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[Ensayo] «Cumbres borrascosas»: El desborde del cuerpo femenino

El largometraje de la realizadora británica Emerald Fennell no se trata de una versión gótica ni de una transcripción fiel del libro de su compatriota Emily Brontë: se acerca más bien a un romance trágico y estilizado —con elementos anacrónicos— y una sensibilidad visual que privilegia el símbolo por sobre la reconstrucción histórica.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 8.4.2026

«Quería que la película se sintiera, de algún modo, como una hermana emocional del libro, y eso implicaba que fuera visceral, incómoda y compleja».
Emerald Fennell

La novela Cumbres borrascosas, escrita por Emily Brontë en 1847, ha dado lugar a numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas desde su célebre versión de 1939.

Con todo, la dificultad de llevarla al cine no es menor, ya que se trata de una obra compleja, atravesada por múltiples voces narrativas, una estructura bipartita y una intensidad afectiva, social y simbólica que rara vez cabe por completo en una sola película.

En este sentido, resulta útil recordar la tipología de Geoffrey Wagner, quien distingue entre adaptación como transposición, comentario y analogía.

Desde ese contexto, la versión estrenada en 2026 y dirigida por Emerald Fennell podría pensarse no como una transposición fiel, sino más bien como un comentario dado que ofrece una lectura deliberadamente intervenida de la novela, orientada por una sensibilidad contemporánea y una interpretación autoral específica.

 

Una adaptación contra la fidelidad

La expectativa en torno a esta nueva película era alta. Fennell ya había sido una directora polémica, tanto Promising Young Woman como Saltburn, generaron respuestas divididas por su tratamiento del abuso sexual, el exceso y lo grotesco. Era esperable, entonces, que su llegada a Wuthering Heights no buscara una recreación sobria del texto de Brontë.

En efecto, el filme ha sido recibido por muchos espectadores como una de las peores adaptaciones de la novela, acusada de simplificar sus temas y de traducirlos al lenguaje del mainstream. Sin embargo, juzgarla solo desde el criterio de fidelidad empobrece lo que la película intenta hacer.

La divergencia aparece ya desde la escena inicial. El largometraje abre con el ajusticiamiento público de un hombre que será ahorcado frente a una multitud donde hay niños y una monja. El carácter burdo, obsceno y grotesco de la secuencia, es acentuado por los gemidos del condenado, las risas infantiles y la presencia religiosa, instala de inmediato un tono que se aparta del gótico clásico asociado a muchas lecturas de la novela.

En lugar de fantasmas, atmósfera espectral o religiosidad sombría, Fennell propone desde el inicio un nexo entre erotismo y muerte. Esa escena no adapta un episodio puntual de Brontë, sino que funciona, más bien, como una declaración de principios sobre el tipo de lectura que la directora quiere hacer.

 

Deseo, norma y feminidad

Si se la compara con la novela, la película realiza una poda muy significativa de personajes, conflictos y líneas narrativas. Como ha ocurrido en muchas versiones previas, la segunda parte del libro, que abarca los años de venganza posteriores a la muerte de Catherine, queda prácticamente excluida, y el relato se concentra en el vínculo entre Catherine y Heathcliff, enmarcado dentro de una lógica de romance trágico.

Esta reducción altera de manera importante el alcance del texto original, pero también abre un espacio para que emerja otro eje, el cual no está centrado tanto en la monstruosidad gótica o la desmesura metafísica de los personajes, sino en el conflicto entre deseo, norma y feminidad.

Bajo esa línea, uno de los cambios más interesantes de la película está en la relectura de los personajes femeninos. Nelly Dean deja de ser solo la criada de los protagonistas y se vuelve una figura mucho más activa en la producción de la infelicidad de Catherine. A través de sus silencios, omisiones y advertencias morales, encarna la voz de la norma social victoriana: la exigencia de obediencia, contención y permanencia dentro del matrimonio.

La película presenta a este personaje desde la venganza y la envidia, pues, en tanto criada, Nelly ha vivido siempre en una relación de subordinación respecto de la familia de Catherine, y ese lugar le ha impedido construir una vida propia, marcada en esa época por el matrimonio y los hijos.

Isabella, por su parte, también sufre una transformación importante. En la novela es víctima de la seducción vengativa de Heathcliff y de un matrimonio abusivo, mientras que en la película, aparece como una figura más ambigua y contemporánea, menos ingenua, más ligada al deseo y a una cierta pulsión primitiva.

No ignora del todo la situación en la que se involucra, sino que parece instrumentalizarla parcialmente para su propia satisfacción. De este modo, la película organiza una suerte de triada femenina: Nelly como encarnación de la moral, Catherine como sujeto desgarrado entre deber y deseo, e Isabella como figura de la entrega al impulso.

Esa reorganización constituye una reinterpretación simplificada de uno de los ejes de la novela, pero de todas maneras, constituye una hipótesis interpretativa diferente a lo propuesto por filmes anteriores.

 

La imposibilidad de sostener una represión

También la construcción de los espacios refuerza esta lectura del cuerpo femenino como centro de esta nueva adaptación. El contraste entre la naturaleza asociada a Cumbres borrascosas y la casa de los Linton es muy marcado.

Cuando Catherine se casa, la nueva casa aparece como un palacio opresivo, de paredes rojas, casi corporales como entrañas, en una imaginería que vuelve el espacio doméstico una prisión o casa de muñecas.

Así, la habitación de Catherine, con sus muros que evocan piel, venas y marcas, intensifica la idea de encierro, puesto que ella no solo está atrapada en una casa ajena, sino también en su propio cuerpo y en la decisión de reprimir su deseo por Heathcliff.

La septicemia final puede leerse entonces no solo como un desenlace melodramático que no ocurre en la novela, sino como la imagen de un desborde corporal que acompaña la imposibilidad de sostener esa represión.

Desde luego, esta lectura tiene costos. La película renuncia en gran medida al espesor gótico de la novela, a su transgresión religiosa, a su dimensión fantasmática y a la violencia byroniana de Heathcliff. También diluye la otredad racial o étnica del personaje, lo cual es un aspecto que muchas adaptaciones han tendido a suavizar u omitir completamente.

En la versión de Fennell, Heathcliff aparece más subordinado a Catherine y menos investido de esa fuerza destructiva y excesiva que lo vuelve una figura tan singular en Brontë. Parte de la violencia del texto parece desplazarse desde él hacia el entorno social y hacia las figuras femeninas que regulan, contienen o administran el deseo en el filme.

Sin embargo, precisamente ahí puede encontrarse el interés de esta adaptación. No se trata de una versión gótica ni de una transcripción fiel del libro. Se acerca más bien a un romance trágico estilizado, con elementos anacrónicos y una sensibilidad visual que privilegia el símbolo por sobre la reconstrucción histórica.

Eso puede resultar decepcionante para quienes esperan ver en pantalla una reproducción más literal de la novela, pero reducir la discusión a esa falta de fidelidad supone entender la adaptación como mera copia.

La película de Fennell, con todas sus simplificaciones, sí parece sostener una propuesta relectora que es la de desplazar el centro del relato hacia el conflicto entre deseo, moral social y condición femenina, y desde ahí reorganiza personajes, espacios y tono.

Por eso, aunque para muchos esta versión reduzca la complejidad de la obra original, no deja de ofrecer una lectura propia. En esa desviación encuentra su sentido más claro: reimaginar Cumbres borrascosas como una historia sobre el costo corporal de la feminidad y la represión del deseo.

 

 

 

 

 

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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Camila Gordillo Varas

 

 

Imagen destacada: Cumbres borrascosas (2026).

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