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[Ensayo] «El joven Ahmed»: Los hechizos de la radicalidad

En la Bélgica actual, el destino de un adolescente de apenas 13 años se ha quedado atrapado entre los ideales de pureza de los cuales le predica su imán y las pasiones de la vida, en el argumento que desarrolla el largometraje dramático de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, y el cual data de 2019, temporada en la que sus realizadores obtuvieron el premio conjunto al Mejor Director en el prestigioso Festival de Cannes, debido a esta obra audiovisual.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 18.10.2022

«Es hora de cambiar la lucha por la escucha».
Raquel Riba Rossy

Los hermanos Dardenne —siempre muy comprometidos en lo social— nos ofrecen una excelente ficción dramática basada en la triste realidad de tantos jóvenes que hoy en día se ven arrastrados por los hechizos de la radicalidad de algunos planteamientos políticos o de algunas interpretaciones religiosas.

Debo advertir que el análisis que sigue contiene inevitablemente spoilers.

 

Culto al odio

De la radicalidad religiosa concretamente trata El joven Ahmed mostrándonos cómo un modélico adolescente musulmán se transforma en todo un extremista fanático. Es así por la mala influencia del imán de la localidad belga en la que residen, un hombre que carga sus iras contra todos aquellos que no entienden la vida como él la entiende.

Tales como los que hablan árabe «sin el debido respeto al profeta», especialmente —cómo no— las mujeres a las que sin el menor reparo tilda de infieles por ese obrar o más extensivamente por su libre modo de ser.

De ahí que Ahmed (Idir Ben Addi, en una brillante interpretación) rechace a Madame Inés, su maestra occidental quien le imparte lengua árabe entre otras asignaturas, una profesional dialogante a quien él se niega a tocar porque: «un verdadero musulmán no le da la mano a una mujer». Y así mismo en ese fanatismo Ahmed reprime a su hermana por su «impropio» modo de vestir y por tener un novio judío.

Ante esas actitudes radicales poco puede hacer su amorosa madre quien ve con creciente preocupación la malsana transformación de Ahmed, un chaval sin padre que ha tomado como referente a un «hombre de Dios» que convierte el culto a la fe en una incitación al odio.

Porque en una tierra de búsqueda de paz e integración como es Europa a pesar de tanto, ese imán siembra —a escondidas, protegiéndose él más que protegiendo a los suyos— la discordia inculcando a los más jóvenes de su comunidad una interpretación sesgada de los textos sagrados.

El imán está por la confrontación religiosa y social: «pelea en el camino de Alá, esperamos nuevos luchadores», con palabras como estas alienta a Ahmed —su alumno más adelantado— en la tienda de comestibles que regenta, allí entre alimentos simbólicamente se alimenta el odio y el conflicto.

Se alimenta un conflicto histórico del que para nada ni Europa ni Occidente somos ajenos, sabemos que el pueblo árabe —y tantos otros pueblos africanos y de otros continentes— han sido injustamente tratados anteponiendo a sus necesidades los intereses de otros pueblos con mayor poder económico y social como ocurre en Israel desde hace décadas.

Pero entiendo que tal y como expresa Raquel Riba en la cita del encabezado, la solución real a cualquier conflicto nunca es la lucha vengativa contra el otro, sino la ardua perseverancia en el diálogo entre distintos puntos de vista buscando deshacer los muros y las trincheras de la radicalidad de banderas y credos.

Tarea esta para nada fácil —es infinitamente más fácil destruir que construir— pero que no por ello entiendo haya de abandonarse, menos aun cuando se trata de jóvenes en formación. En la ficción analizada se nos muestra la paciente labor de los profesionales de los servicios sociales que atienden al adolescente «ciego y sordo» por la ira, una ira la suya que es más ajena e impostada —la del imán, la de los grupos fundamentalistas que pueblan las redes— que propia.

 

Mujeres (y animales)

Así, unos profesionales implicados que atienden a Ahmed en el periodo de reclusión en un centro de menores al que le somete la justicia tras su intento de apuñalamiento a la maestra «infiel».

Una mujer que le ofreció una visión distinta del Corán, le habló de que el texto dice que los musulmanes pueden vivir en paz con otras religiones y le invitó a leer el libro sagrado juntos para profundizar en ello pero el chaval envenenado en rabia le aseguró que no podía leerlo con una mujer.

Por ese ofrecimiento que entiende como diabólico, Ahmed la ataca con la violencia del «luchador por Alá» que quiere encarnar, asumiendo así la gran falacia fundamentalista del que quien mata por Dios se muere en paz y alcanza el paraíso como recompensa. Como decía con humor doliente el gran Jaume Perich: «¡No maten más, por Dios! y en especial, ¡no maten más por Dios!».

El odio y el rechazo a lo distinto como bandera, y en esa exasperación la mujer y lo animal como principal «adversario» repudiado, como principal temor.

Resulta significativa la frialdad y la pasividad con la que Ahmed se deja abrazar por su madre en una de sus visitas al centro donde está internado. Simbólico el contraste entre la calidez desnuda de la mujer que viste sin mangas frente a la protección extrema del hijo quien pese al calor viste totalmente cubierto de tejidos.

Ahmed rehúye el contacto físico y se muestra cada vez más obsesionado por limpiarse manos y pies. Así, corre inmediatamente a lavarse las manos después de que una perra le lame cariñosamente. Lo vemos lavándose frenéticamente, incluso restriega el puño de su sudadera.

Ocurre en la granja de animales a la que acude dentro del programa educativo del centro y allí conocerá a una chica que sí se deja lamer por los animales, una chica por la que Ahmed sentirá atracción. En esa granja se sentirá naturalmente bien lo que entrará en contradicción con el entender y el rol impostado del «luchador por Alá», que lo han llevado hasta allí.

En su lucha interna —la más real y necesaria de las «luchas»— llegará a decir a su madre que no quiere ir a la granja: «porque me tratan demasiado bien»; y en ese expresar está la negación de lo que afortunadamente tiene a su alrededor, lamentablemente Ahmed ha asumido que la vida no puede ser amable y amigable sino todo lo contrario: la vida ha de ser dura, lucha y renuncia.

 

Caída necesaria

En una de las mejores escenas de la película vemos juntos a Ahmed y a la chica en un descanso al aire libre. Ella que le invita a quitarse las gafas y a mirarle afirmando que le gusta con y sin lentes y preguntándole simbólicamente si la prefiere borrosa o clara a lo que Ahmed responde con un revelador «no lo sé», que evidencia el conflicto que siente.

El conflicto que de otra manera más natural también siente ella quien asegura que: «me prefiero borrosa, como en un sueño», a la vez que le pide tener sus lentes para verle borroso. En ella el conflicto es el típico del adolescente que quiere y teme experimentar, ella desea besarlo y pacientemente logra al fin que Ahmed se deje, se deje bien poco.

Y él que no tarda en ir a lavarse la boca concienzudamente con sus propios dedos como acostumbra a hacer en sus obsesivos rituales de asepsia. Y reza asegurando que no volverá a hacerlo mientras se besa las manos: «odio mis pecados como odio ir al infierno».

Es infierno besar y desear a una mujer y por el contrario es cielo matar a una mujer, es infiel el que besa y abraza la feminidad desnuda y es fiel el que cubre y resiste esa feminidad hasta su aniquilación tanto externamente como internamente.

Ahmed reza para vencer sus dudas pidiendo: Alá ayúdame a llevar a cabo lo que te ofrezco. La paz sea con él», tremendo ese la paz sea con «él» y no con todos nosotros que para un religioso no fundamentalista es un Él que a nadie excluye.

Así que Ahmed decide escaparse para cumplir su objetivo, para matar a la profesora «infiel». Para ello se hace con un gran clavo punzante que simbólicamente servía para aguantar una bella jardinera con flores en una pared con corazones, la imagen del paraíso terrenal femenino (la fructífera tierra femenina que nutre y florece en diversidad) que es lo que él rechaza y combate en pos de un cielo aséptico y restrictivo.

Se trata del jardín del centro en el que madame Inés imparte sus clases. Vemos a Ahmed intentando entrar en las instalaciones por el tejado y como finalmente pierde el equilibrio cayendo de espaldas en la tierra de alfombra natural verde.

Allí en la tierra rechazada se convulsiona de dolor al grito de «mamá», allí acude madame Inés como siempre con voluntad de ayuda y allí él se da cuenta de su error y sinceramente —ahora sí— le pide perdón, un perdón que ella —en nombre propio y en el de las otras mujeres de su vida— amorosamente acepta.

De esta forma, a veces es necesario caer a lo más hondo para darse cuenta, para despertar de los hechizos que nos alejan de la vida que late en nosotros y en nuestro alrededor.

 

 

***

Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: El joven Ahmed (2019).

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