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[Ensayo] «Doris, vida mía», de Gabriela Mistral: Una subjetividad amorosa y romántica

Libros como este (Lumen, 2021), además de acercarnos a otras maneras de leer el pensamiento literario de su autora, también susurran a nuestro oído la libertad existente en la escritura como forma de desenredar los propios nudos psicológicos, artísticos y finalmente existenciales.

Por Nicolás López-Pérez

Publicado el 19.4.2021

El 7 de mayo de 1946 se realizó en Nueva York, en dependencias del Barnard College (adscrito a Columbia University) un homenaje a Gabriela Mistral (1889-1957), contando con su presencia y voz en una conferencia pública dictada en castellano.

En los pupitres, del otro lado, se encontraba, entre varias personas, la joven estadounidense Doris Dana.

Casi dos años después del evento, Dana, que había traducido un texto de Mistral publicado en un homenaje a Thomas Mann, le escribió una carta en castellano, contándole de esa noticia y expresándole el impacto de ese encuentro que, si bien no fue cara a cara, fue bastante significativo.

En ese instante, ella planta la semilla de la que un epistolario como Doris, Vida mía (Lumen, 2021) puede florecer a nuestros ojos que ven desde lejos y cerca a ambas.

Ya cada vez más los epistolarios de escritores son algo menos inusual y contribuyen a nuevos modos de lectura de una trayectoria escritural que no se ciñe solo a lo publicado en vida.

Así también ensanchan la comprensión de lo que se entiende por “obra” y motivan no solo a la labor investigativa de la teoría literaria y la crítica, sino la de quienes van adentrándose en los recovecos desde donde emerge el rizoma que es el pensamiento literario de una autora o de un autor.

En 2009 se publicó Niña errante, también por editorial Lumen, una selección de 250 misivas entre Mistral y Dana. La edición tuvo lugar dos años después de la gran donación que Doris Atkinson —la heredera legal de Dana para los efectos de la obra y documentos mistralianos— hiciera al Estado de Chile.

En ese libro, su compilador Pedro Pablo Zegers se ocupa en el prólogo al volumen de hacer presente el por qué, tratándose de un abundamiento en la dimensión afectiva de Mistral con Dana, es un tema ya controversial de sobremanera a la luz pública.

Más allá de contornear un amor que no se atreve a decir su nombre, Niña errante ensambla un relato de corresponderse la una a la otra en la última década que vivió Mistral.

Doris, Vida mía, por otra parte, propone, con una selección de Daniela Schütte González de cartas que Mistral escribió a Dana, una lectura del período entre 1948 a 1956, a la luz de un vínculo que se construye con la textura de una relación compleja y profunda entre la poeta y su compañera, bajo los prismáticos perceptivos de la primera y dejando lugar a la sugerencia de la voz de Dana.

Un intercambio epistolar o una sola carta, sin ir más lejos, llevan una energía más concentrada e íntima que un cincelado de una obra literaria sujeta al tamiz de la edición y ojos ajenos. En Doris, vida mía se mantiene una fidelidad a la producción prístina de los textos.

Esto es, respecto a marcas, fechas y tentativas del archivo que Dana armó a propósito del material documental (y audiovisual) que conservaba tras la muerte de Mistral.

 

Un duro deseo de durar

En una carta, hay un tacto privado, propio de dos personas que interactúan. Una emitiendo un mensaje y otra, recibiéndolo. Algo se plasma en el tiempo. Y el espacio es cuerpo a cuerpo, sin cuerpo. Una interpelación directa, a solas.

La escritura como una extensión de ese instante —aparentemente imposible— del vis-a-vis. La materialidad es un detalle que no pasa inadvertido, entendiendo el acto escritural como una inscripción, pero en el otro.

En ese sentido, al leer, al tocar con los ojos las palabras puestas en escena, se puede paladear la textura de la voz del otro. Escribir cartas o establecer una correspondencia es trazar, en cierta medida, los cimientos de una arquitectura de alguna clase de amor (o la profesión de).

Y al escribir, alguien es amado a distancia. Ese alguien, al ingresar en el iter amoroso, avanza, dejando que lo amen y dejando que su voz pueda ser palpada por el otro que envió las anteriores señales de luz.

En el contexto del envío de cartas postales —una práctica, desafortunadamente en paulatino repliegue y más cerca del desuso y la obsolescencia— se asume la incertidumbre en la correspondencia.

Por otra parte, lo subversivo de recurrir a la carta (y a la escritura) descansa en el “duro deseo de durar” (ruido prestado del poeta francés Paul Éluard) y en el arbitrio de la mediatez y de la espera.

La velocidad quita demora al deseo (lo consuma) y se manifiesta, por ejemplo, en posibles epistolarios de hoy por correo electrónico o en la agónica y enervante comunicación del servicio de mensajería instantánea (chats, Whatsapp, Telegram).

Volviendo al epistolario de Mistral, hay una voluntad concertada a ese “duro deseo de durar”, tanto así que ella y Dana en 1955 establecen su residencia en Long Island, después de visitas y tiempos compartidos efímeros, reflejados en un intercambio escrito donde la ausencia (por ejemplo, en la inquietante espera de Mistral por respuestas) y la presencia (véase el archivo fotográfico) eran el coto de caza de las emociones.

Ahora bien, en materia, la primera carta tiene un tono que indica continuación. Ya se dijo que Dana fue quien escribió primero. Por lo que la misiva mistraliana no es el inicio del fuego epistolar, sino el albor de una correspondencia. Y cuando pienso en esa palabra, tiene que ver con cartear–se y con corresponder, esto es, ya más cerca de la reciprocidad.

Con la paulatina investigación en el archivo mistraliano se van desocultando aspectos tanto de su vida y su obra. Desde la relación íntima con Dana hasta la faceta mística de la poeta, pasando por el abundamiento en su pensamiento pedagógico (destaco el volumen compilado por Zegers bajo el nombre Pasión de enseñar, editado en 2017 por la casa editorial de la Universidad de Valparaíso).

Insisto con la idea del desocultar, a la luz de los distintos y posibles análisis que circundan a la perspectiva hegemónica desde donde es leída Mistral, una que sostuvo una contención ideológica de la maestra rural, de la figura maternal que responde a un modelo heteropatriarcal.

El mismo personaje que la dictadura militar+civil de Pinochet potenció al colocar a la poeta en el billete de $5 mil y posicionando esa imagen en el imaginario simbólico de la nación.

El desocultamiento va en la senda que Alia Trabucco Zerán indica en el prólogo a Doris, Vida mía, cuando entrega una serie de características y definiciones de Mistral.

Destaco la de “madre queer de la nación” (propuesta por Licia Fiol-Matta en un libro de igual nombre publicado el 2002) que toma imagen con esa recuperación —en el sentido más situacionista— de Mistral que se produjo en el contexto del estallido social.

 

Mural de Gabriela Mistral en el GAM

 

Se conjura un llamado

Con todo, la Mistral que se lee en las líneas del volumen es una íntima. En la primera carta, dos detalles reveladores a una extraña que ha mostrado admiración y afecto. Por una parte, la generosidad humana al decir “téngame usted por amiga suya” y por otra, “yo soy una mujer tímida, a pesar de la dureza de mis versos”.

En la carta de Dana, el contraste viene por la percepción de ésta, a una escritora de renombre, de edad, rutilante y con una voz sabia.

De ahí en adelante, la correspondencia va evolucionando al calor de un compartir mucho más estrecho, más allá de las simples noticias.

Y la correspondencia continúa porque se conjura un llamado con una decisión. La de persistir en escuchar al otro mediante los ojos y el tacto que ejercita el lápiz —como extensión del cerebro y el corazón— en el papel.

Temprano en el paso de las páginas del libro, ya se desprende el ánimo de Dana de un compartir en presencial. El vínculo va creciendo y Mistral escribe: “no te pediré más que tu compañía por algunos meses […] yo la cuidaré (defenderé) a usted de usted misma (de sí misma) y también de mí misma. Me costará dolor, pero yo lo haré. Yo no deseo quedar viviendo (no vivir) muy lejos de ti.”

Otras expresiones decidoras que creo hablan mejor de lo que podrían desmembrarse en análisis aquí:

—También yo estoy viviendo la obsesión, amor.

—Tú me sientes. Solo tú me tienes. Bésame.

—Tú eres toda mi razón de vivir.

—Nuestro lazo (vínculo) viene seguramente de otra vida.

—Te beso y quedo contigo, a tu lado, en silencio, oyéndote el corazón.

—Vida mía, chiquita mía, mía a veces y por poco tiempo.

 

Por otro lado, lo queer que Fiol-Matta nombra no es casualidad, y sin ánimos de hacer una hagiografía lésbica, me remito al contenido de las cartas que se presentan en el volumen.

Algunas masculinizaciones del hablante epistolar que encarna Gabriela abren una brecha interpretativa interesante que bien puede colmarse o acrecentarse con los cientos (o miles) de documentos del archivo Mistral aún sin escudriñar.

Y a lo largo del volumen va mutando, se feminiza, se neutraliza, y la intensidad y fuerza de los sentimientos también va a ir cobrando otras palabras.

Dicho sea de paso, que los vocativos y la forma de dirigirse o de nombrarla en las cartas tampoco es estática, oscila entre estados de ánimo y la manera cómo va viendo a Dana, en una correspondencia que, al estar ausente, nos hace sugerente el relato de la Mistral en primera persona que va desnudando sus emociones, miedos y anhelos.

En otra nota a lo queer, Fiol-Matta nos recuerda en su libro que los primeros seudónimos que empleó antes de quedar en el definitivo fueron “Alguien”, “Soledad” y “Alma”.

Aquellos usos tuvieron lugar en la primera década del siglo XX en pequeñas contribuciones a semanarios y periódicos.

 

Un camino hecho de huellas

Más allá de atiborrar de citas que permitan formar una suerte de contexto amatorio, la correspondencia que se lee en este libro transita por los parámetros que sugiere Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso (1977) a propósito de la carta de amor. Esto es, lo vacío y lo expresivo. Siendo lo primero, el cifrado del mensaje y lo otro, el deseo de dar a conocer el deseo.

El deseo que se pone en un estado de suspenso, ya con un círculo cerrado que solo produce una subjetividad desdoblada. El cuerpo se coloca en la carta y se sujeta a la espera. Una espera que tras un carpe diem, se acerca más bien a un memento mori y que, al mismo tiempo, considera la posibilidad ser abandonado o de ser menos, a la postre, un traspié de la mente, ¿habrá cambiado esto con la posibilidad de mensajearnos al instante?

Ya cerrando el volumen, una preciosa selección fotográfica que metamorfosea esas ilusiones de viajes y convivencias del papel a la imagen nítida y llena de texturas. La interpretación emerge como forma de darle un soporte a las imágenes de archivo. Jacques Derrida escribió que el archivo es un aval de porvenir.

El vínculo entre Dana y Mistral queda sellado al porvenir y, más allá de cualquier lectura posible, nos invita a la sonrisa, a la bondad, a la ternura, a ese maravilloso espacio que es compartir–con, respecto a una otra donde el compartir abraza (y abrasa) todas las heridas y cicatrices que quedan en la interacción con el mundo.

En cierta medida, como también se muestra en el fantástico documental de María Elena Wood Locas mujeres (2011), se acercan dos corazones en proceso de sanación, en un duelo que se transformó en una cuerda para dos funambulistas de la vida en un mundo de posguerra. Ambas vivieron el suicidio de un ser amado. En el caso de Dana, su padre y en el de Mistral, Yin Yin.

Para ambas el epistolario es una casita en el mundo de posguerra y luto, un lugar donde la mudez y el verdadero nombre de sus afectos tomaba cuerpo y alma, reconstituyendo una subjetividad amorosa y romántica.

Libros como este no solo nos acercan a otras maneras de leer el pensamiento literario de una autora o autor, sino también nos susurran la libertad que existe en la escritura como forma de desenredar los propios nudos, como autoconocimiento y como relacionarnos con los otros a través de los deseos que del papel a la realidad solo tienen un paso de distancia.

Gabriela Mistral nos da una lección magistral de maneras en que la escritura y la literatura es humanizada mediante la capacidad de ver a cara descubierta a la hablante de los poemas en el último tinglado: la vida misma.

No hay una hablante, sino una viviente cuyo camino son sus propias huellas. A los que llegamos tarde a esto, nos queda imaginar y soñar para acceder a otros modos de vida posibles y a la convivencia armónica entre distintos proyectos bienhechores sea cual sea la edad, comunidad, orientación sexual o identidad de género.

 

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Nicolás López–Pérez (Rancagua, 1990). Poeta, abogado & traductor. Sus últimas publicaciones son Tipos de triángulos (Argentina, 2020), De la naturaleza afectiva de la forma (Chile/Argentina, 2020) & Metaliteratura & Co. (Argentina, 2021). Coordina el laboratorio de publicaciones Astronómica. Escribe & colecciona escombros de ocasión en el blog La costura del propio códex.

 

«Doris, vida mía», de Gabriela Mistral (Lumen, 2021)

 

 

Gabriela Mistral y Doris Dana

 

 

Imagen destacada: Gabriela Mistral y Doris Dana en 1951.

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