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[Ensayo] Chile y El Olivo: El permanente lugar sin límites

El neoliberalismo como sistema que produce escombros humanos está bien dicho, pero las ruinas merecen nombres, decía Bolaño: los apellidos de los que recibieron las privatizaciones, los directorios que decidieron qué pueblo queda al costado de la carretera, los ministros que prometieron la electricidad con lágrimas genuinas y se fueron a sus fundos.

Por Mauro Salazar Jaque

Publicado el 27.3.2026

«El prostíbulo no es el afuera del cuerpo nacional: es su interior más propio, la carne que la nación viste de bandera para no reconocerse en ella».
Mauro Salazar Jaque

 

La oligarquía del laissez-faire: don Alejo sin disfraces

Santiago en su estructura más honda es esa capa donde la promesa y «la bastardía» se vuelven indistinguibles, no cabe en ninguno de sus registros.

La izquierda, si aún es nombrable, promete modificar el modelo (aunque cada vez menos) y el modelo sobrevive intacto; la derecha (muy nombrable) invoca el orden securitario y produce el desorden que esa invocación arrastra.

Ambas giran en «la gramática de lo reconocible» sin tocar lo que está debajo, sin nombrar lo que ninguna promesa electoral puede nombrar. Chile necesita «lo grottesco» como (corpus nacional) categoría de lectura, no como figura retórica, sino como diagnóstico estructural.

La decisión política de no electrificar el pueblo donosiano no es un olvido ni una torpeza burocrática; es la forma más sofisticada de gobierno: el abandono administrado, la indiferencia que se ejerce sin violencia visible porque la violencia ya está inscrita en la arquitectura del territorio.

Hoy esa arquitectura se llama línea de metro que se detiene donde termina la rentabilidad, y que acumula, en sus andenes más profundos, una cadena silenciosa de cuerpos que eligieron el riel como último acto de soberanía sobre una vida que el modelo nunca les reconoció del todo. También implica una arqueología de la desigualdad, muy anterior al Informe del PNUD (1998).

Lo que el cuerpo travestido (Donoso, 1966) porta no es una identidad, sino el desecho que la modernización produce y necesita ocultar para seguir llamándose «progreso». Ahí, en ese fundo electrificado a medias, en ese pueblo que el tren atraviesa sin detenerse porque el capital ya decidió su ruta, aparece una escritura que no denuncia: recoge.

Recoge lo que el modelo arroja: la Manuela, la Japonesita, el prostíbulo como ruina de una promesa de desarrollo que nunca fue para todos. Las modernizaciones, esa palabra que los tecnócratas pronuncian con la boca limpia, no llegan al margen; llegan sobre el margen, aplastándolo con infraestructuras que sirven al fundo, con electricidad que ilumina la hacienda y deja el burdel en penumbra.

Pero hay algo más: la decadencia que esa escritura exhibe sin pudor no es declive, es evolución. Una evolución que desmitifica la democracia gloriosa, esa que se narra a sí misma con banderas y discursos de plaza pública, y revela que su esplendor siempre descansó sobre cuerpos aplastados, sobre pactos de silencio entre el hacendado y el diputado, entre la ley y el prostíbulo.

Lo que se pudre en ese margen no es el fracaso del sistema: es su verdad más íntima. La Estación El Olivo, el burdel de El lugar sin límites (1966), es esa verdad. No una alegoría, pues la alegoría supone distancia decorativa entre la figura y lo representado, sino una imagen que contiene, en la devastación de un prostíbulo de pueblo, la lógica completa de una sociedad organizada alrededor de «la espera administrada».

El pueblo queda al costado de la carretera Panamericana, no en la distancia sino en «el olvido geográfico» que don Alejo administra desde el fundo como si el olvido fuera, también, propiedad suya. Hay una estación de trenes que ya no detiene trenes. Hay viñas que pertenecen a alguien que no vive ahí. Hay un burdel donde ocurre la única vida que el pueblo reconoce como vida, aunque no la nombre así.

Y hay hojas secas, siempre hojas secas, cayendo sobre todo lo anterior, sobre las veredas, los umbrales, las caras, como «una sintaxis sin verbo»: pura acumulación, puro otoño, puro Chile.

El burdel de El lugar sin límites, leído como este ensayo propone, es el espacio inaugural de esa instrumentalización: el prostíbulo que precede al supermercado, la Manuela que prefigura a la joven de Fuerzas especiales (2015) de Diamela Eltit que se prostituye en un ciber café sitiado por la policía.

Así, entre un espacio y otro no hay ruptura histórica sino continuidad estructural: el mismo cuerpo ofrecido al mismo orden, la misma transacción donde la dignidad y la mercancía coexisten sin resolverse.

Lo que cambió no es la estructura sino el soporte: del burdel rural al supermercado urbano, de las viñas de don Alejo al retail de los grupos económicos, del pueblo sin electricidad al barrio sitiado con conexión a internet. La modernización desplazó la escena sin transformar su lógica: la modernizó para que esa lógica permaneciera más eficientemente invisible.

Y el nombre del pueblo dice, antes que cualquier otra cosa, lo que el pueblo es: un olivo (sin líbido). No el fruto ni el aceite, sino el árbol mismo en su existencia botánica anterior a toda utilidad. El olivo es el que más profundamente guarda silencio: no cruje como el álamo, no susurra como el sauce. Su copa densa y sus hojas duras son contención acústica, resistencia a participar en el intercambio sonoro que el paisaje ofrece a los demás vegetales.

La posibilidad del sonido existe, el viento y las hojas existen y su fricción es física, pero el árbol la administra sin emitirla, la retiene como el fundo retiene lo que podría ser de todos y lo convierte en propiedad privada. Es «botánica sometida»: no la naturaleza que desborda el orden sino la que ese orden ha disciplinado hasta volverla muda.

El olivo y la Manuela son, en ese sentido, la misma figura: ambos retienen en el cuerpo lo que el orden prohíbe que circule, ambos guardan en su forma lo que la función ha clausurado. No han perdido la capacidad de resonar. Han perdido el permiso de hacerlo.

Don Alejo no es simplemente el patrón de fundo: es la figura más exacta de lo que hoy opera en Chile bajo el eufemismo de «sector privado con vocación pública».

La oligarquía del laissez-faire («La familia») no se presenta como clase sino como mérito, como emprendimiento, como resultado natural de quienes supieron aprovechar las condiciones del mercado. Su rasgo definitorio no es la acumulación en sí misma sino la insistencia en que esa acumulación no requiere justificación: el mercado la ha validado y el mercado no se equivoca.

Don Alejo promete la electricidad con lágrimas en los ojos; la oligarquía chilena promete empleos, crecimiento, «derrame». Ambos saben que no cumplirán. Ambos administran esa necesidad de la promesa como si fuera, también, una propiedad suya.

 

El capitalismo de yernos: la herencia que se llama meritocracia

Hay una operación que la crítica ha nombrado de maneras distintas: «travestismo», «inversión», «devenir», «performatividad», «abyección». Pero se deja describir más exactamente como operación grotesca, la coexistencia en un solo cuerpo de lo que el orden simbólico ha separado como incompatible.

Manuel González Astica no reconoce su paternidad y pide que le digan «la Manuela». Este gesto excede la identidad de género: es el padre que niega ser padre, que borra la continuidad entre el nombre propio y la función social que ese nombre supone.

Chile ha hecho ese mismo gesto, repetidamente, a escala de país. Ha negado la paternidad de lo que ha engendrado y ha pedido que le digan de otra manera: «país emergente», «economía estable», «modelo de la región». Ha puesto ese maquillaje sobre el cuerpo del burdel.

Lo que en otras latitudes se describe como herencia, aquí se narra como talento confirmado por el mercado. El capitalismo de yernos, esa forma de acumulación donde el apellido, el colegio y el suegro con contactos en el regulador determinan el acceso a contratos y licitaciones, no es una distorsión del «mérito» sino su versión local más honesta: el mérito, en Chile, siempre fue la historia que el privilegio se contó a sí mismo para no tener que llamarse privilegio.

En efecto, las privatizaciones de la década de 1980 no las ganaron los más capaces sino los mejor conectados. Los fondos de pensiones no los administran los más eficientes sino los que tenían el capital inicial para constituirlos, capital cuya genealogía remite, casi siempre, al fundo, al tío en el gabinete, a la educación que cierra puertas para los de afuera mientras las abre para los de adentro.

La Manuela niega la paternidad; el capitalismo de yernos niega el origen. Lo que se niega no desaparece: se vuelve el secreto que organiza todo lo demás.

 

Los mitos de la modernización: la electricidad que nunca llega del todo

La electricidad, en El Olivo como en Chile, nunca llega del todo. Y cuando llega, es para algunos y deja exactamente igual lo que estaba antes —lo que, bien mirado, no es un fracaso del sistema sino su funcionamiento más preciso, su forma más honesta de cumplir lo que en verdad prometió.

Así, la modernización chilena, desde la industrialización de mediados del siglo XX hasta la apertura comercial de los 80 y desde la transición democrática de los 90 hasta la digitalización de los 2000, fue siempre una promesa que se cumplía parcialmente para poder seguir siendo prometida: una electricidad que iluminaba ciertos cuartos para que la oscuridad de los otros fuera más visible y más administrable.

El Olivo no es el Chile que no se modernizó: es el Chile que la modernización produjo como su condición de posibilidad, el reverso necesario sin el cual la promesa del progreso no tendría sentido ni destinatario.

Con todo, el estallido de octubre de 2019 fue el momento en que El Olivo irrumpió en Santiago (aunque su urbanización ya había ocurrido): los cuerpos que el mito necesitaba como «fondo» del progreso dejaron de comportarse como fondo y exigieron ser figura.

Y no fueron los cuerpos que el progresismo esperaba —no eran los sujetos ordenados de la demanda dócil, sino los cuerpos del eriazo, los de la noche y el maquillaje corrido y la rabia sin protocolo, los que la «transición» había aprendido a administrar manteniéndolos fuera del encuadre—.

La respuesta del sistema fue la que «don Alejo» siempre tiene disponible: primero los perros, luego la promesa renovada. «La electricidad llegará». Y Chile, con la misma obstinación estructural con que El Olivo persiste al costado de la carretera, votó por el orden conocido cuando la promesa del cambio mostró sus propias contradicciones.

Así, lo que la ciudad llama progreso es, en su reverso más honesto, la administración del cuerpo prostibulario bajo otra nomenclatura: no su supresión sino su traslado, no su redención sino su relocalización en superficies que la modernidad ha aprendido a llamar de otro modo —centro comercial, clínica privada, universidad con matrícula, aplicación de delivery— como si el cambio de nombre fuera ya el cambio de la cosa, como si bastara con no llamar burdel al burdel para que el burdel dejara de operar su lógica en cada transacción donde un cuerpo se ofrece y otro cuerpo paga y ambos llaman a eso libertad.

El Olivo no quedó al costado de la carretera cuando la carretera se convirtió en autopista con peaje: vino con ella, se instaló en el subsuelo de la ciudad nueva, habita bajo las torres de cristal con la misma obstinación con que el árbol que le da nombre retiene en sus raíces lo que la superficie ya no muestra.

La ciudad moderna no superó el prostíbulo: lo arquitecturizó. Lo distribuyó en pisos y contratos y cláusulas de servicios mínimos y plataformas que eufemizan la servidumbre llamándola «economía de la colaboración».

Y el cuerpo que trabajó en El Olivo —ese cuerpo que el orden necesitaba y destruía, que usaba y no nombraba, que consumía sin reconocer que consumía— es el mismo cuerpo que hoy reparte el pedido a las once de la noche en bicicleta sin contrato, el mismo que limpia el piso del edificio moderno antes de que lleguen quienes lo habitan y nunca lo verán.

La decadencia no retrocedió ante el progreso: aprendió su idioma. Se modernizó, que es la forma más eficiente de volverse invisible.

 

Marginalidades mediáticas: el eriazo que la pantalla no transmite

La modernización produjo también, en el corazón de la ciudad que se llamaba a sí misma moderna, sus propios eriazos: terrenos baldíos entre dos edificios o entre dos promesas, descampados donde el modelo exhibe sin retórica lo que administra con eufemismos en todos los demás lugares.

De esta manera, las marginalidades mediáticas no son simplemente las personas que los medios ignoran: son la forma en que los medios organizan la percepción de quién existe y quién no, de qué cuerpo merece duelo y cuál merece estadística, de qué conflicto es noticia y cuál es «ruido de fondo».

La concentración de la propiedad mediática, tres o cuatro conglomerados que controlan televisión, prensa y plataformas digitales, no es independiente de la concentración económica general: es su expresión más estratégica, el mecanismo por el cual el «oligopolio cognitivo» no solo posee el fundo sino también el relato del fundo.

En ese sistema, la Manuela no existe, o existe solo cuando amenaza el orden y se vuelve «problema de seguridad», argumento para más cámaras y más alambres.

La pobreza aparece en los medios como escándalo o como conmiseración, nunca como estructura, nunca como producto de las mismas decisiones que los mismos grupos que financian la publicidad tomaron en los mismos directorios donde se decide qué se imprime y qué no.

Con todo, las redes sociales han fracturado parcialmente ese monopolio del relato, pero la fractura fue colonizada con rapidez por las mismas lógicas: el algoritmo que premia el escándalo sobre el análisis, la plataforma que transforma la indignación en métrica y la métrica en negocio.

El eriazo digital es más ruidoso que el eriazo de cemento, pero no es más libre. Es, quizás, más grotesco: la denuncia y la mercancía coexistiendo en el mismo post, la marginalidad vuelta estética y la estética vuelta consumo.

 

No élites sino «gente con dinero»: la ausencia del noblesse oblige

Lo que Chile tiene en su cima no son élites en el sentido en que ese término funciona en las sociedades donde las clases dominantes desarrollaron, junto con su dominación, alguna forma de responsabilidad pública, aunque fuera hipócrita e instrumental.

En efecto, lo que Chile tiene en su cima es «gente con dinero»: una clase propietaria que acumuló en el período más corto y con el menor costo simbólico de la historia latinoamericana, que no pasó por la formación que en otros contextos obligó a las clases dominantes a aprender el lenguaje de la nación, del bien común, del «sacrificio patriótico».

La dictadura repartió los activos del Estado con la velocidad de quien sabe que la ventana es pequeña. Los que los recibieron no tuvieron que ganárselos ni construir ningún relato de vocación pública: los administraron con la mentalidad de quien tiene buena suerte y sabe que la buena suerte no dura si se la comparte.

Don Alejo es, en ese sentido, más élite que los grupos económicos chilenos actuales: tiene, al menos, la conciencia trágica del poder que ejerce, sabe que lo que posee tiene un costo humano y elige poseerlo de todas formas.

La «gente con dinero» que lo reemplazó en la estructura real del país actúa en nombre del mercado, que es el nombre que la irresponsabilidad ha encontrado para no tener que llamarse «irresponsabilidad».

El mercado decidió. La competencia lo requería. Las condiciones del entorno lo exigían. Y el pueblo sigue al costado de la carretera, esperando una electricidad que el mercado no tiene ningún incentivo en proveer.

 

El baile que no cambia nada y la escritura que insiste

«Lo grotesco no es lo feo»: es la irrupción de lo incongruente que revela que la congruencia era ya una construcción, un orden fabricado que el orden mismo había naturalizado.

Ambas promesas electorales recientes son expresiones de lo mismo: una sociedad que oscila entre dos versiones del mismo burdel, entre el prostíbulo que se avergüenza de serlo y el que se enorgullece, entre don Alejo que promete la carretera con lágrimas en los ojos y don Alejo que la promete con los puños sobre la mesa.

El que llegó primero enarbolando la dignidad fue incapaz de cumplir porque el modelo no estaba solo en las leyes sino en la subjetividad, en el tejido invisible de lo que los cuerpos aprendieron a desear durante décadas de educación neoliberal.

Así, el que llegó después llegó sin la retórica de los derechos y con la promesa del invierno ordenado: la honestidad de Pancho Vega, que destruye lo que desea porque destruirlo es la única manera de no tener que reconocer el deseo.

La Manuela sigue bailando. Porque el baile no es una respuesta política: es la única operación estética disponible en el lugar sin redención, la afirmación del cuerpo que el orden niega pero que insiste en existir.

En ese descentramiento, el prostíbulo es la figura exacta del Chile neoliberal: un espacio donde los cuerpos se ofrecen y se consumen, donde la dignidad y la transacción coexisten sin resolverse, donde la intimidad es mercancía y la mercancía finge ser intimidad.

La Manuela, en ese orden, no es una anomalía: es quien dice en voz alta lo que todos hacen en silencio. Por eso el pueblo necesita destruirla. No porque la Manuela sea diferente, sino porque la Manuela es demasiado parecida.

Hubo una escritura que nombró esos cuerpos con una prosa ella misma en el umbral, ni documento ni ficción, ni denuncia ni celebración, y que hizo con ellos lo único que la política en ninguna de sus versiones puede hacer: los volvió irreductibles.

Chile es, hasta nuevo aviso, un país de eriazos administrados. El polvo de El Olivo y el polvo del descampado son el mismo polvo. El árbol que da nombre al pueblo retiene el sonido que no emite. Y la carretera sigue pasando sin detenerse.

 

El árbol partido: promesa, máscara

El Olivo como figura no es un hallazgo nuevo. Donoso lo sabía, y lo sabía mejor que nadie porque lo vivió con esa mezcla de asco y fascinación que solo tienen los que no pudieron irse del todo aunque se fueran.

Pero lo que este ensayo hace con esa figura sí es nuevo: la vuelve diagnóstico sin volverla eslogan, la vuelve teoría sin volverla academia. Una glosa que se mantiene sucia, que es lo único que le permite seguir siendo verdadera.

Lo del olivo mudo es develador. Un árbol que retiene el sonido es más perturbador que cualquier metáfora política que se haya leído sobre Chile. Porque la política en Chile siempre quiere explicar lo que pasa. La literatura sabe que lo que pasa no se explica: se muestra, se toca, se deja ahí como una herida abierta sin el consuelo del diagnóstico.

Así, el árbol que no habla no necesita que nadie lo interprete. Está ahí, retorcido sobre sí mismo, y eso basta. Eso es literatura. Lo demás es sociología adaptativa y rara vez de buenas intenciones.

El neoliberalismo como sistema que produce escombros humanos está bien dicho, pero los escombros merecen nombres, decía Bolaño: los apellidos de los que recibieron las privatizaciones, los directorios que decidieron qué pueblo queda al costado de la carretera, los ministros que prometieron la electricidad con lágrimas genuinas y se fueron a sus fundos.

La teoría sin nombres propios es otra forma del maquillaje que el ensayo mismo denuncia. Donoso supo ponerle cara a don Alejo. Los escombros también tienen cara. Y las caras, al final, son lo único que no miente.

Con todo, lo que importa trazar es la relación entre don Alejo y la transición democrática. Don Alejo prometía la electricidad con lágrimas genuinas. La democracia prometió derechos con aplausos igualmente genuinos.

Lo que la escritura cronística hizo fue leer la continuidad que la retórica del cambio necesitaba borrar para poder llamarse «cambio»: el neoliberalismo agregó su antifaz plata y oro, travistiéndose de carnaval las cicatrices, convirtiendo las marcas del trauma en festejos, los desgarros en perlas, operación que es, exactamente, el gesto de la Manuela puesto a escala de país.

En efecto, las crónicas recorren un Santiago marginal que es El Olivo urbanizado: el mismo olvido geográfico administrado como propiedad, la misma espera convertida en condición de existencia, pero ahora entre edificios de cristal y autopistas con peaje, con conexión a internet y sin electricidad real, lo que no es una paradoja sino la definición más precisa de lo que Chile llama modernización.

 

*Nota: Esta novela fue llevada al cine por el realizador mexicano Arturo Ripstein.

 

 

Referencias bibliográficas:

—Donoso, J. (1966). El lugar sin límites. México D.F.: Joaquín Mortiz.

 

 

 

 

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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y doctor en comunicación por la Universidad de la Frontera y Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

 

«El lugar sin límites», de José Donoso (Joaquín Mortiz, 1966)

 

 

Tráiler:

 

 

 

Mauro Salazar Jaque

 

 

Imagen destacada: José Donoso (por Luis Navarro Vega).

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