La retórica de Donald Trump («America First») y la nostalgia imperial de Vladimir Putin responden a la misma fantasía: la recuperación de una centralidad perdida, pues cuando el orden multilateral se debilita, reaparece el ademán arcaico de dividir el universo como botín.
Por Ana Arzoumanian
Publicado el 23.1.2026
El Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494, es uno de los actos fundacionales de la modernidad colonial. No fue sólo un acuerdo diplomático entre las coronas de Castilla y de Portugal, sino una operación simbólica y política de enorme alcance: la partición del mundo antes incluso de que ese mundo fuese plenamente conocido.
Con todo, el tratado surge como respuesta inmediata al viaje de Cristóbal Colón en 1492 a las Américas. Ante la viabilidad de nuevas tierras y riquezas, las dos potencias marítimas de la época buscaron repartirse la nueva superficie. La solución fue trazar una línea imaginaria ubicada a 370 leguas al oeste de Cabo Verde que dividía los territorios: al oeste, para Castilla; al este, para Portugal.
Esta línea no sólo ordenaba el espacio geográfico, sino que inauguraba una nueva forma de pensar el poder: el mundo como ámbito mensurable, apropiable, divisible por cálculo y decreto. El Tratado de Tordesillas expresaba así una alianza entre cartografía, derecho y teología.
La legitimación última del acuerdo se apoyaba en las bulas papales que otorgaban a los reinos cristianos el derecho de expansión sobre territorios habitados por pueblos no cristianos, invisibilizados como sujetos políticos.
Fue, en definitiva, menos un tratado entre dos reinos que un ensayo general del orden colonial, donde el mundo dejó de ser vivido para empezar a ser administrado.
Ya no se domina sólo mediante conquistas
Con la misma lógica histórica, Trump y Putin encarnan, cada uno a su modo, una política que concibe el mundo como zona estratégica militarizada. Ucrania, Siria, Venezuela o Medio Oriente funcionan como espacios «intermedios», equivalentes modernos de aquellas tierras «por descubrir».
Tordesillas fue posible porque Europa se pensaba como centro del planeta, fue la escritura preliminar del mundo como propiedad. La retórica de Trump («America First») y la nostalgia imperial de Putin responden a la misma fantasía: la recuperación de una centralidad perdida. Cuando el orden multilateral se debilita, reaparece el ademán arcaico de dividir el universo como botín.
Entre Tordesillas y Davos existe una persistencia del gesto, la idea del mundo como posesión. Davos, como consenso narrativo, establece fronteras dentro del mercado global. Donde antes había teología política ahora hay una tecnocracia que se considera a sí misma sin alternativas, de modo que los sujetos pasan a ser variables macroeconómicas.
Tanto en Tordesillas como en Davos el suelo se piensa sin los cuerpos que lo sostienen. La coartada es la universalización.
Ya no se domina sólo mediante conquistas, sino mediante estándares, mercados y regímenes regulatorios. El discurso de Davos intenta redefinir identidades y Canadá se presenta como actor ético, mediador, defensor del orden cooperativo.
La alocución del primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante el Foro Económico, sugiere romper esa lógica de subordinación de las potencias pequeñas o dependientes, tomando una postura firme sobre la autodeterminación frente al territorio de Groenlandia.
El alegato del primer ministro canadiense en Davos no desmantela el colonialismo, pero sí revela su metamorfosis: ya no se legitima por Dios, sino por experticia, ya no divide sólo territorios, sino futuros posibles.
Así, en términos teóricos, se trata menos de un guiño descolonizador que de una descripción desnuda del mundo postcolonial. Tordesillas trazó una línea sobre el mapa; Davos traza líneas sobre el porvenir. Y en ambos casos, el poder decide antes de escuchar.
Pasolini y «el nuevo fascismo»
Pier Paolo Pasolini (1922 – 1975) fue un poeta, cineasta, novelista y ensayista italiano, una de las figuras más tensas y radicales del siglo XX. Su biografía no puede separarse de su obra ya que avanzan juntas, como una exposición permanente del cuerpo, la palabra y la política.
Nació en Bolonia, hijo de un oficial del ejército y de una madre friulana, Susanna Colussi, figura central en su vida afectiva y simbólica.
Recientemente en Buenos Aires le fue otorgado póstumamente el Premio Perfil a la mayor contribución a la paz internacional como reconocimiento de una obra que hizo de la palabra una forma de resistencia contra la violencia estructural.
Pasolini no fue un pacifista conciliador. Su idea de paz estuvo siempre atravesada por el conflicto, por la negativa a aceptar la naturalización del daño.
En efecto, Pasolini denunció como pocos la mutación del poder en la posguerra: el pasaje de un autoritarismo visible a una dominación más profunda, ejercida a través del consumo, del lenguaje, de la regularización de los deseos.
Llamó a eso «el nuevo fascismo», y lo hizo cuando casi nadie quería percibirlo. Que hoy un medio como Perfil lo premie implica reconocer que aquella denuncia no pertenecía al pasado, sino que sigue describiendo nuestro presente.
Pasolini vería en Davos una continuación de Tordesillas, pero más perfecta: no se dividen únicamente regiones, se dividen horizontes de posibilidad. No es una mera demarcación del espacio, sino una administración del tiempo.
Analizadas las escenas de Davos desde la posición filosófica de Pasolini, el discurso del primer ministro canadiense sería un discurso de la templanza dentro de una civilización criminal.
Él diría que Davos no coloniza estrictamente países, coloniza imaginarios decidiendo qué futuro es pensable y cuál es impensable. Y lo que queda fuera de ese futuro es tratado como atraso, como residuo, como problema a corregir.
Pasolini consideraba que la posguerra europea no había producido una auténtica pacificación, sino una normalización violenta. La tranquilidad que se impuso después de 1945 no fue el resultado de la justicia, sino del olvido, escribía.
Para Pasolini, el sosiego de posguerra, narrada a sí misma como reconstrucción, crecimiento y progreso, fue el verdadero escándalo.
Al igual que el discurso de Mark Carney, La Rabbia, el ensayo poético escrito por Pasolini y convertido en documental en el año 1963, irrumpe para decir: esa narración es una mentira.
La Rabbia es la forma cinematográfica de una tesis radical; cuando el mundo se tranquiliza demasiado, algo esencial ha sido destruido.
Sin embargo, pensar La Rabbia de Pasolini posicionados en el presente, en este mundo ya agitado, exige un desplazamiento: hoy día no vivimos en la tranquilidad anestesiante de la posguerra que él denunciaba. Vivimos en una hiperagitación permanente: crisis, guerras simultáneas, colapso climático, inflación, redes sociales, indignación continua.
Y, sin embargo —ésta sería la intuición pasoliniana— la rabia sigue faltando. Porque la indignación es inmediata, moralista, efímera. La rabia pasoliniana es lenta, incómoda, contradictoria.
En este mundo agitado, La Rabbia no nos invita a agitar más. Nos invita a desobedecer el ritmo.
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Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.
De formación abogada (titulada en la Universidad del Salvador), ha publicado los siguientes libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos, los relatos de La granada, Mía, Juana I, y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.
Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar.
Asimismo, fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.
Filmó en Armenia y en Argentina el largometraje documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, un registro testimonial en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en el régimen militar vivido al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010).
Es integrante, además, de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, presentó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.
El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.
Ana Arzoumanian
Imagen destacada: Davos.

