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[Crónica] Las memorias de Edmundo Moure: Rosalía de Castro, la más grande poeta gallega

La autora hispana murió en el verano de 1885, en su casa de La Matanza, en Padrón: fue el 15 de julio, un día miércoles, y en vida no fue estimada por su excelso valor literario, sino que fue perseguida por su valiente apoyo a la mujer campesina de Galicia y por su sospechosa condición de fémina inteligente y creativa.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 15.7.2021

Micaela Souto concurrió por primera vez a la Casa del Escritor, en mayo de 1980. Luis Sánchez Latorre (Filebo), a la sazón presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, organizó tres conferencias sobre literatura gallega, con autores que eran de su gusto y conocimiento: Rosalía de Castro, Ramón María del Valle-Inclán y Julio Camba. Me correspondió abrir los fuegos con mi amada Rosalía.

Después de una exposición de veinte minutos, ofrecí la palabra a los circunstantes. (Poco antes de comenzar el acto, me llamó la atención una mujer alta, de airoso porte, peinada con moño, de frente amplia y vivaces ojos azules; aparentaba unos 50 años, aunque luego me enteré que tenía 60).

La dama en cuestión alzó la mano y dijo:

—Rosalía murió en el verano de 1885, en su casa de La Matanza, en Padrón; fue el 15 de julio, día miércoles. En vida no fue estimada por su excelso valor literario; más bien fue perseguida por su valiente apoyo a la mujer campesina de Galicia y por su sospechosa condición de fémina inteligente y creativa. Pero a su funeral asistieron dignatarios, intelectuales de club y chistera —todos machos—, políticos y pelmazos de variado jaez… Un poeta joven —Manuel Curros Enríquez— quiso leer un discurso; se le prohibió tajantemente.

Entonces, pidió declamar un breve poema.

Subió al estrado y recitó, con voz rotunda y emocionado timbre:

Do mar pola orela/ mireina pasar/ na frente unha estrela/ no bico un cantar/ E vina tan soia na noite sin fin/ que inda recéi pola probe da tola/ eu que non teño quen rece por min/ A musa dos pobos que vin pasar eu/ comesta dos lobos/ comesta morreu/ Os ósos son dela que vades gardar/ Ai dos que levan na frente unha estrela/ ai dos que levan no bico un cantar…

El auditorio de nuestra vieja Sech quedó enmudecido.

Micaela concluyó:

—No hay elocuencia mayor que la de la poesía ni canto más hondo que el ofrecido por su pueblo, en la voz de un entrañable bardo, a la más grande poeta gallega.

Un aplauso atronador estalló en el salón. Terminada la ceremonia, mientras bebíamos un vinillo modesto y algo ácido, me acerqué a ella, la miré a los ojos y supe que la conocía desde antaño.

—Soy Micaela Souto Portela, me dijo, con voz gruesa y sensual.

Compartimos entrañable amistad durante veinte años, justo el lapso que separaba nuestros nacimientos. Después de su partida y estancia en Chiloé, nos vimos de tarde en tarde, pero sabíamos una del otro, porque nos buscábamos como el agua busca las piedras cantarinas del río. Ella vivió conmigo unos meses, en mi cabaña de campo, en el Rincón de la Florida.

Un día cualquiera se marchó a Chiloé, para quedarse allí hasta sus últimos años de vida, cuando hizo su viaje derradeiro a Puerto Williams, el poblado más austral del mundo, donde tuvo su pasamento el 10 de febrero de 2010.

Hace pocos días, recibí una enorme caja con sus libros —hablo de la biblioteca— y con sus cartas y manuscritos que un día ordenaré para darlos a conocer con la dignidad que les corresponde. Micaela nunca publicó un libro. Padecía de un prurito de humildad que prodigaba para mí, tratando de hacerme menos vanidoso y ególatra.

—Edmundo —me dijo—, no quiero que publiques nada con mi nombre ni que me cites mientras yo pise este mundo vano y mezquino.

Cumplí su solicitud, en parte, porque cedí a la tentación de publicar artículos y crónicas firmados con su querido nombre (asunto ya dicho y comentado). Ahora ordenaré sus magníficos papeles; lo que no pueda publicar en folios, lo incorporaré a la biblioteca virtual de Internet.

En este primer testimonio de escritura —suyo y mío— doy a conocer algo de nuestros vínculos y de nuestra luminosa afinidad, hecha una sola voz.

 

Fernando González Urízar

 

El flamígero poeta de Bulnes

Fernando González Urízar (1922-2003). Fue en noviembre de 1988. Poeta chileno, nacido en la localidad de Bulnes, fino y prolífico, con una obra de más de treinta poemarios, era por entonces director de la Sociedad de Escritores de Chile.

Ese año, el del plebiscito que defenestró al infame dictador, bajo el sello editorial Logos, fundado por mí y por un socio ruin de triste memoria, publicamos a Fernando su libro Albalá del azul marchito. El título resulta enigmático, más aún si no conocemos la palabra de origen árabe albalá, que significa “dispensa, cédula real en que se concedía un privilegio”, es decir una liberación de cargas u obligaciones, también el otorgamiento de una libertad explícita.

A partir del nombre de aquella singular obra poética, podemos colegir que la poesía de González Urízar ostentaba un brillo idiomático notable, aunque para muchos resultase barroca y algo manida.

Cabe señalar que en nuestro medio literario, el uso de un lenguaje que exceda el empleo de palabras más o menos comunes, se considerará habitualmente como “barroquismo”, una limitación estética más que un logro del estilo. Se debe esto, sin duda, al empobrecimiento generalizado de nuestro riquísimo idioma.

Y aunque Fernando González Urízar recibiera en vida numerosos galardones y premios —entre ellos el Municipal de Literatura—, esa característica asignada a su obra no le abandonó nunca y fue, a mi entender, uno de los factores que le impidieran alcanzar el ansiado Premio Nacional de Literatura.

Recuerdo que presentamos Albalá del azul marchito ante destacadas figuras de las letras chilenas, como Humberto Díaz Casanueva, Juvencio Valle, Guillermo Trejo, Mario Ferrero, Matilde Ladrón de Guevara, Emilio Oviedo, Antonio Montero, Teresa Hamel, Paz Molina, Luis Sánchez Latorre…, entre otros.

Antes de subir al podio, el poeta repartió entre los asistentes un breve glosario de su libro, con la buena intención de aclarar al público el sentido de algunas palabras que, de seguro, escapaban a la comprensión de muchos.

Esto provocó la molestia de Humberto Díaz Casanueva, que alzó su vozarrón para decir:

—Me parece una falta de respeto, Fernando, que nos entregues un glosario… ¿Crees acaso que somos unos ignaros?

Pese a su atildada estampa de caballero, siempre de terno y corbata, a González Urízar parecía traicionarle su bonhomía, su generosidad con los pares de oficio.

Así, una tarde de ese mismo año 1988, se me acercó para comentarme que estaba en un embarazoso dilema.

—Edmundo, hay una poetisa mayor o muy madura (de edad, entiéndase) que me ha pedido un prólogo para su primer libro de poemas y, además, que yo la presente en el ‘lanzamiento’, aquí, en la Sech… La verdad es que su poesía me resulta muy… ¿cómo diré?… precaria, pretenciosa, llena de frases hechas. ¿Qué puedo decirle?

Yo le respondí que buscara un pretexto: trabajo excesivo, un viaje obligatorio, algo así, para salir del paso.

Tres semanas más tarde, la poetisa presentó su libro en la Casa del Escritor, ofreciendo un cóctel que, por aquellos días de escasez, resultó casi pantagruélico. En la testera, Fernando González Urízar leyó el prólogo.

Fue un derroche de ditirambos, hipérboles y juicios encomiásticos proferidos por el flamígero poeta de Bulnes… Quedé pasmado…

Pasada la lectura de la primera página, el rostro de la autora lucía profuso de lágrimas.

Al concluir, corrió hacia nuestro recordado Fernando, le echó los brazos al cuello, exclamando:

—Con este padrino, mi futuro en la literatura chilena será sin duda espléndido…

 

 

***

Edmundo Moure Rojas, escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de «Lingua e Cultura Galegas».

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Su último título puesto en circulación es el volumen de crónicas Memorias transeúntes.

En la actualidad ejerce como director titular y responsable del Diario Cine y Literatura.

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Rosalía de Castro (1937 – 1885).

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