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«El color de la granada», de Serguei Paradjanov: Una sinergia del inconsciente

En esta obra audiovisual —inspirada en la biografía del poeta armenio del siglo XVIII, Sayat Nova— el ejercicio cinematográfico de su realizador exhibe un movimiento perpetuo, al modo de pequeños dioramas y «teatritos», que conducen al espectador hasta el aprecio del detalle (como si éste observara un caleidoscopio de símbolos), y los cuales se despliegan al interior de las profundidades, en la mente de quien aprecia el filme.

Por Nicolás López-Pérez

Publicado el 30.4.2020

Spoiler. Esta película no quiere contar la historia de vida de un poeta. En lugar de eso, el realizador quiso recrear el mundo interno del poeta a través de los miedos de su alma, de sus pasiones y tormentos en extenso, utilizando el simbolismo y alegorías específicas de la tradición de trovadores armenios medievales. Fin del spoiler. Primer mensaje en la entrada de los segundos inaugurales. El color de las granadas. Sayat Nova (1712-1795), “Maestro de los Cantares”, fue un poeta de origen armenio que vivió en el siglo XVIII.

Serguei Paradjanov tras casi tres lustros de trabajo cinematográfico se desmarca del realismo soviético como motor creativo y entra en una vorágine, en un gran viaje cuyas ciudades más deslumbrantes son filmes como Los corceles de fuego (1964) y El color de la granada (1969).

En el primero, el director de origen georgiano, ut poesis pictura. Como es la poesía es la pintura. O como es el cine es la poesía y la pintura. Un retorno al poema-manifiesto (1922) de Vladimir Mayakovski publicado en la revista Kino-Fot. Algunas luces, en desorden: “El cine es casi una concepción del mundo; es la expresión del movimiento; es el innovador de la literatura; es el gran difusor de las ideas; está enfermo, los hábiles empresarios lo llevan de la mano por las calles”. Entre el texto del poeta y la primera de las películas referidas, más de cuatro décadas. Y mucho es lo que pasa en el desarrollo del cine.

Los corceles de fuego tiene una fotografía que desarma la pequeña cajita donde se refugian los colores frente a una gran pantalla. Ropajes coloridos, reconocibles de la cultura hutsul, escenas y paisajes, diferentes tomas (hasta travellings aéreos), caracterizan una obra que implota ante la libertad que arrojan sus detalles. En El color de la granada, el ejercicio cinematográfico va mostrando un movimiento perpetuo, como pequeños dioramas y teatritos, a veces pueden verse como los planos se leen como un collage de tableau vivant en aras a conducir al espectador hasta el detalle. Se concentra a quien está fuera de la película como si estuviera mirando un caleidoscopio de símbolos que se despliegan abriéndose al interior de las profundidades de la mente del espectador.

Tomemos el spoiler, El color de la granada no es un biopic. Paradjanov lo deja claro antes de una vuelta completa del segundero del reloj. Aunque podría serlo. Como filme biográfico funcionaría bien, pero su mayor esplendor queda en lo que es la película: una sinergia del inconsciente. Como filme biográfico es una gran proyección de la mente del poeta de origen armenio.

En la interpretación de varios papeles en el filme, la actriz georgiana Sofiko Chiaureli fluye en las imágenes febriles que a veces se ralentizan y otras veces van a la criogenia y cuya reanudación es un vector que tiene un reverso en algún adjetivo situado. Por ejemplo, si decimos lo horroroso, lo inusitado, lo temible, lo feliz. Y el relato se construye en las estaciones de la vida de la mente del poeta. “Soy ése cuya vida y alma son tormentos”, se abre al interior de la película.

Paradjanov conserva versos de la trova y la obra de Sayat Nova, metiendo y sacando al espectador de la confusión que desembocan los registros de lo psíquico. A través de las palabras del poeta, el director anuda la historia de la intimidad del inconsciente. Las estaciones de la vida son separadas con claridad. En la semiósfera que logra, saca desde el cuerpo de la obra poética no un mundo, sino una visión de él, que comienza a empeorarse, a ennegrecerse y a encerrarse a partir de símbolos transcaucásicos y la herencia del universo persa que deslinda sus propias fronteras hasta donde el desierto se pierde con la nieve.

Paradjanov hace énfasis en la iluminación de las miniaturas como el realce de eso que antes señalé como registros de lo psíquico. Lo real, lo imaginario, lo simbólico como cruces de lo que se puede deducir a través de operaciones intelectuales posibles por el cine. El color de la granada es un país de imágenes y símbolos densamente poblado.

Tal vez excede la obra de Sayat Nova, la lleva a otra luz, se la roba al caos que la pierde en un idioma poco accesible para la mayoría y la organiza en un cosmos nuevo, en un idioma que cualquiera podría entender. La excede, sí, para mezclarla en su propio crisol cultural y cartográfico que se nutre de lo ruso, lo azerí, lo armenio y lo georgiano.

La poesía es algo que nos puede alucinar y hacer delirar, no importa si hemos nacido en la antigua Sumeria, en Yemen, en una metrópolis, al interior de una comunidad amazónica o en medio de la nada donde lo cibernético está ausente y el analfabetismo asecha. Está presente. No importa la lengua materna que cargues dentro de la boca y con la que tu voz se haga presente.

El lenguaje del cine, en el caso de El color de la granada, va más allá del idioma compartido. Es el universo simbólico que se descompone a partir de las formas y —lo que Paradjanov describió como— la dramaturgia del color. En razón de su cargado simbolismo, sumado a la abundancia de referencias espirituales y la cuota de erotismo, el órgano burocrático de la Unión Soviética censuró esta película en su oportunidad.

El trabajo de Paradjanov nos dice, a simple vista, que se puede filmar con los ojos, las palabras y el lenguaje del poeta. No es la primera vez que lo hace, en algunas de sus producciones anteriores, como Los corceles de fuego se ven reminiscencias escénicas a poemas de Lermontov y Pushkin. El color de la granada tiene su mérito en la mente, la que, por fortuna y contra toda esperanza, puede más.

En esta reconstrucción del inconsciente de Sayat Nova, desentrañando su propia biografía, sus miedos, sus alegrías, un lenguaje compartido como puede ser el que oscila en el origen de la poesía (histórico o individual) o en el origen de las sinestesias que ofrece una película, el lenguaje del inconsciente. Y entendamos ese concepto que nos suena a la vez familiar y a la vez extraño como la suma de un sujeto, de un sujeto que se ha vuelto lenguaje, lógica, razón y entendimiento, un sujeto que organiza su propio discurso a partir de lo que aprende, los actos fallidos, los sueños y las fuerzas en conflicto.

En El color de la granada, escuchar al temblor interno y desfragmentar el temor hasta ordenarlo en algo más que datos. Hay otro lugar donde el poeta puede seguir oculto. Su obra comienza a brillar desde acá. La mente va reescribiendo al poeta. Paradjanov se mete en un territorio e interviene las miradas y los gestos que ya no existen nunca más hasta dar un salto cuántico por una ventana.

“El mundo es una ventana”, como habla el título de una de las canciones más conocidas de Sayat Nova. Más allá de cualquier hermetismo posible, la película seduce reconfigurando una disposición poética del juego de adornos, de la polisemia del símbolo y de la trayectoria de un inconsciente cuya patria no eran sino sus miedos y ángeles de vida.

 

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Nicolás López-Pérez (Rancagua, 1990) es poeta y abogado de la Universidad de Chile. Codirige la microeditorial & revista Litost, administra la mediateca de poesía “La comparecencia infinita” y sus últimas publicaciones son Coca-Cola Blues (Ciudad de México: Vuelva Pronto Ediciones, 2019) y Escombrario (Santiago: Contraeditorial Astronómica, 2019).

 

 

 

Tráiler:

 

 

Nicolás López-Pérez

 

 

Imagen destacada: Un fotograma de El color de la granada (1969), del realizador soviético de origen gerogiano y armenio, Sergei Parajanov.

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