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«De cómo en ‘tiempos mejores’ se jodió el clima»: Chile con el agua hasta el cuello

El estallido social iniciado el 18 de octubre de 2019 no se trataba de un terremoto, tan frecuente en nuestro país, sino de la acumulación de una devastadora energía, que desde hacía 46 años, en silencio se incubaba. Esta furia, alguien dijo que emergía desde las vísceras del pueblo engañado y se desataba de golpe, como si se hubiese producido un tsunami.

Por Walter Garib

Publicado el 6.1.2020

Cada mañana en La Moneda, el encargado de anunciar el tiempo, realiza sus pronósticos. Desde marzo de 2018, se encuentra a cargo del Instituto de Meteorología. Consulta termómetros, pluviómetros, globos sonda y elabora sus profecías. Si usted desea conocer el clima actual, debe esperar el estado del tiempo, emitido a diario por el instituto. Según sea el informe, se compra un sombrero de paja, bronceador, anteojos para el sol, un paraguas o deja de usar camiseta y calzoncillos largos. Si se trata de las chiquillas, se ponen blusas escotadas, pantalones ajustados para exhibir las sinuosidades ocultas en el crudo invierno, o si hace frío, se colocan calcetas y chombas de lana.

La semana pasada, nuestro pronosticador, que en la intimidad utiliza talismanes, una lechuza que se para en su hombro derecho y la escoba volante, cuando sale en las noches a visitar a la feligresía, realizó un inesperado vaticinio. Como a esa hora el clima era estable y hacía calor, anunció: “Lo peor de esta crisis ya pasó y ahora, toca aprender las lecciones para construir un país mejor entre todos”. El estallido social del 18 de octubre, lo sorprendió acostado en una hamaca, barriga al sol, en su oasis particular, mientras leía A la búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust, y se solazaba disfrutando la prosa algo compleja del escritor francés. Alguien interrumpió el deleite mundano de su actividad y le susurró al oído: “Señor pronosticador; una turba de revolucionarios, o bien pueden ser ateos, cuya identidad y procedencia ignoramos, ha destruido varias estaciones del Metro de la capital. Lo ha reducido a centímetros en dispersión geométrica y no sabemos, cómo juntar las partículas”.

Perturbado el meteorólogo oficial del Reino, mientras disfrutaba de la novela y bebía un jerez que le envía el embajador de Chile en España —que más bien oficia de escribidor— se acordó de la oportunidad cuando fue a ver el eclipse de sol a La Serena. Una mañana se desplazó a esa región de ensueño, mientras el clima era estable. En aquella ocasión, lo acompañaba su palafrenero, ahora viviendo un prolongado ostracismo, nadie sabe dónde, y un séquito de orejeros de ambos sexos, dedicados a adular su gestión de vidente meteorólogo. Aunque algunos de ellos sospechaban que los “tiempos mejores” se desvanecían en el aire y vendrían tiempos cargados de nubarrones, estallidos, cataclismos y acechanzas, nadie se atrevió a advertirle sobre la adversidad. Contradecir al Meteorólogo Oficial, parecía una demostración de insostenible insolencia. Quizá, estos asesores de pacotilla, imaginaban desastres en un país donde el amor se manifiesta a cada instante en su poesía bucólica, en el canto de las aves al amanecer y en la alegría de su juventud. ¿Acaso le mentían al pronosticador? El clima empeoraba y las tormentas de lluvia y vientos huracanados, trombas marinas, recorrían el litoral como jamás se había visto en los últimos 100 años.

¿Dónde habían quedado los estudios de quien oficia como pronosticador de “Tiempos Mejores”, realizados en universidades extranjeras? Ahí, se rumorea, aprendió el arte del embaucamiento. Se ahondaba el misterio sobre el tema y los conocedores del caso, nada sabían de su nueva actividad. El pronosticador del tiempo se había equivocado en sus profecías librescas, desprovistas de rigor científico. La gente, confiada en la destreza exhibida en las especulaciones que había realizado en la conducción de un imperio financiero, miraba consternada cómo la furia del clima devastaba al país. Ni los tifones de China, ni los huracanes de El Caribe, menos aún los incendios forestales de Australia o Brasil, habían ocasionado tantas desgracias. No se trataba de un terremoto, tan frecuente en nuestro país, sino de la acumulación de una devastadora energía, que desde hacía 46 años, en silencio se incubaba. Esta furia, alguien dijo que emergía desde las vísceras del pueblo engañado y se desataba de golpe, como si se hubiese producido un tsunami.

De súbito, el clima había cambiado. Como era de esperar, a las personas que trabajan en la Oficina de Meteorología de La Moneda, los pilló en cueros y quienes a esa hora se bañaban en la sauna del segundo piso, huyeron despavoridos. Ni hablar de los torpes funcionarios de la inteligencia, que preguntaban si se había adelantado la noche de brujas o el “halloween”, al observar el escándalo. ¿A dónde habían ido a parar los “tiempos mejores”? Nadie lo sabe, pues nadie lo entiende. Mientras tanto, el pronosticador del tiempo, con un raquítico apoyo del 11% de la ciudadanía —emperifollado en la peluquería de La Moneda— abrumado de dudas, piensa en estas vacaciones, viajar a las termas de Cachantún. Desea bañarse en las milagrosas aguas, para curarse de la seguidilla de desvaríos, engaños y chapucerías, al vaticinar “tiempos mejores” al buen tuntún, mientras el agua le llega al cuello.

 

Walter Garib Chomalí (Requínoa, 1933) es un periodista y escritor chileno que entre otros galardones obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago en 1989 por su novela De cómo fue el destierro de Lázaro Carvajal.

 

Walter Garib Chomalí

 

 

Crédito de la imagen destacada: Desconocido.

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