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[Ensayo] El fracaso de la Unidad Popular y la teoría política de Nicos Poulantzas

La lectura del texto «Estado, poder y socialismo» (1978) del imprescindible autor francés de origen griego, abre nuevas perspectivas de análisis en torno al fallido gobierno de Salvador Allende y el símbolo de su derrota en tanto fin de una época republicana y constitucional para la historia de Chile.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 1.12.2022

«La acción de las masas populares en el seno del Estado es condición necesaria pero no suficiente, de su transformación».
Nicos Poulantzas

El poder es una situación estratégica, dice Michel Foucault, ante eso el triunfo y el posterior gobierno de la Unidad Popular en Chile, se sitúa en esa institucionalidad donde se tensan las contradicciones fundamentales que es el Estado, en la reflexión de Poulantzas (1936 – 1979).

La trama del Estado, entonces, dio cobijo a las relaciones entre clases dominantes y clases dominadas, sin que el programa de la coalición de Salvador Allende, pudiera penetrar o transformar estructuras fundamentales del poder estatal, tales como son las Fuerzas Armadas, a excepción de la Policía de Investigaciones, que le guardó lealtad hasta el final.

En esa condensación material de una relación que sobrevivió independiente de los demás dispositivos de poder, la hegemonía popular en las otras esferas del Estado, fue incapaz de transformar la noción o imaginario de estabilidad, inherente al estamento militar.

Así, curiosamente, y viendo amenazada la paz cívica y financiera del país, estas mismas fuerzas armadas quebraron la constitucionalidad que el mismo Presidente Allende murió defendiendo en un palacio de La Moneda en llamas, en procura de «salvar a la República del yugo marxista».

De esta forma, conceptos como poder real, poder formal, hegemonías políticas y sociales, contradicciones internas del Estado, facciones que se cobijan en el Estado, constructivismo y voluntarismo, adquieren un significado que a la luz de Poulantzas iluminan la experiencia socialista chilena, en pleno siglo XX, como pocas.

Poulantzas escribió: «Se debe entender por poder, aplicado a las clases sociales, la capacidad de una o de varias clases para realizar sus intereses específicos».

En ese sentido, la estrategia del gobierno de la Unidad Popular debió haber insistido en promover ascensos desde la suboficialidad hacia la oficialidad de las Fuerzas Armadas, o de alguna manera haber impulsado una conciencia de estamento o de clase en el escalafón menor, a fin de que surgida la amenaza desestabilizadora del golpismo, una fracción de las mismas fuerzas armadas y de orden, hubiese hipotéticamente optado por defender la constitucionalidad y la legalidad, simbolizadas en el gobierno popular de Salvador Allende y su regencia del poder formal.

A este respecto, recordemos, que el intento más notorio de una sublevación al interior de las fuerzas armadas chilenas, en contra del poder real representado por una oficialidad de las mismas, ocurrió en 1931 con la llamada Sublevación de la Armada en septiembre de ese año.

En esa oportunidad, la tropa de apoderó de los buques insignias de la Marina tanto en Talcahuano como en Coquimbo, en un hecho que de acuerdo al historiador marxista Luis Vitale, y que pese a resolverse con una lucha armada entre los efectivos militares enfrentados, no contó con el fervor popular necesario a fin de recrudecer el conflicto hacia otras esferas de lo político e institucional, cuando no en la calle misma.

Bajo ese parámetro, la condensación por parte del Estado, de las clases dominadas, en el caso chileno fue incapaz de romper la hegemonía de las élites burguesas y de aspiraciones aristocráticas, las cuales no solo mantuvieron el poder real de los medios de comunicación tradicionales, por ejemplo, sino que también acendraron su domino al respecto en la misma interioridad del Estado, a través de las fuerzas armadas.

Con lo cual, llegado el momento de la culminación de estas contradicciones de toda índole, y especialmente de las nominales relaciones de fuerzas, solo un puñado de colaboradores civiles mantuvo la defensa del gobierno constitucional y popular, durante la violenta jornada del 11 de septiembre de 1973, pese a la adhesión mayoritaria de la ciudadanía que el mismo régimen se había granjeado en las elecciones parlamentarias de marzo de ese año.

La estrategia del adversario en el caso concreto de la Unidad Popular, fue incapaz de advertir el profundo cambio que los dispositivos de poder anclados en las clases dominantes y su utilización de las fuerzas armadas, planeaban de cara al futuro del país, luego del triunfo del golpe de fuerza que se preparaba.

Tal miopía histórica, política y finalmente de clase, privó a la Unidad Popular de una capacidad de lucha y de realizar sus intereses políticos, más allá de la retórica incendiaria y vana de un Altamirano y el MIR.

En ese sentido, solo prevalecieron la conciencia de la derrota y la lucidez de esa coyuntura histórica, en el discurso final y de una despedida epocal, pronunciado por el Presidente Allende vía Radio Magallanes.

Una escasa ponderación de las relaciones de clases y de las fuerzas sociales existentes, finalmente explican el rotundo fracaso de la Unidad Popular. «El Estado es el lugar de organización estratégicA de la clase dominante en su relación con las clases dominadas», apunta Poulantzas.

En esa cartografía del poder, la Unidad Popular lo ejerció sin demasiada consideración por la oportunidad de transformación histórica que se desplegó desde diciembre de 1970 hasta septiembre de 1973, en especial por su poca claridad al instante de manejar los diversos dispositivos del poder real, que le entregaban la conducción formal del Estado.

La escasa comprensión de las fracciones hegemónicas en disputa, más allá de la política coyuntural, finalmente, privaron al gobierno de la UP de entender la materialidad que subyace al interior del Estado y de las relaciones múltiples que se disputan en su privativo campo de acción y de enfrentamiento.

Es decir, la invisibilidad en torno al objetivo por el poder, que se forja mientras se desarrollan las luchas políticas, de clases y sociales, hizo creer a los líderes de la Unidad Popular y especialmente al Presidente Allende, que pese a la insurrección fomentada por la alta burguesía, especialmente en la Marinería, un falso imaginario acerca del respeto que mantenían los diversos agentes del Estado, con relación su observancia de la Ley Fundamental (la Constitución de 1925); hizo creer a Allende, insistimos, que la idea de constitucionalidad y sujeción a la legalidad y a la norma jurídica, bastaban para que su figura como Presidente de la República, se mantuviera en el mando, a lo menos, en el dominio del poder formal hasta el final de su período como tal.

«Las luchas pueden subvertir el poder sin ser nunca, en efecto, realmente exteriores a él», y esa crítica de Poulantzas a Foucault, diagnostica en su última medida y causa de efecto el fracaso de la experiencia chilena de la Unidad Popular, pese a que algunos historiadores como Cristián Pérez (en su Vidas revolucionarias), postularan que más allá de lo monolítico del actuar de las fuerzas armadas en contra de la figura presidencial sostenida por Allende; las facciones populares, sociales y políticas de la izquierda chilena, no tuvieron la voluntad de persistir en la posibilidad de la resistencia, llegada la hora de su oportunidad fáctica y coyuntural, o mejor dicho, de empuñar las armas e intentar vencer.

 

 

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Imagen destacada: Nicos Poulantzas.

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