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[Crónica] Mi encuentro fortuito con Ingmar Bergman

En algún momento de su vida, el realizador sueco se fue a vivir a la isla de Fårö, en el mar Báltico. Un lugar ideal para un cineasta como él, un anacoreta, un extraterrestre, tan hermético, reservado y tímido al modo de un personaje japonés, propio de una historia de Yasunari Kawabata.

Por Omar Pérez Santiago

Publicado el 23.9.2022

En algún momento de mi vida —quizás 40 años atrás— paseaba por la plazuela de la veterana e imponente catedral de Uppsala en Suecia. De pronto, sale un gran cortejo desde la basílica y luego un señor flaco y alto, grita:

—¡Y corten!

Era Ingmar Bergman.

Estaba rodando Fanny y Alexander, una de sus más famosas películas, con la cual pensaba jubilarse. El genio sueco tenía 64 años y usaba su habitual boina negra.

En algún momento de su vida, Ingmar Bergman (1918 – 2007) se fue a vivir a la isla de Fårö, en el mar Báltico. Un lugar ideal para un cineasta como Bergman, un anacoreta, un extraterrestre, tan hermético, reservado y tímido como un japonés de una historia de Yasunari Kawabata. Un amor a lo simple, austero y rústico.

En algún momento de mi vida visité la isla de Fårö, Isla de ovejas, fría, solitaria y árida. Una pequeña y rocosa isla, con mucho viento, con una playa pedregosa. Ningún lugar de veraneo para un chileno típico y orgulloso como yo. Allí en la isla Fårö, la isla de ovejas y de rauks, columnas de piedra caliza formadas por la erosión de las olas —hoy un centro turístico culturoso— Bergman puso distancia con su entorno.

En algún momento de su vida, a los 89 años, llegó a la isla la muerte a buscarlo.

Era verano.

 

«Me gustaría morir en otoño, la estación de la luz y el silencio»

En algún momento de mi vida escribí un cuento sobre Bergman y su muerte. En el cuento la muerte no es el varón vestido de negro que Bergman imaginó en su película El séptimo sello de 1957.

Los nórdicos creen que la muerte es un ser masculino.

Los latinoamericanos creemos, en cambio, que la muerte es femenina.

La muerte es una mujer muy seductora que viste de rojo.

En la película de Bergman, el protagonista, un caballero medieval, como una forma de adquirir prórroga, desafía a la muerte a jugar ajedrez.

En algún momento de su vida, Bergman tomó esa imagen de un mural en una vetusta iglesia medieval sueca. El mural se llama, justamente, La muerte juega al ajedrez (en sueco, Döden spelar schack).

En mi cuento, Bergman le solicita a la muerte —la señorita Catrina— como una forma de prórroga, bailar un tango. Mientras bailan tango, el dialogo es dinámico.

El cineasta está enojado.

(Bergman era enojón. Como todos los regidos por el signo cáncer del horóscopo, era un hombre emocionalmente sensible).

Está fastidiado pues va a morir en verano.

Y Bergman no quería morirse en verano.

La bella Catrina, la muerte, le pregunta:

—¿Cuál es la estación del año que te habría gustado morir, Bergman?

—En otoño, la estación de la luz y el silencio. Soy cineasta. Soy hombre de teatro.

 

 

***

Omar Pérez Santiago es un escritor y cronista chileno que egresó de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de Chile, y el cual luego estudió historia económica en la Universidad de Lund (Suecia).

Sus últimos libros publicados son: Julia, la belleza y el sentido de la vida (novela), El pezón de Sei Shonagon (novela), Caricias, poemas de amor de Michael Strunge (traducción), Allende, el retorno (novela), Introducción para inquietos, de Tomas Tranströmer (traducción, 2011), Nefilim en Alhué y otros relatos sobre la muerte (cuentos, 2011), Breve historia del cómic en Chile (2007) y Escritores de la guerra. Vigencia de una generación de narradores chilenos (ensayo, 2007).

 

Omar Pérez Santiago

 

 

Imagen destacada: Ingmar Bergman.

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