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[Ensayo] «Dos vidas para Micaela»: La invención de un gallego eterno

Este libro parece una escuela básica en recreo —así de desordenado y de vital y de genuino es—, pues sus páginas contienen cientos de pequeñas historias, decenas de referencias cultas, de memorias y de crónicas. En efecto, el presente texto es un apéndice de ese volumen mayor de su autor que es «Memorias transeúntes», en caos culto, entretenido y esencial, donde solo Edmundo Moure se supera siempre a sí mismo.

Por Luis Alberto Tamayo

Publicado el 8.12.2023

Hay gente que está hecha de palabras, son sólo palabras, y el cuerpo les sobra, bueno, Edmundo Moure Rojas (1940) es uno de esos seres. Y es un ser tan descuidado y bueno, que ha dejado su última creación sobre mi escritorio para que yo la desplume. Irresponsable.

Dos vidas para Micaela es un canto coral, en apariencia. Es un diálogo lleno de interrupciones y referencias, es un murmullo que busca transformarse en historia, es una historia no contada, pero sí comentada, auto comentada, porque Moure mete la cuchara a cada rato, no se queda quieto, entra y sale del escenario, pero cuando sale del escenario deja su sombra en el centro.

Este texto es un engendro inclasificable. No es crónica ni es novela, aparece un cuento de aroma macondiano en el centro. A ratos, es una película con un guion delirante. Moure se ríe de Moure, no se toma en serio. Moure elogia la pluma de Moure y un párrafo más allá, la denuesta sin piedad.

Así, en la base de toda literatura de narrativa está el fenómeno de contar una vida que no es la propia. Dicen que los escritores tienen un dolor básico en su ser que es la inconformidad con tener que vivir una sola vida. Por eso novelan, fabulan, inventan, mienten como forma de mitigar el dolor de ser una sola persona. El poeta Fernando Pessoa lleva esto al extremo en la poesía y crea centenas de heterónimos, otros yo.

Moure nos plantea la invención de una voz, una vida, la de Micaela de Souto Portela, una gallega nacida en A Coruña, en 1921. Ella es una novia más bien simbólica de Moure, es una mujer que entra y sale de su vida, una mujer que lo persigue y luego lo rehúye.

En efecto, Micaela es el pretexto para contar la vida de una pléyade de conversadores profesionales, gente sabia, vivida, analítica. Aparece la voz de la taberna, la voz de concertados ante un fogón y bajo las estrellas, en Buenos Aires, Chiloé, Santiago o Galicia. Gente que tiene tan urgentes recuerdos que los quiere decir a como dé lugar. Se disputan la palabra.

Moure le da la palabra a Micaela y luego se la quita, se la da y se la quita , compite con ella. Voces que indistintamente se diferencian y se funden. Edmundo nos mete en un juego de heterónimos, pero el heterónimo mayor, el mayor logro del relato es la invención del gallego Moure (Mundiño), un hombre atrapado en una tribu remota de Galicia, atrapado en una cultura, en un idioma, pero nacido y criado en la Gran Avenida, en el sector sur de Santiago.

El gallego Moure sabe de filosofía, de teología. El gallego Moure se inventa que una vez fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, se inventa una amistad incomprobable con la mismísima Stella Díaz Varín. El heterónimo mejor logrado de Moure, El Viejo, es Moure, el joven. El relato no es una novela, quizá una «nivola», a la manera de Unamuno. Una ópera sin música, un paseo erudito conversando distraídamente.

 

Días de 38 horas

Moure incursiona en el periodismo, la poesía, los escritos políticos, los cuentos, pero por sobre todo es un contador de lo vivido, un cronista empedernido. Edmundo el heterónimo, ese invento del viejo Moure es magistral, es un amante de las palabras de los arcaísmos, del buen español, ese de Azorín, Bécquer, Rafael Alberti y Antonio Machado.

El texto es un banquete de palabras, para degustarlas, reencontrarse con ellas, volverlas a oír y a mirar. Moure, el joven, goza con el paladeo de vocablos y contagia al lector. Moure, el joven, es un gran pedagogo. ¡Qué gran y entretenido profesor se perdieron los liceos de Chile!

Sin ir más lejos, el joven Moure nunca asistió a cátedra de pedagogía o de literatura, salvo la lectura concentrada de todos los clásicos. El estudio maniático de las obras centrales de la lengua castellana. El joven Moure lo ha leído todo, y cuando digo todo, se debe entender todo, hasta lo que aún no sale de la imprenta. Lee las obras antes de que sus amigos escritores o escritoras las escriban.

El joven Moure comenta cine y literatura. El joven Moure es un heterónimo del viejo Moure, un sujeto de cara redonda como guerrero olmeca. El joven Moure no le teme a nada, salvo a la maldición de morir joven. El joven Moure es una maquinita que produce textos, lee por metros cúbicos y escribe como triatleta, escribe mientras nada, mientras corre o anda en bicicleta. Los días del joven Moure tienen 38 horas.

Al viejo Moure se le pasó la mano con la creación de su heterónimo, además lo hizo contador, experto en balances, pago de impuestos y remuneraciones. El heterónimo Moure está mal construido, porque no está delimitado en su quehacer, es un torbellino de creación de conversación y de buena voluntad. El arte de la conversación llevado a nivel de doctorado. ¿Qué busca el viejo Moure dentro del joven Moure?

Ni Micaela podría responder a esa pregunta, pero algo debe de andar buscando. Moure busca otra vida, quizá el bisabuelo o tatarabuelo o el chozno gallego que pesca truchas en el río, dos generaciones antes de que llegara la guerra civil.

El viejo Moure busca tranquilidad, pero la busca poniendo a vivir a su creación, al joven Moure, en los tiempos más difíciles del calendario. Moure escapa de Moure, Moure se transmuta en Micaela, pero no la suelta, la libretea y a Micaela no le gusta ese trato y abandona la escena. ¿Vale la pena aventurarse por estas páginas con un plan de vuelo tan caótico?

Sí vale la pena, hay que dejarse llevar y no cuestionar nada. A fin de cuentas, Moure el gallego es una grata invención de Moure que se agradece. Se agradece que el gallego Moure nos preste sus ojos para mirar el mundo, la historia de los pueblos y de las gentes que los construyen.

El libro parece una escuela básica en recreo, así de desordenado y así de vital y de genuino. Cientos de pequeñas historias, cientos de referencias cultas, memorias, crónicas. Micaela es como un apéndice de ese libro mayor que es Memorias transeúntes, en caos culto, entretenido y vital, solo Moure supera a Moure.

 

 

 

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Luis Alberto Tamayo (San Fernando, 1960), profesor de educación general básica titulado en la Universidad de Chile es un escritor nacional conocido principalmente por sus obras para niños, entre las que destacan Caballo loco, campeón del mundo (1996) y Un gran gato (2014).

 

«Dos vidas para Micaela», de Edmundo Moure (Signo, 2023)

 

 

 

Luis Alberto Tamayo

 

 

Imagen destacada: Edmundo Moure Rojas.

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