El día 4 de enero de 1972, el entonces Presidente de la República de Chile, Salvador Allende Gossens, promulgó una nueva ley sobre la concesión del galardón con el que se reconocía a los escritores locales —y la cual fue publicada una semana después en el «Diario Oficial»—, al decretarse su adjudicación cada dos años, y no de forma seguida como era la costumbre desde su instauración.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 28.8.2025
El error es siempre un acto involuntario, basado en informaciones equivocadas, incorrecta apreciación de la realidad, cálculos mal hechos (en las matemáticas), la mera ignorancia, los prejuicios y otras variedades que inducen a la persona a tener un visión distinta de la verdad o a la corrección de sus conductas o afirmaciones.
Me ha llamado la atención cuando muchas personas —sobre todo periodistas radiales o de televisión y políticos de esos a los que les gusta tanto hablar— se refieren a ciertas conductas suyas como un «error involuntario». El que dice algo equivocado, ajeno a la realidad, comete un error o miente. Si es involuntario es error. Si es voluntario, miente.
La revista holística argentina Uno Mismo (desgraciadamente ya desaparecida) y dedicada a temas espirituales, tituló una editorial suya como «Nuestro peor error». ¿A qué se refería?
En unos cuantos números anteriores a ése en que confesaba su error, la revista publicó un poema llamado «Instantes», que dice en sus primeros versos: «Si pudiera vivir nuevamente mi vida / en la próxima cometería más errores / no intentaría ser tan perfecto, me relajaría más / sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad».
Todo se debía a que el diagramador, en su mesa de trabajo, confundió papeles y puso como autor del texto a Jorge Luis Borges. Nadie se percató de la situación y cuando el hermoso texto comenzó a ser replicado en todo tipo de tarjetas, revistas, diarios, hasta libros, con el nombre del vate argentino, su viuda dijo: «Borges jamás habría escrito eso».
Y los que conocemos los textos de Borges sabíamos que era muy difícil que él hubiese hecho un poema de este tipo. Pero hasta hoy, tantísimos años después, muchos siguen repitiéndolo. La revista Uno Mismo ofreció esas disculpas y dejó en claro que la autora del texto es la norteamericana Nadine Stair.
Otro error notable fue el que circuló alrededor del año 2000, cuando la noticia decía: «García Márquez se despide», encabezando un largo poema denominado «La marioneta». Se afirmaba en la noticia que al escritor colombiano se le había diagnosticado un cáncer linfático (del que efectivamente murió en 2014) y por eso había escrito un texto de despedida.
La revista mexicana Los Universitarios, en 2001, escribió lo siguiente: «De inmediato García Márquez desmintió su supuesta autoría de un texto que, además, según se difundió, consideraba ‘cursi’. Pronto apareció en radio y televisión el verdadero creador del poema. El ventrílocuo Johnny Welch lo había escrito para que su muñeco, el Mofles, se despidiera al final de sus presentaciones. Welch no conseguía explicarse cómo se había atribuido al famoso premio Nobel una obra suya. A un año de esta extraña contingencia que ocupó los titulares de los espacios noticiosos, Gabriel García Márquez y Johnny Welch finalmente se han encontrado cara a cara, de una manera por demás amistosa y divertida, para desmadejar este curioso enredo literario. El encuentro tuvo lugar el pasado 5 de junio, por mediación de Ignacio Solares, en casa de Johnny Welch».
Y la revista transcribe íntegramente la conversación entre ellos cuatro: el periodista Solares, el premiado García Márquez, el titiritero Welch y el muñeco Mofles, que no repetiré en este columna.
Tremendo error que muchos siguen repitiendo hasta el día de hoy, tanto periodistas como lectores, poetas, narradores y otros.
El error que cometí
¿A qué viene todo esto de los errores?
Pues a que en una columna anterior yo cometí un tremendo error, basado no sólo en insuficiente información (que puede ser ignorancia reprochable para quien se cree tan culto) sino en ciertos prejuicios explicables.
Con todo, puedo encontrar muchas explicaciones para esos prejuicios (que los militares son así, que la derecha desprecia a los escritores que no son de los suyos, que por andar persiguiendo gente se les olvidó otorgar los premios nacionales, etcétera) pero ninguna de ellas justifica mi error.
Me explico.
Cuando escribí sobre el Premio Nacional de Literatura, el primero y a mi parecer el más importante, sostuve que se trataba de un premio anual desde 1942 y que la dictadura había decidido otorgarlo cada dos años. Y todo el contexto parecía justificarlo, incluyendo que se le otorgara a un filólogo a falta de escritores derechistas o a Campos Menéndez de cuyas glorias literarias podemos dudar. Digo esto para justificarme un poco.
Walter Garib, uno de los mejores narradores chilenos, me escribió: «Estás equivocado. Yo pensaba lo mismo que tú, pero Virginia Vidal me sacó del error. Eso pasó en la época de la UP».
No podía creerlo. Yo no fui partidario del gobierno de Allende, pero me costaba creer lo que él me decía, sustentado en la voz de mi querida amiga la escritora comunista —ya fallecida—. Es conocido que las izquierdas en Chile han tendido a ser comprensivas y apoyadoras con los artistas de las diversas ramas.
Pensé que la equivocada era ella y mi amigo, su vocero. Pero no.
El día 4 de enero de 1972, el Presidente de la República de Chile don Salvador Allende Gossens promulgó una nueva ley sobre los premios nacionales, que fue publicada el 8 de enero de ese año en el Diario Oficial. Firmaba con el presidente su ministro de Educación, el militante radical Mario Astorga Gutiérrez, profesor normalista y gran dirigente del magisterio (Unión de Profesores de Chile), tal vez masón.
¿Qué pasaba por la cabeza de este ministro, del presidente, de los diputados y senadores que votaron a favor de esta ley (no he investigado quiénes fueron)?
¿Cuál sería el argumento para afectar significativamente los reconocimientos a los escritores chilenos en lugar de promoverlo?
Por prejuicio no supuse jamás que tal aberración vendría de ese gobierno que, siendo yo muy crítico suyo, siempre valoré políticas como el incentivo a la lectura a través de Quimantú y el apoyo entusiasta y resuelto a los medios de comunicación (excepción hecha de El Mercurio, a quien hostigó incansablemente, buscando intervenirlo, comprarlo o cerrarlo).
Pero esto, ¿cómo se explica?
No sé si a estas alturas del tiempo que ha pasado alguien podrá justificar esa decisión, desde la iniciativa, hasta la aprobación.
Pero, inclino la cabeza por el error y me excuso ante esas personas a las que atribuí la modificación de una norma tan relevante para el quehacer literario chileno. Ya se trate de José Navarro, profesor de Historia de la Escuela Militar o del marino Hugo Castro (uno de los más activos en promover la idea del golpe de Estado de 1973), ambos ministros de Educación de la dictadura. Perdón, señores, por atribuirles esta conducta erróneamente.
Más adelante, sin duda, podré equivocarme de nuevo, lo que me ayuda en la tarea de cultivar la humildad.
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Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México, y también formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile.
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades de Chile y en el extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).
En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.
Jaime Hales Dib
Imagen destacada: Carlos Altamirano, Luis Corvalán, y el Presidente Salvador Allende en el Estadio Nacional.