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«El bus»: La ausencia y la voluntad de Dios

La obra consta de una gran puesta en escena (aunque con demasiado decorado) y de una excelente interpretación del elenco. Jaime Omeñaca actúa con una particular fuerza. Su vozarrón y sus explosivos movimientos ejercen la violencia sobre el otro cuerpo que se azota contra el piso, hasta graficar la destrucción de uno de sus miembros por una acción paralela. Tahina Johnson, por su parte, angustia al espectador con el desgarro atormentado de su personaje, mientras el borracho que dibuja Carlos Ugarte es sencillamente genial: el problema es la desconexión dramática que se percibe entre el conjunto.

Por Faiz Mashini Parada

Publicada el 18.5.2017

Una historia sobre una manera de ver la revelación de lo divino y el mandato sobre lo humano. Lo inexplicable se presenta a una mujer, y por lo mismo, es incomprendida por la maquinaria de la vida mundana y estructurada por estos peones que cumplen un rol en lo social.

Como expone Sören Kierkegaard, cuando sugiere en su libro, Temor y temblor, la figura del “caballero de la fe” para referirse a Abraham, muy contrario al “héroe trágico” de los griegos, este caballero de la fe está solo e incomprendido cuando Dios le demanda el asesinato de su primogénito, y como nadie lo entendería nunca, debe silenciar su verdad para no ser castigado, y solo él concibe lo que Dios le impuso. La angustia de Abraham con el cuchillo alzado antes de que el ángel lo detenga es suya y no tiene consuelo, a diferencia del Agamenón que al matar a su hija Ifigenia, es comprendido por sus hombres porque la ley lo avala.

Es así como esta joven, recibe un mandato simple por un Ángel: el de viajar a Polonia a celebrar una fiesta religiosa. Tan simple y, al parecer, al alcance de la mano. Pero la promesa no se cumple. Acontece el error, o la casualidad, y se equivoca de bus. La violencia que se desprende de ello es brutal. El chofer del bus la toma por una polizona aunque el error es evidente y se propone ser lo más bestial y castigador que pueda con ella, como si saciara un hambre de sadismo. Sucesivamente, se presenta la dinámica del poder entre unos y otros personajes, la falta de cordura frente al dolor y la desesperación como algo ajenos, la indolencia, la indiferencia.

A ratos, esta mirada fría de los ojos de los otros personajes, nos recuerda a El inquilino (1976) o a El bebé de Rosemary de Roman Polansky. Una atmósfera turbia y demoníaca domina el reino de lo humano, y entramos a suponer que este mensaje del Ángel no era más que una mala pasada de un demonio que quiere poner a prueba a la mujer… o peor aún, del mismo Dios. Y así es como Dios está ausente, pero ejerce su voluntad, y vemos los resultados de su mensaje.

La obra consta de una gran puesta en escena y de una excelente interpretación del elenco. Jaime Omeñaca actúa con una particular fuerza. Su vozarrón y sus explosivos movimientos ejercen la violencia sobre el otro cuerpo que se azota contra el piso, hasta que grafican la destrucción de uno de sus miembros por una acción paralela. Tahina Johnson angustia al espectador con el desgarro con que se debate su personaje, mientras el borracho que dibuja Carlos Ugarte es sencillamente genial.

El problema es la desconexión dramática en la obra. Algo no calza en la relación entre personajes, cada uno por su cuenta, y a su vez, la evolución de cada rol en el relato lineal. Ninguna relación es plausible, todos son por su lado, personajes distintos, pero al mismo tiempo el chofer tiene un vuelco de un momento a otro, pasa de una violencia digna de La naranja mecánica al arrepentimiento de inmediato. Si Anthony Burgess plantea el vuelco como la reformación del sujeto, permitiéndole una salvación real incluso después del condicionamiento operante, no nos es sorpresiva la transformación, ya que el “por qué” se comprueba como un evento cúllmine y es indiscutible y evidente, y no es un “porque sí”, de la misma manera en que toda la novela Los miserables, de Víctor Hugo, se muestra vuelco tras vuelco de los diferentes individuos, desde cómo se humaniza Jean Valjean, las razones del suicidio de Javert o como Marius pasa de napoleónico a realista y a republicano, modificando sus posiciones políticas de acuerdo a los afectos sobre sus figuras paternas, maternas y de su abuelo. En este caso, el personaje cambia prácticamente porque sí, impidiendo al espectador acompañarlo.

Claro que la mujer le lee la Biblia, como si esto fuera suficiente para que cambie. Al Raskólnikov de Crimen y castigo también le leyeron la Biblia, y también una mujer. Pero no cambió porque sí. Toda la trama de la novela lo tortura interiormente hasta que cambia por el peso de su propia conciencia carcomiéndolo, y la Biblia es la verdad de un resultado opuesto. ¿Dónde están los tonos intermedios, dónde están las transiciones?

Sin embargo, una imagen es admirable. Una imagen roja, del hombre atravesado por un fierro, iluminada desde la izquierda con una humareda anunciando la fatalidad, casi como una imagen de película de Kurosawa con esos seres desquiciados al borde de una muerte en que aún demuestran la fortaleza y vitalidad que prontamente dejará de ser.

Lo que se extraña, es ver a Juan Pablo Miranda en un trabajo de mayor preponderancia, tanto como de Tichi Lobos y de Macarena Silva por sus excelentes actuaciones en personajes que no les permiten mucho, ya que es muy poco lo que el guión pudiese entregarles. Así como la distribución de los roles podría omitir personajes, o personajes repartidos en menos actores, se podría omitir escenografía. Demasiados recursos que simplemente decoran, también, pero que no “significan”. El techo con sus paneles de luces funciona muy bien en lo técnico y estético, pero ¿qué relación tiene con la trama? Tal vez solo embellecer. Los sillones son hermosos, pero, ¿son los sillones de un bus, de un paradero, o solo son de un diseño contemporáneo envidiable? El estanque de gasolina está muy bien elaborado pero se presenta literal.

La trama es compleja, el significado es profundo, la actuación es fantástica, pero sería interesante ver menos decorado para que resalte más la esencia.

 

El actor Jaime Omeñaca actúa con una particular fuerza dramática en este montaje: su vozarrón y sus explosivos movimientos ejercen violencia y destrucciones gráficas y creíbles

 

 

Ficha técnica:

Dramaturgia: Lukas Bärfuss
Dirección: Luis Ureta
Elenco: Tichi Lobos, Macarena Silva, Tahina Johnson, Jaime Omeñaca, Carlos Ugarte y Juan Pablo Miranda
Música: Taller Música Contemporánea (Dirige Pablo Aranda)
Diseño integral: Laurene Lemaitre
Realización escenográfica: Amorescenico
Diseño gráfico: Eduardo Cerón
Traducción: Pola Iriarte
Producción: David Meneses
Temporada desde el día 4 de mayo hasta el 3 de junio de 2018
Horario: Viernes y sábado, a las 21:00 horas, domingos a las 19:00 horas

Sala: Teatro Universidad Finis Terrae

Dirección: Avenida Pocuro Nº 1935, comuna de Providencia, Santiago (también se puede ingresar por la Avenida Pedro de Valdivia Nº 1509, Providencia), teléfono: (+56 2) 2420 7444.

 

 

Crédito de las fotografías utilizadas: Rodrigo Arenas

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