celdas y me contó que no bebía, su mal estado era por la tortura con electricidad que había recibido.

En un momento, se me acercó un carabinero, me dijo que el coronel Vallejos preguntaba por mi estado y si algo quería comunicar a mi familia. No pude relacionar con nadie ese apellido. No sé en qué extraño estado me encontraba. El coronel era padre de un compañero de medicina, había tenido la generosidad de preguntar por mí y yo trataba de borrar nombres de mi mente.

Esa primera noche, me dejaron en uno de los camarines bajo el sector de marquesina. Pude sentir el afecto de los otros detenidos que me habían antecedido, ver que el trato había cambiado —ya no éramos compañeros, sino compadres— y enterarme cómo se organizaba todo.

El camarín estaba atestado; para dormir, el suelo duro y frío. Como no había espacio suficiente, se privilegiaba a los que estaban en peores condiciones y los demás nos alternábamos: algunos de pie, parte de la noche y otros acostados. Para contar con algo más de superficie, unos pocos se acomodaban en las repisas altas, habitualmente usadas para los bolsos deportivos.

Cuando pude acostarme, fui un afortunado: tenía el poncho que había logrado entrar mi madre. Entonces, nos acostábamos en grupos de a tres; el mío, con el poncho abajo y las frazadas encima. Incluso, la posición del centro la alternábamos, ya que era la más protegida del implacable frío.

Fue violento el contraste de la luz esa mañana. Sentado en las graderías, éramos vigilados por guardias armados. Frente al sector de marquesina había un punto negro al que éramos llamados y eso podía ser un simple trámite administrativo o que se venía una sesión de interrogatorio y tortura.

En el sector opuesto, al oriente, está la entrada de Maratón. Desde hacía pocos días, la Cruz Roja había logrado entrar y canalizaba los arriesgados envíos de familiares de familiares: mensajes, elementos de aseo, algo de ropa o alimentos. Yo sabía de eso, pues con mi madre habíamos averiguado que mi hermano estaba en el Estadio Nacional, proveniente del Estadio Chile. Unos días antes, habíamos usado ese mecanismo.

Ese día, escuché llamaban a mi hermano y era por el paquete que le habíamos enviado. Lo vi caminar custodiado por la pista de ceniza. Inventé que a mí también me llamaban, me pusieron guardia alrededor y caminé varios metros detrás.

Cuando pude alcanzarlo, me abrazaba, lloraba y me informaba ‘la mamá está viva’. A la crueldad de los golpes y la tortura, sus captores habían sumado el solazarse diciéndole que habían allanado nuestra casa y matado a nuestra madre.

Días antes, esta vez un general de carabineros, amigo de juventud de nuestros padres y a su vez padre de grandes amigos de nosotros, había logrado entrar al Estadio con mi madre y reunirla con mi hermano. De ahí, la información cierta que mi hermano me transmitía con vehemencia.

Al año siguiente, a ese tío oficial se le terminaba su carrera y, cuando años más tarde le pregunté si el haberse jugado por nosotros pudo perjudicarlo, me cambió el tema y me llevó a comentarios felices de otros temas.

El abrazo de cumpleaños número veinte que recibí de mi hermano me trajo una calidez que atenuaba lo sórdido de aquella experiencia de vida y muerte.

 

Sobreviví

Resistí los golpes y la electricidad. Después de lo del velódromo, tuve hematuria, pero ese sangrado en la orina se detuvo. Lo peor fue ese día. No sabía que probablemente todo lo habían estudiado en la Escuela de las Américas. Habían pasado pocos días del golpe de Estado, pero sabían torturar.

Eso de sacarnos temprano, 4 o 5 de la mañana, llevarnos con ojos vendados y además una capucha encima, obligándonos a correr y, cómo fácilmente caíamos, levantarnos a patadas y culatazos.

Luego, esa larga espera, sentados en una cuneta con una bicicleta pasando de ida y vuelta, cada vez más cerca, hasta casi atropellarme. Y más golpes si llegaba a moverme. De seguro, buscaban aumentar la angustia.

Adentro, el torturador bueno y el malo:

—Flaquito, tú eres buena onda, no queremos hacerte nada, coopera.  

El otro:

—Que te creís, conchetumadre, que nos vas a tener todo el día acá.

Y más golpes y electricidad. La venda se me bajó en una caída al suelo. Pero supe que, si los miraba, me matarían. Mantuve los ojos fuertemente cerrados.

Después, al salir de ese velódromo, una voz joven que me abraza y me consuela, tal vez un joven conscripto. Pero esta vez, sus palabras las sentí auténticas, realmente quería consolarme.

 

Ejerciendo

Un día me llevaban, custodiado por dos militares, a atender a otros detenidos.  De repente, apareció un tercer militar, apuró el paso, se puso a mi lado y comenzó a conversar conmigo. Desde mi detención, yo llevaba puesto mi delantal y el fonendoscopio en el bolsillo.

Entonces, me comentó que se daba cuenta de mi condición de estudiante de medicina. A su vez, él estaba angustiado por su hermano: era estudiante del Pedagógico. Claramente, veía reflejada en mí su situación.

Me preguntó por mi familia y nuestro número de teléfono. Dudé, pero se lo di: 41954. Así, cortito, cómo era en esos años.

Schindler y sus réplicas criollas.

Algunos tuvieron mucho de Schindler y otros, lo opuesto.

Ese verano del 74 fue muy diferente. Las autoridades de la Facultad de Medicina sede Oriente me permitieron recuperar el tiempo que había permanecido detenido en el estadio. Me asignaron un tutor, el profesor Hernán Arancibia, activo opositor al gobierno de la UP.

Era alegre, ostentaba una cierta frivolidad y una simpática ironía. Jamás me preguntó nada político; yo pasaba el día pegado a él, cumpliendo el cometido de las visitas, atendiendo el policlínico y entrando como ayudante en ese virtual templo: los pabellones quirúrgicos.

Un día, lo llamaron en interconsulta desde el servicio de Medicina Interna. El tratante del paciente a evaluar había sido mi tutor, hasta julio del 73. Me vio llegar como acompañante y comenzó a hostigarme:

—¿Por qué está aquí el alumno?; ¿acaso no debiera estar de vacaciones?.

El profesor Arancibia lo paró en seco, espetándole:

—Es mi alumno, cualquier problema que tú tengas, háblalo conmigo.

De las últimas actividades que realicé el 2014 en la Universidad fue participar en la campaña a rector del profesor Ennio Vivaldi. Ocurrido el triunfo, hablamos con su esposa sobre crear un espacio para académicos que se destacaron por su humanidad, producido el golpe de Estado.

Pasó un tiempo, pero se concretó una tarde de sábado una visita al profesor Arancibia en la residencia en que vivía. Fue algo especial, aquellos jóvenes del 73 que lo visitaban para agradecerle, se habían transformado en el rector de la Universidad, exdecana de la Facultad, profesores titulares de farmacología, anatomía patológica, infectología y de psiquiatría y, también, un profesor asistente de anestesiología.

El doctor Arancibia nos miraba sorprendido, no lograba aquilatar cómo, en mayor o menor medida, su grandeza moral había impactado en nuestras vidas.

 

Cerrando ciclos tardíamente

El 11 de septiembre de 2020, pedí hora con un colega, la última de su agenda. Nos habíamos encontrado muchas veces. En avatares de la profesión y otras actividades. Muchas veces le entregué pacientes en la Unidad de Intermedio. Y también nos habíamos visto haciendo deporte en el cerro, en recitales de jazz y otras músicas.

Nuestras conversaciones en esas instancias transcurrían en dos planos: lo del momento y, tácitamente, lo de septiembre del 73. Sentado como paciente en su consulta, se repitió esto, hasta que llegó el momento en que me preguntó:

—¿Qué te trae por acá?

Le respondí:

—¿Qué pasó ese viernes 28 de septiembre, en que me entregaste a los militares que allanaban nuestro hospital?’

El silencio fue tenso, tal vez yo estaba más preparado. Y, la verdad, siempre tuve la esperanza de que no era una mala persona. Había construido una familia, es deportista, le gusta Coltrane…

Entonces, retomé la palabra:

—Ustedes, fascistas, nos tenían fichados y vigilados, ¿verdad? O acaso no tuviste noción de lo que hacías.

Me contó cómo, al despertar al día siguiente, tomó conciencia de lo sucedido, por la angustia y culpa que aquello le produjo. Me contó que ese domingo llegaron a su casa miembros de Patria y Libertad, pidiéndole que fuera con ellos a reconocer estudiantes del Pedagógico detenidos por ellos y, entre los cuales podían estar algunos con los que habían tenido un encuentro en las semanas previas al golpe.

Los rechazó enérgicamente, los expulsó de su casa diciéndoles que para él era asunto cerrado.

Nos despedimos amablemente, queriendo creer que lo ocurrido conmigo pudo haber tenido el atenuante de esos otros estudiantes que él se negó a reconocer.

 

La presencia de un día

Hoy me doy cuenta que es posible, en estos 50 años, no haya pasado ningún día en que el golpe y sus secuelas personales y colectivas no se me hagan presentes. Está lo indignante de oír a quienes pretenden negar o justificar, a quienes procuran cerrar el luto ajeno y otras manifestaciones de este tipo. Pero también, reaparecen recuerdos por asuntos cotidianos.

Hoy trabajo en calle Salvador y paso regularmente por sus esquinas. Para quienes vienen desde el hospital, es infracción virar a izquierda en Bilbao. Pero ese día, torpeza o deliberación, el militar que conducía ese bus en que nos transportaban a los detenidos, viró bruscamente, haciéndonos caer y dando motivos para nuevas patadas y devolvernos a la posición hincados en que nos llevaban.

Muchas veces, paso por Américo Vespucio, por fuera de la Escuela Militar y sí, puedo ver ese patio o terraza encementada donde me tuvieron por horas contra la pared, los brazos en alto.

A inicios de los 80, hubo una presentación artística en esa escuela, la ópera Porgy and Bess.

Fuimos, pero durante toda la presentación estuve incómodo, miraba esas altas estructuras en el acceso, donde habían montado escritorios ante los cuales nos llevaban para enrolarnos; trataba de adivinar por donde me habían llevado y muchas otras distracciones que me impidieron conectarme con la música.

Muchos años pasaron antes de volver a ir al velódromo. Fue un recital de Jazz, se presentó Kenny G. La sensación fue muy extraña: mi peor sesión de tortura fue en ese lugar. Sin embargo, nada vi de él, siempre estuve vendado y a ratos con una capucha encima. Realmente, durante el concierto, oía la música y miraba el edificio. Como nada podía reconocer, volvía al sonido reparador del saxo.

Unos meses después, cuando ya salí, mi mamá me contó que había recibido una llamada, le habló apurado un hombre que se identificó como militar. Le contó que me había visto en el estadio y le dijo:

—Está ejerciendo.

 

Mirando hacia atrás

Yo mismo me he sorprendido y preguntado, por qué hoy escribo, transcurridos 50 años de estos sucesos. Creo que me ha sensibilizado lo icónico de la fecha y el integrar hoy una comisión para llevar a cabo un acto en nuestro colegio, por este aniversario. Y lo hacemos, ya que nuestra comunidad escolar fue víctima preferente de la dictadura.

Tenemos quince estudiantes desaparecidos o asesinados, también por lo menos ocho apoderados. Entre ellos, Víctor Jara, y el diplomático español Carmelo Soria. Muchos profesores y alumnos vivieron la prisión, fueron exonerados y debieron vivir el exilio.

¿Cuál era el pecado de mi Liceo Manuel de Salas? Ser un centro de excelencia académica, experimental de la Universidad de Chile.

Guardé silencio muchos años, parcialmente lograba evitar el recuerdo. Nunca quise que, siendo mis hijos pequeños, supiesen; no quería crecieran con miedo o desarrollaran rencor. Tuve instancias reparadoras. Sin duda, gestos tempranos, como lo relatado de algunos docentes, que fueron sanadores.

Lo fue también comparecer ante la Comisión Valech. Me escucharon, estaba ahí el libro del genocida Contreras, en el que, entre sus mentiras, me nombra como parte de un supuesto ejército guerrillero. Esas personas que me escucharon, a nombre del Estado de Chile, aminoraron los atropellos recibidos. Cuan necesarias son estas acciones concretas para familiares que sufrieron la muerte o desaparición de los suyos.

Permanece la pregunta de cómo es posible llegar a tanta barbarie. En esos momentos, vivíamos roles que un dramaturgo cruel podría haber escrito. Ciudadanos que asimilábamos una derrota, y estas otras fuerzas malignas que buscaban el exterminio; ‘extirpar el cáncer marxista hasta sus últimas consecuencias’, pregonaba uno de los cuatro generales de la conjura.

De pronto, por algún intersticio, se filtraban arranques de humanidad que pude vivir, así como también mi amigo Edmundo, gracias a la literatura, esa urdimbre secular, hecha de palabras, que nos devela la condición humana.

 

Memoria sobre memoria

Los recuerdos permanecen, hablan en la vigilia y en el sueño, no se difuminan ni aplacan con el tiempo, desde esa noche del 4 de septiembre de 1970, cuando el viejo gallego republicano respondiera a la euforia aún juvenil de aquella victoria efímera de los mil días, con el amargo escepticismo de una historia similar, truncada a partir del 18 de julio de 1936. Memoria sobre memoria para quienes no podemos ni queremos sepultar la verdad en la ceniza del olvido.

Y muy pronto, el temor del patriarca se hizo realidad. No hubo guerra civil ni enfrentamiento equiparable, sino el terror desatado por la fiera maquinaria castrense, cumpliendo su rol histórico de servir a las 50 familias dueñas de esta alargada hacienda del fin del mundo, ostentando sus fratricidas heroicidades y la traición de los sueños populares.

Casta entorchada y prevaricadora, cuya oficialidad entró a saco en las arcas fiscales, para continuar, durante medio siglo, usufructuario de un botín al parecer inagotable.

Por su parte, la canalla dorada les celebra y agradece la felonía, consagrándola desde su esquizofrénico negacionismo: no ver, no escuchar, no saber de los otros, de ese extraño y amenazante prójimo que existe apenas en las pantallas de la gran mentira, vestida de crónica roja y de ignominia.

Así como te salvó el libro de un poeta del sur —me digo en esta hora memoriosa—, los libros y las palabras hechas sangre y sudor te acogieron durante esa «larga noche de piedra», en la Casa Escrita, en la hospitalidad femenina de sus viejos muros.

Quizá fuera esa la crónica válida y justificante de tus anhelos. Con ella vas a quedarte, al cabo, con sus lágrimas y sus risas, con sus frustraciones y anhelos, en el extraño amasijo del tiempo.

 

 

 

 

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Edmundo Moure Rojas, escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Sus últimos títulos puestos en circulación son el volumen de crónicas Memorias transeúntes y la novela Dos vidas para Micaela.

En la actualidad ejerce como director titular y responsable del Diario Cine y Literatura.

 

José Tamblay

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Estadio Nacional (septiembre de 1973).

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