Todos los versos de este libro debido a la autora española se encuentran atravesados por ese hilo de Ariadna que vinculan el fenómeno poético con la experiencia del lector, al guiarnos por esos pasillos a punta de asombros y de puentes colgantes, mientras sus figuras literarias revelan la belleza y el misterio que puebla a nuestro mundo.
Por Alfonso Matus Santa Cruz
Publicado el 11.3.2026
«La poesía es un centauro. La facultad pensante que ordena y esclarece las palabras debe moverse y saltar junto a las facultades energéticas, sensibles y musicales».
Esta definición del fenómeno poético es una de las tantas que esbozó Ezra Pound en sus ensayos de crítica literaria. Una bestia mítica en un laberinto, y el hilo de Ariadna que se prolonga invisible por los pasillos que llegan a ese centro imposible. El misterio es el centro y la trama la arquitectura. La poesía es música y tejido, el mar palpitando en una caracola y el diseño irrepetible en los pétalos de un tulipán.
De esas tramas microscópicas con música de semillas nómadas en el viento, sobre un bosque en busca de nombres; de las lenguas del viento y los mapas de navegación polinésicos ilegibles para todos menos para el autor que talló la madera; de esos pequeños asombros y enlaces de sentido que atraviesan mares y desiertos, tiempos y culturas, están hechos los poemas que reúne la poeta gallega Alba Cid (1989) en su maravilloso Atlas, escrito originalmente en gallego y traducido por la misma autora al castellano para su edición en La Bella Varsovia de Anagrama.
Tras la primera lectura el retorno al punto de inicio es inevitable. Y las coordenadas se abren refundadas ante nosotros: las invocaciones que inauguran el poemario presentan las reglas del juego; no en vano la misma página reúne a Anne Carson y Marianne Moore (ellas las primeras, las guías), a Sei Shonagon y Paul Klee, a los animales extintos y las bibliotecas, entre otras pistas del ritual en el que nos adentramos. ¿Y cuál es ese territorio que nos recibe en la blancura del mapa?
Son distintos ciclos poéticos, uno por cada continente, es el mundo sostenido en los hombros del titán Atlas; son mapas como arabescos semánticos con la historia de las palabras y el vértigo de las etimologías; una caja musical con resonancias y hallazgos repentinos gracias al exilio de Safo o la pesca con cormoranes en un lago japonés.
Hay reflexión, hay contacto, metáfora y misterio
Contrario a lo que se puede pensar el libro es más arrullo que enciclopedia, más jardín japonés que bosque templado. Los ciclos constan de un par de poemas, algunos incluso de uno solo, lo relevante no es la extensión, sino la condensación de sentidos y tramas conjugadas.
En la arquitectura verbal convergen la curiosidad antropológica, biológica y etimológica. La poesía y el arte también alumbran los poemas, con referencias a Gertrude Stein, Ashbery, Tennyson o Carson, entre otros.
Cada poema es un fresco en miniatura o un tríptico cuidadosamente articulado. Para ofrendar una idea de la artesanía poética con que trabaja Cid les comparto la estrofa final de su poema dedicado a las Venus atrapamosacas:
pero el tiempo es un palíndromo, cuerpo de juncos de pantano,
y cuando lo entendemos, solo queda derramar el lenguaje y describir
la manera lenta en que él abrazaba
sin saber
que el gesto era ya un sacrificio,
y que solo conseguimos abrazar así
a few times before we die.
Hay reflexión, hay contacto, metáfora y misterio, todo en un mismo tejido en que la claridad se roza con lo ilegible o con lo que no es dable desanudar y tabular con una regla interpretativa prefabricada.
Estas palabras provocan impresión y belleza, como la mayoría de los versos derramados en el resto del libro. Es una antología de asombros con la factura de una alfombra persa o de esos eximios talladores de madera asentados en Papúa Nueva Guinea, los asmat, que convoca en uno de sus poemas asiáticos.
Los artesanos, las peculiaridades florales, los mapas son algunos de los protagonistas recurrentes de estos poemas.
Son las palabras, aquí, como los humanos y objetos, animales y flores, las que migran y provocan una polinización cruzada entre tiempos y culturas. Como ocurre en el Lexikón, del poeta argentino Sergio Raimondi, las palabras articulan el mundo y le dan su forma, pero lo que en el libro del autor trasandino es avalancha conceptual e intelecto asociativo desatado, aquí es más contenido y sensible, muy a la manera de Marianne Moore, pero con un sello personalísimo.
Todos los poemas de Atlas están atravesados por ese hilo de Ariadna que vincula en centro imposible del fenómeno poético con la experiencia del lector, presentándonos la vertiginosa trama del laberinto y acompañándonos, guiándonos por sus pasillos a punta de asombros y puentes colgantes, revelando la belleza y el misterio que puebla nuestro mundo.
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Alfonso Matus Santa Cruz (1995) es un poeta y escritor autodidacta, que después de egresar de la Scuola Italiana Vittorio Montiglio de Santiago incursionó en las carreras de sociología y de filosofía en la Universidad de Chile, para luego viajar por el cono sur desempeñando diversos oficios, entre los cuales destacan el de garzón, el de barista y el de brigadista forestal.
Actualmente reside en la ciudad Puerto Varas, y acaba de publicar su primer poemario, titulado Tallar silencios (Notebook Poiesis, 2021). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.
«Atlas», de Alba Cid (La Bella Varsovia, 2024)
Alfonso Matus Santa Cruz
Imagen destacada: Alba Cid.

