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[Crónica] «El regreso»: La responsabilidad del combatiente

El volumen del autor dominicano avecindado en Chile, Rafael Pineda, es un poemario que apuesta por una voz pública y por una ética de memoria activa: su fuerza está en su decisión de devolver historia y dignidad al lenguaje, pero su flanco débil aparece cuando el canto se apoya más en la propuesta militante y menos en el develamiento metafórico.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 2.3.2026

El regreso. Un canto dominicano, de Rafael Pineda (1949), es un libro que no asume la poesía como “un adorno cultural por los neutrales” –según cantara Gabriel Celaya-, sino por la palabra urgente y necesaria. Aquí el verso no es un libro objeto sobre la mesa: es una herramienta, como campana, expediente y arma libertaria.

Rafael Pineda escribe desde una convicción antigua y difícil de sostener hoy: que el poema todavía puede clamar en la plaza, decir «nosotros» sin vergüenza, y llamar por su nombre a lo que se quiso borrar con el codo del poder. Ese gesto funda el libro y lo proclama: el «regreso» no es una vuelta sentimental a la tierra, sino una vuelta a la responsabilidad del combatiente.

El primer movimiento del poemario es un canto a la libertad latinoamericana, entendida, no como idea abstracta, sino como biografía colectiva. La libertad aquí no es un globo festivo para conmemoraciones; camina por las anchas alamedas. Se ve en calles, en fechas, en trabajos, en cuerpos que marchan, en el peso cotidiano de la desigualdad y la represión.

Pineda no parece interesado en la fineza de la duda, sino en el filo de la afirmación: su escritura se arma con repetición, invocación, mandato, arriesgando también cierta normalidad estética. La épica, en su versión más clásica, necesita ese martillo; necesita coro y gritos destemplados.

En esa insistencia hay energía, asimismo entraña un peligro: cuando la consigna se vuelve demasiado protagonista, el poema corre el riesgo de vivir solo de su intención. La intención moviliza, pero no siempre basta para que la imagen permanezca en su intencionalidad y en su plétora.

Por eso el segundo eje, el rescate de la memoria de héroes y luchas, es más que un inventario de nombres: es una pelea por el relato. Rafael Pineda entiende que la historia oficial no solo omite, también domestica: convierte la lucha en efeméride, el sacrificio en estatua, la violencia en pie de página.

Contra eso, el poemario construye un contra-archivo. Nombrar es devolver existencia. Nombrar es impedir que el muerto sea cifra. Nombrar es volver a abrir una puerta que el poder clausuró, dignificando así la trascendencia de la memoria.

Cuando el libro logra transformar ese archivo en escena, la épica se enciende: el héroe deja de ser bronce y se vuelve movimiento.

 

En la lucha consciente

El corazón afectivo del libro es la patria perdida y recobrada. La patria se presenta como herida y llamado, duele en el sentido unamuniano y lorquiano. Se habla de ella como si fuese una presencia que insiste: no un paisaje, sino una voz hecha de innumerables voces y voluntades.

Con todo, esa personificación tiene algo de rito: la patria no consuela, reclama. Y el regreso se vuelve entonces una forma de expiación y de tarea, individual y colectiva. Incluso en el registro del exilio, lo que domina no es la melancolía decorativa, sino la conciencia de una fractura: estar lejos es una forma de estar incompleto, y la palabra intenta suturar sin negar el dolor.

La patria, sin embargo, aparece muchas veces como un sujeto unitario: «el pueblo» como bloque moral. Esa unidad fortalece el canto, pero simplifica la complejidad interna de cualquier nación: las contradicciones dentro del campo popular, las complicidades locales, las fracturas que no vienen solo desde afuera.

El libro lo roza cuando habla de silencios, de burócratas, de plusvalía, de oro; pero suele volver rápido al esquema de un nosotros compacto frente a un ellos igualmente compacto. Funciona épicamente; limita humanamente. Confía más en la lucha consciente que en los sueños utópicos.

 

Subtítulo

En el cuarto eje, la poesía comprometida en la línea de Neruda y Celaya, del Hernández de las trincheras republicanas, Pineda se declara sin coartadas. Hay una vocación de gran relato, un impulso de crónica moral, un «canto general» en clave caribeña.

No es un poeta que se esconda detrás del experimentalismo para evitar decir. Dice. Señala. Acusa. Convoca. Eso le da una fuerza rara en tiempos de tibieza. Pero también lo expone al dilema histórico de la poesía social: la frontera entre poema y proclama.

El compromiso no garantiza literatura. La literatura aparece cuando el conflicto se vuelve forma: cuando ritmo, metáfora e imagen producen una experiencia que no depende de estar de acuerdo. En los mejores momentos, Pineda desmonta lenguajes del poder con ironía, vuelve contemporáneo el combate al nombrar mecanismos actuales del despojo, y ahí su poesía gana una segunda capa: no solo grita, también piensa tácticamente.

Luego, el quinto eje, el lenguaje épico y combatiente, ordena todo. La oralidad manda: el poema quiere ser dicho, repetido, coreado. La repetición funciona como tambor, como insistencia pedagógica, como respiración colectiva. A ratos esa música empuja; a ratos distrae en el propósito activo.

Y allí aparece el criterio más exigente para leer este libro: no basta con que el poema tenga razón; tiene que tener intensidad verbal, precisión de imagen, capacidad de quedarse en la memoria por su forma, que no siempre se superpone al mensaje, aunque la sinceridad del canto nos conmueva.

En síntesis, El regreso es un poemario que apuesta por una voz pública y por una ética de memoria activa. Su fuerza está en su decisión de devolver historia y dignidad al lenguaje. Su flanco débil aparece cuando el canto se apoya más en la propuesta militante y menos en el develamiento poético.

Pero incluso en esa tensión, el libro logra algo valioso: no deja al lector tranquilo. Lo llama. Lo empuja. Le recuerda que la patria no se hereda: se construye, se defiende y se narra, que somos sujetos históricos y que el devenir está hecho de sueños, sangre, sudor y lágrimas que aún fluyen en los ríos de la memoria.

Y que olvidar, en nuestros países tercermundistas, no es solo una falla de la mente: es una victoria del poder y una clausura de la esperanza.

 

 

 

 

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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas biográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

«El regreso. Un canto dominicano», de Rafael Pineda (Autoedición, 2026)

 

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Rafael Pineda.

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