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«El infiltrado del KKKlan», de Spike Lee: La absurda tragicomedia de los extremos

El interés del realizador norteamericano -quien es conocido por su militancia política-, es denunciar, con mucho humor, primeros planos y panorámicos, las raíces profundas del racismo y de la situación intolerable de los afrodescendientes en ciertas regiones de los Estados Unidos. Se exhibe en la sala de cine arte Normandie de la capital.

Por Cristián Garay Vera

Publicado el 24.9.2018

Es difícil resistirse al ritmo de esta película. Una cuidada fotografía y su potente banda musical apoyan esta historia, contada con mucho humor, de un agente encubierto afrodescendiente que logra ingresar mediante su voz (y un suplantador) al Klu Kluk Klan o KKK en un trabajo de tres años, y que aquí se resumen en un solo evento.

La trama, basada en las memorias del protagonista, ocurre en Colorado, donde un imaginativo oficial de policía, Ron Stallworth (John David Washington) se hace pasar por blanco, y antes por admirador de los oradores de los Panteras Negras, un grupo radical negro. Pero el interés de Spike Lee (Atlanta, 1957), y quien es conocido por su radicalismo político, es denunciar las raíces profundas del racismo y de la situación intolerable de los afrodescendientes en su país. A diferencia, sin embargo, de su anterior filmografía, el realizador abandona el tono grave y solemne, y arremete con mucho humor, primeros planos y panorámicos, y la banda musical, una situación en el cual un grupo de blancos, que no son los “Beverly Hills”, están en una cruzada no solo retórica contra los negros.

Mientras tanto nuestro protagonista consigue no solo entrar a la policía de Colorado, sino además ingresar a un grupo encubierto, aunque entregue su nombre real. Contacta telefónicamente a la delegación del KKK, planea superar la fase de discursos y de quemas de cruces a un atentado contra la coordinadora de los estudiantes de la universidad que sostiene la resistencia afroamericana. Todo ello en medio de una fase de modernización nacional presidida desde Lousiana por el Gran Mago del K., David Duke ((Topher Grace) quien desea plantar sus ideas y algún día tener un presidente afín.

Ron encuentra apoyo en una unidad que no opone mucha resistencia a sus iniciativas de investigación. Y un judío, Flip Zimmerman (Alan Driver), que empieza captar que el odio contra los negros también se extiende –y mucho- contra los judíos en nombre de los blancos. La escena inicial de un propagandista del Klan explicando sus puntos de vista es el preámbulo del relato. Como toda caricaturización, el panorama se presta para la confusión y la risa, ya que el argumento, por lo absurdo, cuesta creer que no fuera advertido por los dirigentes de la que se hacía llamar “la Organización”.

Con el apoyo de su compañero, que le presta la fisonomía adecuada, el agente se infiltra hasta lograr encontrar la madeja de dos actos: una quema de cruces y un ataque explosivo. Quizás en esta búsqueda, la parte mejor lograda no es la de los negros, que se desplazan en un universo moral intachable y sin fisuras (la activista, el orador, el oficial y el anciano que diserta), sino en las vidas mínimas y fallidas de un grupo de blancos, en mujeres sumisas (notable el rol de Patrice, por la actriz Laura Harrier), y en la descripción dramática y audiovisual de hombres con baja inteligencia los más y visiones más prospectivas los menos, es decir los jefes. Así, oscilamos entre la tontería de un grupo de blancos, y la infinita y malvada inteligencia de sus dirigentes.

Es este último plano donde la filmografía de Lee se vuelve quizás más unilateral a pesar de la extraordinaria narración. Es decir, cuando su retrato de la “guerra” de los blancos no solo contamina su forma de ver a los negros, sino cuando trata retrospectivamente de ligar a KKK con Donald Trump y con acontecimientos políticos y sociales recientes. Una y otra vez se habla de hacer grande a América, lema del presidente de Estados Unidos, que era absurdo en ese momento, quizás –paradojalmente- el más intenso y pleno del país del norte, cuando era el súper poder mundial y no arrastraba decadencia alguna. El potente remate del largometraje abandona el tono cómico, para entrar en la denuncia y en la tragedia de un país que acepta ahora, según Lee, los postulados de David Duke y del KKK. Ciertamente estos retratos retrospectivos son tan interesados y unilaterales como la posición política del cineasta, pero ello no impide ver esta película con detención, con una fotografía muy acorde y que, en este filme, ha logrado sacar ese tono grave de sus trabajos anteriores, para reír también de la naturaleza humana. Esté en la piel y en el color de cualquiera (no como él cree solo en la de los blancos). Una gran obra audiovisual, controversial igualmente, como es la vocación de su director.

 

El infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman, 2018). Dirección: Spike Lee. Guion: Spyke Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz y Charlie Watchtel (libro). Fotografía: Chayse Irvin. Música: Terence Blanchard.  Elenco: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier,  Ryan Eggold, Corey Hawkings, Robert J. Burke, Harry Belafonte, Paul W.Hause, Craig M. Grant, Ken Garito, Chris Banks, Tom Statford, Jasper Paakkonen y Ashlie Atkinson. Duración: 126 minutos.

 

Cristián Garay Vera es el director del magíster en Política Exterior que imparte el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios de la cual además es profesor titular.

 

Los actores Adam Driver y John David Washington en «El infiltrado del KKKlan» (2018), de Spike Lee

 

 

 

 

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