Icono del sitio Cine y Literatura

Crónica «Último día en Madrid: Tribulaciones de un matrimonio de Buenos Aires despidiéndose de España»

El relato costumbrista que nuestro colaborador argentino redactó luego de un viaje por la fascinante capital ibérica junto a su esposa y la visión acerca de los lugares de una ciudad oculta, la cual se revela a través de sus rincones y de sus singulares habitantes.

Por Alberto Ernesto Feldman

Publicado el 13.10.2018

 

En la Plaza de Oriente                 

El viaje soñado y acariciado durante tanto tiempo llegaba a su fin. Lo habíamos disfrutado mucho pero el tiempo había volado más rápido de lo esperado, y una vez más comprobábamos como se evaporan los buenos momentos aunque queden con nosotros en forma de recuerdos.

Eran las cinco de la tarde de los primeros días de la primavera madrileña y dentro de doce horas estaríamos por despegar de regreso a Buenos Aires, donde después de tres semanas de maravillosa tregua, nos esperaban las mismas obligaciones que habíamos olvidado por unos días; a mí, ya con 60 años, un camión cargado con cerca de mil kilos de repuestos automotores para repartir recorriendo cada día un promedio de 150 kilómetros en el sur del gran Buenos Aires, y a mi mujer los trabajos cotidianos del ama de casa, que por su monotonía y sus exigencias, suelen ser duros como una pesada relación de dependencia. Preguntémosles a ellas si esto no es así.

Contemplando el pequeño monumento al Oso y el Madroño, símbolo de la urbe, merendábamos un chocolate con churros en la Puerta del Sol, un lugar despejado en medio del centro de la ciudad y también, como la cercana Plaza Mayor, punto de reunión popular en todas las épocas frente a los acontecimientos de trascendencia.

Programando las últimas horas, decidimos despedirnos del país visitando el Palacio Real, que funciona como museo y que tiene muchos atractivos artísticos e históricos, entre ellos, una de las mejores colecciones de armas y armaduras.

Eso me interesaba; el día anterior había estado en el Museo del Ejército y había quedado fascinado por la visión dentro de una urna de vidrio de la “Tizona”, la espada favorita del Cid Campeador, pero mi mujer, que detesta las armas, no quiso saber nada y ayer me esperó afuera. Ahora tendría a su entera disposición arquitectura, mobiliario, pintura y estatuaria y quedamos en ir cada uno por su lado y encontrarnos a la salida.

Animados por la posibilidad de dejar de lado por un rato la melancolía del regreso y aprovechar con avidez hasta el final, caminamos varias cuadras  por la calle del Arenal, que une la Puerta del Sol con la Plaza de Isabel II, también llamada Plaza de la Ópera, un pequeño espacio abierto rodeado de casas de instrumentos, confiterías y librerías, todos con la temática de la Música, ya que limitando uno de sus lados se encuentra la Ópera Real.

Rebasando al Teatro por uno de sus laterales, nos encontramos con la Plaza de Oriente, ubicada en una suave pendiente y desde allí tuvimos una magnífica perspectiva del Palacio, y hacia él fuimos, dejando la Plaza atrás y caminando sobre la explanada que cubre la transitada y hoy soterrada calle de Bailén.

Desde la Puerta del Sol habíamos caminado diez o doce cuadras prácticamente en línea, contentos con la visión de imágenes de postal que nos acompañarían durante largo tiempo; pero de pronto se rompió el encanto: la puerta de entrada al museo del Palacio Real se nos cerró en las narices.

Eran las 18:00 horas y las palabras amables del portero: “¿Porqué no vuelven mañana?…”, nos sonaron a burla.

Regresamos a la plaza de Oriente y nos sentamos cerca de la estatua de Felipe IV, que montado sobre un corcel erguido sobre sus patas traseras, dominaba desde su emplazamiento las esculturas de otros veinte reyes.

Ahora sí nos atrapó la morriña del fin de fiesta. Habíamos hecho en varias etapas muchos kilómetros desde Barcelona hasta Madrid, pasando por la Comunidad Valenciana y Andalucía para conocer, aunque sea a vuelo de pájaro, una pequeña porción de un país al que estábamos ligados por más de un motivo y ahora, en los últimos momentos, el reloj siempre tirano, nos conminaba a volver al hotel a preparar el equipaje. ¡Adiós broche final!…

…¿Y si nos quedamos aquí sentados un ratito más?… Así lo hicimos, y para nuestra suerte, un señor muy mayor, y muy amable, tironeado por un ovejero alemán, que nos seguía desde la puerta del museo del Palacio Real, se acercó a nosotros, se sentó a nuestro lado y nos entonó nuevamente el corazón.

Pero esa es otra historia, aunque continúa a ésta. La veremos en la próxima postal.

*

Las estatuas de la Plaza de Oriente

El paseo que proyectamos durante cinco años, fue consumido en tres semanas, en las que exigimos al máximo a nuestros ojos y a nuestros pies,  y sentados en un banco de la Plaza de Oriente, con mi esposa quemábamos nuestras últimas horas en España, mirando con despecho al Palacio Real, que nos había cerrado sus puertas en las narices, a las 18:00 en punto, hacía diez minutos.

Deberíamos volver al hotel a preparar el equipaje. En doce horas estaríamos volando de regreso a Buenos Aires, pero, como los chicos en la calesita, pedíamos una vueltita más y no atinábamos a despegarnos del asiento, cómodos como estábamos en el centro de la plaza, frente a la estatua ecuestre de Felipe IV.

El anciano de físico menudo y rostro bondadoso que paseaba o era paseado por un gran ovejero alemán que aparentemente nos seguía, se sentó a nuestro lado y entramos rápidamente en conversación, estimulados todos por lo cariñoso del animal, que había establecido comunicación telepática por medio de mis pantalones con todos los perros que había encontrado en este viaje y que siguiendo mi vieja costumbre, no dejo que se alejen sin hablarles o acariciarlos.

Rompiendo un incómodo silencio que se había creado, el anciano sentenció, mostrando una hábil captación de la situación y un oído de tísico: -Aunque vosotros partáis mañana, todavía hay cosas interesantes por ver aquí, hoy y ahora, siempre que vosotros seáis amigos de la Historia. Por ejemplo, ¿sabéis que esta es la primera estatua ecuestre en el mundo en la que el caballo se para sobre sus patas traseras?… El escultor, Pietro Tacca trabajó esta obra en Italia entre 1634 y 1640 y  la diseñó sobre dos retratos pintados por Velazquez, y ¿sabéis quien fue el físico que asesoró al escultor para que esta mole de bronce se mantenga parada sobre sus relativamente delgadas patas traseras?… ¡pues nada menos que Galileo Galilei, cuya sencilla solución fue hacer maciza la parte trasera y hueca la delantera!…

Alrededor de la estatua citada, se erigen en la Plaza de Oriente, en menor tamaño, las de otros veinte reyes, llamados popularmente “los reyes godos”.

Originariamente eran cuarenta y cuatro y luego de una remodelación, las otras veinticuatro fueron ubicadas en distintos lugares del país. Según nos contó el anciano, que parecía muy bien informado y que contaba los hechos en forma muy amena, las cuarenta y cuatro estatuas debían coronar en altura los muros del Palacio Real, pero se temió que las cornisas no soportaran el peso y se desistió.

Una pesadilla real, en la cual todas las estatuas del Palacio se venían abajo, también se cita como causa del cambio de emplazamiento.

-Mirad, dijo el anciano, ese hermoso edificio que tenemos a nuestras espaldas es la Ópera Real, creado por Isabel II e inaugurado en 1850 en el día de su cumpleaños. Ella fue amiga de las artes y una más que buena ejecutante de arpa. Como lo escuchábamos atentamente y sin interrumpirlo, el hombre nos preguntó varias veces si no nos aburríamos. En realidad estábamos muy felices y se lo hicimos saber. -¡Yo soy taquillero jubilado del Teatro de la Zarzuela!, nos dijo con orgullo, y hoy dan Pan y toros; los invito, tengo pases libres para mí y los míos los miércoles, y ustedes tienen catorce horas de avión. Pueden dormir entonces. No se van a ir de Madrid sin ver y oír una zarzuela. ¿Vale?… Sí, contestamos al unísono; pero nosotros te invitamos luego a cenar, ¿de acuerdo?… Acariciamos al perro y nos despedimos de su amo hasta las veintiuna en la puerta del Teatro. Estábamos eufóricos. Nos habíamos olvidado de la Zarzuela, pero la Zarzuela no se había olvidado de nosotros.

De pronto, se habían esfumado el cansancio y la melancolía.

 

Estatua del Rey Felipe IV en la Plaza de Oriente de Madrid

 

Alberto Ernesto Feldman nació en Buenos Aires, en 1941, y abandonó estudios de medicina cuando cursaba cuarto año y a partir de allí se desempeñó como chofer en el transporte de pasajeros y de carga. En el año 2006, al jubilarse, tomó clases de clarinete y por sugerencia de su esposa y de su hija, quizás cansadas de escucharlo, se anotó en un taller literario municipal, lo que a los 65 años le abrió las puertas del quehacer literario. Escribe cuentos cortos y relatos, algunos de ellos han sido premiados o mencionados en la Capital y en las provincias de Buenos Aires, Jujuy, Mendoza, Misiones, Chaco y Santa Fe. Intervino en las antologías El diálogo nos amontona de Editorial Dunken, y en la editada por el Centro Vasco Francés , ambas en Buenos Aires; Cada loco con su temaGula, e Ira editadas en México por el Grupo Editorial BENMA, y en España, participó en Escenarios editada por la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 2013, y en las antologías Facer Españas editadas en 2014 y 2016 por la Editorial Orola, de Madrid. A comienzos de 2013, ha editado por primera vez en forma individual, un volumen de cuentos y relatos titulado Castillos reales, castillos mentales; a principios de 2014 su segundo trabajo: Tango final en Saavedra y otros 36 cuentos y relatos, en febrero de 2015 su tercer volumen, Un caballito en el rincón y otros 33 cuentos y relatos. A fines de ese mismo año, su cuarta obra, Miss Alice al mediodía, 28 cuentos, relatos + un poquito de teatro. La obra, Tomando café frente al Obelisco y otros 32 cuentos y relatos, en tanto, su quinto volumen, fue editado en agosto de 2016.

 

Imagen destacada: Vista de la Calle de Bailén desde el Palacio Real de Madrid.

Salir de la versión móvil