El filme de Sidney Pollack —basado en la novela de Horace McCoy— se trata de una amargo relato cinematográfico que recoge una realidad social e histórica: los maratones de baile durante la Gran Depresión en los años 30 del pasado siglo, concursos a los cuales acudían los desfavorecidos para obtener refugio, comida y unos centavos con la ilusión de llevarse el gran premio.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 6.3.2026
Esta sería la traducción literal de la famosa novela de Horace McCoy, They Shoot Horses, Don’ t They? (1935), aunque una más ajustada a la intención del autor vendría a ser ¿Acaso no matan a los caballos? Alude al sacrificio del animal cuando se rompe una pata y ya no puede correr más para evitarle sufrimientos al equino.
La novela conoció una excelente versión cinematográfica debida a Sidney Pollack que en España se entrenó con el peregrino título Danzad, danzad, malditos (1969).
Se trata de una amarga historia que recoge una realidad social e histórica: los maratones de baile durante la Gran Depresión en los años 30 del pasado siglo. Concursos a los que acudían los desfavorecidos para obtener refugio, comida y unos centavos con la ilusión de llevarse el gran premio.
Estos eventos eran concebidos como un espectáculo montado sobre la necesidad humana, el hambre y las ilusiones fracasadas. Un verdadero precedente del mundo actual de la televisión, sus reality shows, y en general la tendencia en boga en Internet de convertir todo, especialmente el sufrimiento, en el más puro histrionismo.
Horace McCoy (1897 – 1955) fue un escritor de novela negra y guionista en el Hollywood dorado; como anécdota se puede recordar que participó en la elaboración de la primera versión de King Kong, una adaptación de La bella y la bestia que se convertiría en un clásico popular.
Con todo, el largometraje de Pollack es muy característico de la década de 1970 por el empleo de la cámara superlenta y de las Handy cam o cámaras de mano. Tiene una originalidad narrativa muy interesante y es que no solo inserta recuerdos en el curso del relato conocidos como Flash backs, sino que también hace avances sobre lo que vendrá después.
En síntesis, el filme narra las vicisitudes de una mujer fracasada y un muchacho sensible, algo atolondrado, que conforman una pareja de baile para el concurso. Las circunstancias irán hundiendo el amor propio de ella de una manera irrefragable al punto de llegar hasta el suicidio, que no tiene el valor de ejecutar. Por tanto, le pide a Peter que le dispare. Momento en que el protagonista, impresionado por su sufrimiento, pronuncia la frase titular de la novela.
La película representa una variante del «suicidio asistido», un asunto de fondo en la sociedad actual. Este acontecimiento consiste en proporcionar la muerte a quien no puede procurársela por propia mano.
Es el caso de los enfermos terminales doloridos, los grandes inválidos, los padecimientos degenerativos, etcétera. Todos aquellos que desean morir pero que no pueden anularse debido a su condición física.
Mercy Killing
En el filme, esta situación se hace extensiva a la autolisis. Aquí, la mujer pide ayuda a Robert porque no tiene el valor de hacerlo ella misma. La angustia la paraliza. Y el muchacho lo ejecuta impresionado por el sufrimiento de una Gloria fatalista convencida de que no se puede escapar al destino.
Para Robert el dolor que observa es igual al que recuerda de los caballos quebrados. Es una respuesta a la visión del sufrimiento: el homicidio por compasión, porque este suicidio asistido es también un «homicidio inducido» por Gloria. Otros nombres parecidos se han barajado en la literatura especializada para designar al mismo fenómeno: asesinato por compasión, auxilio ejecutivo al suicidio, suicidio por delegación o en el original en inglés mercy killing.
La visión del ser humano que tiene Robert no es distinta a la que alberga del animal. La condición que ambos comparten es el padecimiento. No importa la diferencia, ni si hay desigualdad en cualidad o el grado de esos tormentos.
Durante toda la historia le vemos pasivo, impresionado por el dolor de los otros, sin saber cómo dar una respuesta. Al final actúa de la manera que aprendió de niño con la muerte del caballo. Aquel episodio decidió su futura concepción ética de la vida: bueno es todo lo que acaba con el suplicio de los demás. Su actitud fundamental es la de complacer al semejante. Robert nunca piensa en sí mismo ni en las consecuencias de estas acciones.
Gloria es de esas personas equipadas con una gran sensibilidad para sentirse decepcionadas y traicionadas. Con demasiadas expectativas hacia sus compañeros, se ve frustrada y fracasada con facilidad dentro de su fatalismo. El resultado es el de una persona amarga, desafiante, escéptica. Resentida y de esperanzas rotas que le da ese aire de mujer dura, de vuelta de todo que ilustra este diálogo:
— ¿Te han dicho…?, le preguntan.
— Me lo han dicho todo.
Se siente traicionada hasta por el mismo Dios cuando refiere una vivencia infantil sobre un perro lisiado al que quería mucho y del que se sugiere fue sacrificado. Piensa que su pareja de baile, Peter, es un idiota, pero se siente postergada por la relación establecida del joven con Alice, otra concursante.
Este sentimiento dispara su rencor, que vuelve contra sí misma, degradándose en la entrega a Rocky en un éxtasis de autodesprecio. Una agresión precedente del suicidio asistido. Es muy interesante notar que Gloria para hacerse daño necesita siempre implicar a alguien: a Rocky, a Robert. Signo de una gran fragilidad.
Una coleccionista de frustraciones hasta la desesperanza
Gloria precisa demasiado de los demás. Lo espera todo de ellos. Como no lo obtiene los desprecia, los odia y se odia y se denigra a sí misma por no poderlo conseguir. Su afecto se tiene que centrar, entonces, en los objetos personales que adquieren así un simbolismo desesperado.
Una secuencia lo aclara: la mujer dura y retadora, rompe a llorar con desconsuelo cuando encuentra su mejor (y único) par de medias destrozado. Gloria comprende en ese momento el desgarro de su vida personal. Todo constituye una decepción.
Durante el largometraje, se la ve convertirse en una coleccionista de frustraciones hasta la desesperanza, la depresión y la muerte. Por una vez, alguien no la decepciona en sus expectativas y el compasivo Robert aprieta el gatillo.
El personaje de Rocky, el maestro de ceremonias del concurso, representa al tramposo lúcido. El recuerdo de su padre es el de un analfabeto, charlatán y petardista, justo la clave para entenderlo a él: un niño con la precocidad de un adulto cínico, cruel y la decisión del desengañado. «Es la vida», justifica con frecuencia.
Rocky perdió la inocencia pronto en la niñez y se dio cuenta de que la sociedad es solo un espectáculo, una trampa, una pantomima con cepo. Cinismo y dinero es lo único que le interesa.
«Puede que no sepa distinguir a un ganador, pero sí a un perdedor cuando lo veo», declara.
Conoce al público, sabe lo que quiere y organiza la función como una gran mentira rentable. Al contrario de Gloria no espera nada de los otros, excepto su dinero. No lo pide, lo sonsaca y lo consigue. Se trata de una perversa ética (sí así puede llamársela) muy actual en nuestra cultura. Basada en una sentencia, de falsa atribución, de Phineas Taylor Barnum que reza: «A cada minuto que pasa, hay un tonto que nace».
Tanto el libro como la película actualizan la novela picaresca española del Barroco. Fenómeno que resucita en la literatura y el arte toda vez que la historia conoce tiempos de hambre, miseria y penuria. Mondo Cane.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.
Tráiler:
Luis Miguel Iruela Cuadrado
Imagen destacada: Danzad, danzad, malditos (1969).

