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[Crónica] Humor y poesía: Dos artes de la oblicuidad

Uno y otra se parecen porque las dos trabajan con lo indirecto, con lo sugerido, con lo que se insinúa más que se afirma, y porque requieren inteligencia, sensibilidad y complicidad. Ambos géneros nos recuerdan que la verdad no siempre se presenta de frente, y que a veces solo se desnuda cuando la bordeamos con respeto y no pretendemos asaltarla.

Por Luis Miguel Iruela

Publicado el 31.3.2026

El poeta simbolista Stéphane Mallarmé (1842 – 1898) decía que los poemas se manifiestan como por escorzo, es decir, de una manera indirecta. Las metáforas no son, en efecto, algo distinto de una paráfrasis de la realidad.

La relación entre el humor y la poesía existe, y una vez percibida aquella con intuición intelectual ya no se puede ignorar. Ambas formas trabajan por medio de un rodeo, de un desplazamiento, de una sugerencia, y su fuerza depende, sobre todo, de lo que no hablan de una manera directa.

Con todo, lo lateral se muestra como un estilo de inteligencia. Tanto el humor como la poesía funcionan mejor cuando no rinden su sentido de inmediato. Un chiste explicado pierde su gracia; un poema explicado volatiliza su misterio.

En los dos casos, el lector o el oyente han de completar la intención y entrar en el acto creativo. En la participación, la risa brota cuando el cerebro resuelve una incongruencia, y el descubrimiento estético aflora al descifrar una imagen o una metáfora. Lo esencial ocurre entre líneas.

La metáfora y el remate comparten parentescos estructurales. La primera fundamenta la lírica, mientras que el segundo lo hace con la broma. Una y otro suponen giros inesperados que reconfiguran el sentido. La traslación une dos mundos que no deberían estar allí; el chiste funde un par de ideas que parecían incompatibles.

Todo ello consigue que la mente vivencie un pequeño cortocircuito que genera placer: el milagro de lo que encaja sin haber sido previsto.

 

Vías de sabiduría y formas de encuentro

El poder del vacío está en la elipsis: lo elidido es tan importante como lo expresado. El cómico deja oquedades para que el espectador las rellene; el poeta libera resonancias que el lector debe captar. Este poder es fértil ya que permite que cada persona encuentre su interpretación, su ritmo y su cómplice intimidad.

Tanto el humor como la poesía pueden actuar como volúmenes flexibles de resistencia frente a lo rígido, prosaico y autoritario. El primero desarma el poder mediante la risa; el segundo desvela la belleza a través del lenguaje. Establecen grietas en lo manido y establecido. Entrambos permiten hablar de lo inefable sin decirlo del todo con palabras.

Cuando un poema nos conmueve o un chiste nos provoca la risa ocurre algo parecido: sentimos que alguien ha captado una verdad que también intuíamos nosotros, pero que no acertábamos a formular. El humor y la poesía son, en ese sentido, vías de sabiduría y formas de encuentro y de reconocimiento mutuo.

Uno y otra se parecen porque los dos trabajan con lo indirecto, con lo sugerido, con lo que se insinúa más que se afirma. Y porque requieren inteligencia, sensibilidad y complicidad. Ambos nos recuerdan que la verdad no siempre se presenta de frente, a veces solo se desnuda cuando la bordeamos con respeto y no pretendemos asaltarla.

 

 

 

 

 

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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.

En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

 

Luis Miguel Iruela

 

 

Imagen destacada: Stéphane Mallarmé.

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