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[Ensayo] «El emisario»: La esperanza es agridulce

La novela de la autora japonesa instalada en Berlín, Yoko Tawada, se inscribe en ese tipo de narraciones que se despliegan bajo coordenadas estéticas que circulan entre la especulación literaria y la ciencia ficción, en una forma y mixtura tan lograda, que recuerda al estilo cultivado por la escritora canadiense Margaret Atwood.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 1.12.2023

Es el tono con el que está escrito el que impide catalogar El emisario como una novela de terror o una novela muy deprimente en su representación del apocalipsis real que llevamos viviendo hace décadas ya. Yoko Tawada (nacida en Tokio, 1960, y autora de Memorias de un oso polar) ganó el National Book Award en Estados Unidos, categoría traducción, el 2018, con esta novela que publicó, originalmente en japonés, en 2014.

Al centro del torbellino distópico tenemos a sus protagonistas, el frágil joven Mumei (que significa «el sin nombre») y a su bisabuelo, Yoshiro (escritor que, comenta, con el dinero de su primera novela se compró un par de botas de montaña). Yoshiro es representante del grupo social y etario más poderoso: los ancianos. Durante la narración cumple 108 años.

Yoshiro se desvive por su bisnieto, pues sabe que las cosas son y serán mucho peores para la «nueva» generación. Con nostalgia, medita: «Si algún día Mumei se encontrara con un animal en vivo y en directo, le explotaría el corazón de la alegría. En Japón no se había avistado ningún animal salvaje desde hacía muchos años». Más adelante, imagina que: «en las salas de fiestas, el olor de los cigarrillos apagados se había congelado en la quietud de un silencio gris…».

La postura de los ancianos es paradójica, cruel y simbólica: «Que a los ancianos se los hubiera premiado con la eternidad acarreaba la terrible tarea de tener que escoltar a sus bisnietos hasta que estos fallecieran». La madre de Mumei muere después de darlo a luz y es el anciano el que debe guiarlo.

Con las transformaciones sociales, muchos conceptos asimismo se transforman: En vez de «huérfanos» se habla de «niños independientes». El sentido se halla en el contexto. Mumei no tiene ni un solo compañero que sea criado por sus progenitores.

En esta sociedad algunas palabras desaparecen, dejan de usarse porque pasan de moda, algunas: «se quedaban sin términos que las sustituyeran». El lenguaje es uno de los organismos más afectados por este apocalipsis. A poco andar, se explica que la palabra mutación: «había caído en desuso en este contexto y había sido reemplazada por el término más popular de ‘adaptación al medio ambiente'».

De esa manera, es tal el control sobre la lengua, que incluso te pueden penalizar por infringir: «la extraña ley de no poder vocalizar el nombre de ciudades extranjeras». La voz narrativa comparte esta disociación que produce un permanente estado de miedo: «No hay nada más temible que una ley que todavía no se aplica porque, si quisieran meter a alguien en la cárcel, podrían arrestarlos de repente sin más por algo que todo el mundo infringe tan tranquilamente».

 

Conciencia y mensaje ecológico

En varias oportunidades la escritora canadiense, Margaret Atwood, que ha dedicado gran parte de su obra a desarrollar narraciones bajo géneros que circulan entre la ficción especulativa y la ciencia ficción, ha dicho que nada extraordinario ni surrealista existe en sus ficciones, en ninguna catalogada con esos géneros, pues todo ya ha sido vivido y experimentado en nuestras sociedades, y aquí Tawada parece hacer eco de esta postura cuando cita el período Edo («Edo es el nombre que tenía Tokyo antes de la restauración Meiji de 1868», explica a pie de página la traductora).

Sin ir más lejos, este período, el Tokugawa (1603 – 1867), marca un hito en la tradición japonesa, porque la estabilidad social y el crecimiento económico prosperan al amparo del Shogunato, una dictadura militar fundada por Tokugawa Ieyasu.

¿Es esta una llamada a observar críticamente nuestra historia? A nivel político ya sabemos de la censura imperante, de la apropiación del lenguaje con fines de control y sometimiento, y del peligro de la rebelión. A nivel ecosistema, las especies mismas hablan de la debacle y de la irreparable contaminación que ha obligado a la adaptación, con la extinción de muchas en el proceso.

Luego, existe un «Ministerio de Contaminación del Medio Ambiente», así como: «un cementerio público en el que cualquiera podía enterrar con libertad todo aquello de lo que se quisiera despedir con gran respeto». La naturaleza está irreversiblemente contaminada. Los árboles pueden parecer sanos pero sus troncos están huecos y pueden caerse si alguien suspira al lado de ellos. Incluso se ven carteles que prohíben suspirar al lado de los árboles.

Así, es necesaria una radical postura crítica sobre la explotación de los recursos y su depredadora parafernalia tecnológica. Se dice que los niños rinden mejor en la escuela si los electrodomésticos de las casas se apagan mientras hacen sus tareas. Esta es también una llamada de alerta que habla del abandono de nuestros organismos en su sentido más animal, instintivo y emocional:

«Es bien sabido que dentro de la cabeza albergamos el cerebro, pero, en realidad, la parte inferior del cuerpo también tiene un cerebro llamado ‘intestino’, y cuando ambos cerebros no se ponen de acuerdo, parece ser que es la opinión del intestino la que prevalece».

Asimismo, es urgente reconsiderar el consumo y reivindicar el reciclaje: «Suele decirse que a los tokiotas de toda la vida les gusta lo novedoso, pero, desde que no se podían importar cosas nuevas del extranjero, lo antiguo empezó a verse con otros ojos y se pensó en recuperar cosas del pasado para volver a darles uso en el presente».

La esperanza es agridulce: «Del mismo modo que los humanos habían dejado de ir en coche, quizá algún día también dejarían de andar de pie e inventarían una forma de moverse completamente distinta. En el momento en que todo el mundo empezara a arrastrase como pulpos».

Hacia el final de la novela se destaca la organización de la que surge el título. Es la Sociedad de Emisarios, una entidad desconocida por la población, la que sostiene quizá la clave del futuro («por muy fantástico que pudiera ser el aislacionismo, no era más que un castillo de arena…») y que ofrece una salida a la alienante y tóxica vida en la que habitan los ciudadanos, gracias al aporte del sector privado, quien está pensando en enviar, uno en uno, a varios jóvenes al extranjero.

Uno de ellos puede ser Mumei, quien a los 15 años se encuentra en silla de ruedas y solo sus capacidades intelectuales han florecido.

 

 

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerpos, Réplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, Dame pan y llámame perro, Subterfugio y Succión, además de los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, y la novela bilingüe En la isla/On the Island.

Traducciones de sus textos han aparecido en The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«El emisario», de Yoko Tawada (Editorial Anagrama, 2023)

 

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: Yoko Tawada.

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