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El Covid-19 sólo alargó la agonía del Chile moribundo de Evópoli

Se equivocan los líderes de la pequeña pero poderosa derecha neoliberal, si piensan que la pandemia es una salvación eterna para apaciguar los vientos de cambio institucional que demanda la comunidad nacional, pues apenas desaparezca su coronavirus, la plebe que se halla al aguaite, volverá a inundar las calles del imperio de la desigualdad, en pos de una liberación patriota y popular.

Por Walter Garib Chomalí

Publicado el 11.5.2020

No es un acto de frivolidad hablar de la muerte. Todos vamos camino hacia allá desde acá y nadie ha conseguido regresar. Se viaja sin pasaporte, credenciales ni recomendaciones, menos aún con títulos, pues no sirven de nada. A partir de octubre de 2019 sonaron en Chile los clarines de las protestas, y el país se apresuraba a asistir a un entierro real. ¿Qué había sucedido? Su Majestad imperial empezaba a ser cuestionado en su condición de monarca y debido al repudio de la plebe, empezaba delirar y a perder el apetito.

Los médicos del reino le aplicaban cataplasmas, ungüentos milagrosos, pócimas y lavativas de rigor, sangrías de por medio, sin embargo, su majestad seguía con sus alucinaciones y perdía peso. Decía ver doble y triple, lo cual es una estupenda noticia, si se trata de la fortuna personal. Durante las noches deliraba y a hurtadillas, concurría al salón imperial. En pijamas se ponía frente al espejo veneciano, a recitar el soliloquio de Segismundo de la Vida es sueño de Calderón de la Barca: “Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando…”.

Como la Casa Real vivía la peor turbulencia de años y surgía el temor que la demencia y muerte de su majestad, trajese anarquía al quedar acéfalo el reino de Chile, la casta real se urgía en buscar alianzas políticas. Llegaba la época del frenesí. Como suele suceder en días de turbulencia, encontró el apoyo de prohombres del medio pelo, borregos, trepadores por naturaleza, siempre dispuestos a servir, y que en otros tiempos apoyaron a príncipes y plebeyos, alejados de la monarquía.

A comienzos de este año, empeoraba la salud de su majestad, y la Corte Imperial decidía dar inicio a los preparativos de sus reales exequias. Se desempolvaban los pendones de luto, se acondicionaba la carroza fúnebre y se contrataba a las lloronas de Zapallar, cuyos lamentos de ficción, donde realizan votos de pobreza y castidad, hacen gemir hasta las rocas. Mientras tanto el pueblo, respetuoso de la muerte, quería regresar al sistema de república, aburrido de los excesos de una realeza, acostumbrada a abusar. Organizado desde hacía meses, copaba las amplias avenidas de las ciudades del reino y perdidos villorrios, exigiendo barrer con la monarquía, a la que acusaba de corrupta.

Llegaba marzo de este año y la defunción del monarca iba a ser anunciada de un momento a otro por el pregonero oficial del reino, mientras los esfuerzos de la medicina moderna se habían agotado. En esos días de incertidumbre y penuria, desde China, en un gesto de solidaridad internacional, le enviaban al Rey una pócima milagrosa. A regañadientes el monarca la probaba y al día siguiente, aparecían por arte de magia, los síntomas de su restablecimiento. Le devolvía el color de su ajado y surcado rostro y el brillo de sus embrujadores ojos. En tanto, se endulzaban sus marchitos labios y la cabellera de un blanco mustio, adquiría luminosidad.

Las plegarias de quienes siempre han creído en la milagrosa recuperación de su Majestad Imperial, habían sido escuchadas. La monarquía a punto de sucumbir y terminar en la cloaca de la historia, mostraba el vigor de jornadas pretéritas. La casta imperial respiraba feliz, después de haber empezado a preparar las maletas y baúles repletos de latrocinios, para emprender la huida.

Ahora su Majestad Imperial, de moribundo y candidato a viajar sin retorno, ha vuelto a ponerse en la cabeza, la coronavirus real. Con el cetro en la mano izquierda, se hace retratar por los pintores del reino. Se le ve exultante, risueño y las devastadoras consecuencias de su casi mortal enfermedad, ni siquiera le han dejado la huella de una espinilla juvenil. Duques, condes, príncipes y la infaltable camarilla de aduladores, se le aproximan a la oreja a pedir favores. El monarca, ataviado de generosidad, reparte prebendas, títulos nobiliarios y asegura que su reinado divino, se extenderá por los siglos de los siglos.

Se equivoca su Majestad. Apenas desaparezca su coronavirus, la plebe que se halla al aguaite, volverá a inundar las calles del Imperio.

 

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Walter Garib Chomalí (Requínoa, 1933) es un periodista y escritor chileno que entre otros galardones ha obtenido el Premio Municipal de Literatura de Santiago en 1989 por su novela De cómo fue el destierro de Lázaro Carvajal, y el premio de novela Nicómedes Guzmán en 1971.

 

Walter Garib Chomalí

 

 

Crédito de la imagen destacada: Agencia Uno.

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