El poemario de la autora argentina Liliana Heer —de próxima aparición— comparte con el cine de Roy Andersson una concepción política de la forma, no basada en el mensaje explícito sino en la exposición obstinada de la vida ordinaria bajo condiciones de desgaste.
Por Ana Arzoumanian
Publicado el 24.2.2026
Leo Ebrio equilibrio —el cual se presentará dentro de poco— de Liliana Heer (1941) como una suerte de guion poético para una película inmóvil. Un libro que, como el cine de Roy Andersson, renuncia a la promesa de redención para apostar por una mirada ética sobre la fragilidad humana.
No consuela, no acusa, no explica. Simplemente deja al descubierto la escena: cuerpos, palabras y gestos intentando sostenerse, aún ebrios, en un mundo que ya no ofrece garantías. Leo los poemas de Liliana Heer en la tradición borgiana, aquella que le hacía decir al escritor argentino que lo más nuestro es constituido por ese otro extranjero.
Así, lo descentrado en su poesía se resuelve arraigándose fuera del continente. Leo a Liliana Heer en consonancia con el sueco Andersson, en afinidad a una cierta elegancia. Porque elegante es quien elige y, ya sean las escenas poetizadas en el papel como en la pantalla, ambas son escogidas fuera de la indigencia mental del hiperconsumo estético.
Roy Andersson (1943) es uno de los cineastas más singulares y radicales del cine europeo reciente, y también uno de los más coherentes: toda su obra parece el despliegue obsesivo de una misma pregunta sobre la condición humana en las sociedades modernas.
Andersson se inscribe en un legado que va de Beckett a Ionesco, pasando por Kafka, pero también en relación con el cine mudo y con la pintura nórdica y flamenca.
Tanto Heer como Andersson trabajan, desde lenguajes distintos, una misma zona de experiencia marcada por la ruina de lo social, la intemperie del sujeto y una deontología de la mirada que no concede alivio.
Liliana Heer escribe con palabras lo que Roy Andersson filma con cuerpos inertes: una humanidad cancelada, ebria de realidad, que no cae del todo ni logra sostenerse, y que en ese equilibrio inestable revela, sin consuelo, una verdad persistente.
El cineasta sueco Roy Andersson
Una coreografía de pequeños engaños
«Mi garganta duerme en la nevera», un verso de uno de los poemas del libro de Liliana Heer podría ser, con una precisión inquietante, el título de una película de Roy Andersson. Y no solo por su extrañeza poética, sino porque condensa varios núcleos centrales de su estética.
El verso cincela una imagen corporal despojada de organicidad. La garganta —órgano de la voz, del grito, del canto, de la palabra— aparece separada del cuerpo y conservada en un electrodoméstico. En el cine de Andersson, los cuerpos funcionan de manera similar: son cuerpos funcionales, cansados, fragmentados, tratados casi como objetos administrativos. La voz, en sus películas, rara vez es plena; suele ser monótona, fallida, humillada. Una garganta que «duerme en la nevera» es la metáfora perfecta de un habla suspendida, anestesiada, custodiada, pero sin utilidad.
La nevera es un objeto doméstico banal, cotidiano, que Andersson habría filmado con una frontalidad inflexible. Su cine se construye precisamente sobre esa inversión: lo íntimo no es cálido, sino frío; lo doméstico no protege, guarda restos. Así, la cotidianidad en Heer.
El verso también contiene un humor negro casi quirúrgico, esencialmente anderssoniano. No hay exclamación ni dramatismo: la frase se enuncia como un hecho. La comicidad nace de esa distancia sin sosiego, de esa frialdad que no compadece. Es una frase que mira al mundo con la misma quietud cruel, la misma piedad helada y la misma lucidez sin compasión.
Con todo, Ebrio equilibrio puede leerse como una sucesión de tableaux vivants: escenas breves, recortadas, donde el sentido no se desarrolla, sino que se acumula por yuxtaposición. Cada fragmento funciona como un plano fijo: no dilucida, no desarrolla, insiste.
La política de esta estructura es clara: resistirse a la narración emancipadora, al progreso, a la ilusión de continuidad. El libro no avanza; oscila. Y en esa oscilación revela una verdad incómoda: el equilibrio social que se nos promete es siempre precario, siempre ebrio, sostenido por una coreografía de pequeños engaños.
Así, leer Ebrio equilibrio es ingresar en una zona donde la política no se proclama: se padece. El libro de Liliana Heer comparte con el cine de Roy Andersson una concepción política de la forma, no basada en el mensaje explícito sino en la exposición obstinada de la vida ordinaria bajo condiciones de desgaste.
En las películas Canciones del segundo piso, La comedia de la vida y Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia lo que está en juego no es la denuncia frontal del sistema, sino la puesta en escena de sus efectos: cuerpos cansados, rituales vacíos, obediencias automáticas, deseos que ya no encuentran lenguaje.
De esta forma, en Andersson, la política aparece en el plano estático, en la calma forzada que deja ver cómo los sujetos permanecen atrapados en instituciones, trabajos y mandatos que han perdido sentido, pero no vigencia.
En Ebrio equilibrio Heer produce un efecto análogo desde la escritura. Cada poema funciona como una escena detenida donde el yo poético no actúa ni se libera, sino que oscila. El equilibrio del título no remite a la armonía, sino a una forma de supervivencia lúcida en un mundo que exige continuar incluso cuando la esperanza se ha extinguido.
La administración del agotamiento
El libro construye una política del cansancio. Como los personajes de Canciones del segundo piso que caminan por una ciudad gris después del colapso moral del capitalismo, el sujeto de Heer avanza por descarte, sin fe en la reparación.
La repetición de muecas, la mención de preceptos desoídos, la insistencia en el bochorno revela un orden social que no necesita coerción explícita: basta la inercia. La política aquí no es el acontecimiento, sino la administración del agotamiento.
Uno de los núcleos más políticos del diálogo entre Heer y Andersson es el tratamiento del humor. En ambos casos, el humor no libera ni subvierte de manera directa; apenas permite proseguir.
Andersson filma situaciones grotescas —empresarios arruinados, burócratas impotentes, soldados victoriosos sin gloria— con una risa seca que no alivia. Heer escribe desde una ironía igualmente opaca, donde el lenguaje expone la violencia sin teatralizarla. Reír, en este contexto, no es resistir heroicamente, es no mentirse.
La figura del sujeto en Ebrio equilibrio también es políticamente significativa. No hay voz soberana. El yo aparece dividido, desplazado, a veces casi borrado. Esta despersonalización coincide con la visión de Andersson: individuos convertidos en engranajes, roles intercambiables dentro de un sistema que los excede.
Sin embargo, tanto en el cine como en el libro, esa reducción no anula la humanidad. Al contrario, la vuelve visible en su forma más frágil y menos espectacular.
En el filme Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia la historia irrumpe como fantasma: guerras, colonialismo, violencia estructural aparecen sin grandilocuencia, integradas a la vida diaria. En Ebrio equilibrio la política opera del mismo modo: como fondo persistente, como clima. No hay consignas ni llamados a la acción, pero sí una sensibilidad atenta a las consecuencias del poder sobre los cuerpos, el lenguaje y el deseo. La agresión no estalla, se filtra.
La temporalidad es otro elemento central de esta visión común. Andersson estira el tiempo hasta volverlo incómodo, obligando al espectador a permanecer frente a la escena. Heer hace lo mismo con el verso: lo alarga, lo corta, lo interrumpe, impidiendo una lectura directa. Esta dificultad formal no es un gesto estético neutral, sino una toma de posición: oponerse a la velocidad, a la eficacia, a la transparencia que el orden actual exige.
Así, Ebrio equilibrio se inscribe en una política de la forma que coincide con la de Roy Andersson: una política donde la crítica emerge del detalle, de la repetición, de la fatiga acumulada. El libro no ofrece transformación ni salida. Garantiza algo más complejo y honesto: una mirada que no aparta los ojos del desequilibrio que sostiene nuestra vida en común.
Ebrio equilibrio se revela como un libro profundamente contemporáneo: una comedia oscura de la subjetividad, una crítica poética a la normalidad, un archivo de gestos mínimos donde se juega la tragedia social.
Heer no filma con la cámara fija de Andersson, pero escribe con una serenidad igualmente implacable. Nos obliga a mirar sin parpadear el espectáculo del mundo: ese espectáculo bajo escarcha donde vivir y caer ya no son opuestos, sino la misma escena repetida.
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Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.
De formación abogada (titulada en la Universidad del Salvador), ha publicado los siguientes libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos, los relatos de La granada, Mía, Juana I, y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.
Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar.
Asimismo, fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.
Filmó en Armenia y en Argentina el largometraje documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, un registro testimonial en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en el régimen militar vivido al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010).
Es integrante, además, de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, presentó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.
El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.
Ana Arzoumanian
Imagen destacada: Liliana Heer.

