El lenguaje poético del autor chileno José María Memet reafirma su trayectoria de creador que ha logrado afianzar su propio estilo, una voz inconfundible que sabe mezclar, desde su sólido oficio, los diversos recursos líricos, sus variaciones y tópicos, entrelazados de humor, a veces sutil, a veces filoso como navaja toledana, porque el escritor, desde el escepticismo finisecular que lo posee, no deja de ser rebelde y combativo.
Por Edmundo Moure Rojas
Publicado el 25.11.2025
El más reciente libro —no diremos el último— de José María Memet (1957), Ojivas. El fin de la poesía (Editorial Luchito Ocelote, 2025), es un poemario notable, mejor dicho, un artefacto verbal que asume sin rodeos la inminencia del colapso humano.
No desde la queja moralizante ni desde el panfleto político, sino desde una lucidez amarga que entiende que la poesía ya no está para iluminar, sino para registrar la devastación.
La sensación dominante —y ahí descansa su potencia— es que el lenguaje llega tarde a un mundo que se deshace demasiado rápido, y que las palabras, incluso las mejores, incluso las más fieles, han perdido su capacidad de impedir la catástrofe. Memet escribe desde la intemperie definitiva del espíritu.
Desde los primeros poemas se instala una atmósfera donde la memoria individual se mezcla con los signos inequívocos del derrumbe.
En «Astronomía doméstica», el hablante declara que el 2061 —el regreso del cometa Halley— encontrará una tierra irreconocible, asfixiada por máquinas, guerra genética y radioactividad, hasta concluir: «El cometa será una rareza en el cielo / de un planeta muerto».
La imagen —fría, científica, sin consuelo— concentra el nervio central del libro: la poesía solo puede dar parte de la extinción. No puede evitarla.
En ese gesto late la tradición chilena más feroz. La furia profética de Pablo de Rokha, su hiperconciencia del desastre civilizatorio, reaparece aquí filtrada por una biografía marcada por el exilio, la tortura y la militancia. Pero José María Memet no declama desde el bramido rokhiano; su tono es más confesional, más quebrado, menos épico.
Por otra parte, la sombra de Parra —su antipoesía como desmontaje del discurso solemne de la retórica de un trasnochado lirismo— aparece en la desmitificación de héroes, en el cuestionamiento de los significados impuestos, y en el amargo humor con que exhibe la impotencia de las palabras frente a la brutalidad del poder.
Sin embargo, si Parra proponía dinamitar la solemnidad para recuperar un realismo más humano, Memet emplea la corrosión para advertir que ya no queda nada que recuperar.
El anónimo hoyo negro del extravío
En poemas como «Dialéctica de Homo Sapiens», la reflexión alcanza un filo filosófico evidente. Señala el hambre, el dinero y la peste como instituciones del presente, y remata: «Está claro / que falta lenguaje para entendernos». La poesía reconoce su insuficiencia en un mundo donde la codicia y la violencia superaron cualquier intento de explicación.
La sentencia es radical: no es que falten palabras adecuadas; es que las palabras ya no significan lo suficiente para contener la magnitud del daño. Peor aún, los significados del lenguaje que conocíamos y creíamos dominar, resultan cada vez más equívocos y contradictorios.
En «Ojivas», poema nuclear del libro, el hablante camina por una Francia en ruinas morales, cruzada por misiles, pobreza y xenofobia. Desaparecen los poetas, los resistentes, las figuras luminosas de otra época, y solo queda un país que «se retuerce como gusano».
Con todo, el apocalipsis aquí no es mítico ni metafórico; es cotidiano. No depende de un estallido futuro: ya comenzó. Y la poesía, en lugar de oponerse a esa devastación, la acompaña como quien registra la temperatura de un cuerpo moribundo, con el discurso hipnótico y vacío de la estadística.
Lo más inquietante —y lo más logrado— del libro es que el fin no se presenta como amenaza, sino como proceso natural. En «La sentencia», la confesión es seca: «Es el final de nuestra especie / y nada / absolutamente nada / sucederá en todo el universo».
Memet retoma la tradición materialista de corte parriano, despojando al sujeto de cualquier ilusión metafísica. El universo no espera por nosotros; no nos recuerda; no nos necesita. La insignificancia humana es absoluta, como si su destino fuese el anónimo hoyo negro del extravío.
Sin embargo, en medio de esa visión devastada, surge un resto de humanidad que no cae en sentimentalismos. Es un residuo de memoria, de amistad, de cuerpo. Poemas como «Todos los astronautas mueren» y «El mensaje» revelan que incluso en el territorio arrasado sigue latiendo una pequeña lealtad hacia los muertos, hacia el amor, hacia los compañeros de lucha.
Así, esa insistencia en permanecer fiel a los propios —aunque ya no haya futuro posible— le da al libro su dimensión más auténtica, más humana en el sentido de una suerte de heroísmo postrero.
El lenguaje poético de José María Memet reafirma su trayectoria de creador que ha logrado afianzar su propio estilo, una voz inconfundible que sabe mezclar, desde su sólido oficio, los diversos recursos poéticos, sus variaciones y tópicos, entrelazados de humor, a veces sutil, a veces filoso como navaja toledana, porque el poeta, desde el escepticismo finisecular que lo posee, no deja de ser rebelde y combativo.
Agregaría la riqueza del acervo que otorga la vida entre dos —quizá tres— mundos anímicos y culturales: el chileno del mestizaje, el francés de la vieja herencia revolucionaria y tradicional —al mismo tiempo—, y el cosmos mapuche, con sus enigmas ancestrales y la fatalidad de su destino.
En última instancia, Ojivas. El fin de la poesía no anuncia la muerte del poema, sino el fin de la ilusión de que el poema puede salvar. Es una obra madura, implacable, escrita con una conciencia histórica que no necesita la impostación de un credo inútil, porque el poeta la ha vivido en carne propia, como una praxis despojada de redención.
La poesía, parece decir Memet, sólo sirve si mira de frente el horror, si renuncia a ser consuelo y acepta ser testimonio. Ese gesto —terrible, honesto— es lo que lo sitúa en la línea más dura de la tradición chilena, allí donde la palabra todavía se atreve a iluminar, aunque sea con el último fósforo, el borde final de nuestra especie.
Este libro se presentará oficialmente el próximo martes 9 de diciembre, a las 19.00 horas, en la llamada Casa de Rusia en Chile, ubicada en Avenida Ejercito Libertador 57 , de la ciudad de Santiago.
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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.
Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas biográficas Memorias transeúntes.
Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.
«Ojivas, el fin de la poesía», de José María Memet (Editorial Luchito Ocelote, 2025)
Edmundo Moure Rojas
Imagen destacada: José María Memet.

