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[Ensayo] «El regreso de las golondrinas»: De la humildad y la grandeza del amor

El filme del realizador chino Li Ruijun corresponde —con su profundo argumento de redención afectiva y existencial— a uno de los grandes largometrajes de ficción, de origen asiático, que en la actualidad se encuentran instalados en las vitrinas de la cartelera cinematográfica española.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 21.7.2023

«El amor es el camino de regreso a nosotros mismos».
Anónimo

De extrema sensibilidad es la mirada del joven realizador chino Li Ruijun, quien retrata la historia de dos solteros adultos que son juntados en matrimonio por sus familias, una solución de conveniencia que es más que nada la necesidad de liberarse de ellos (un mejor que se cuiden mutuamente cuando envejezcan); y eso que ambos parecen entregados a sus quehaceres en el seno de sus respectivos clanes.

El regreso de las golondrinas (2022) transcurre en el duro presente del universo rural chino y que evidencia la escasez de medios con los que muchos aldeanos han de ganarse su sustento. En ese humildísimo universo, un televisor es todo un preciado tesoro.

Mediante una exquisita fotografía —de gran arte captando la luz solar— que sublima el humilde paisaje natural y humano retratado, Ruijun nos sumerge en el día a día de la pareja quienes —pese a no haber elegido estar juntos— se van descubriendo en amor.

Un amor que ambos encarnan por separado en potente contraste a la frialdad e incluso dureza de sus insensibles familiares.

 

La familia y los difuntos

En efecto, Cao Guiying (Hai-Qing) ha sido maltratada desde pequeña por los suyos y como consecuencia cojea y sufre de incontinencia urinaria. Y Ma Youtie (Renli Wu) como «cuarto hermano» está totalmente supeditado a la jerarquía familiar en su sumisa aceptación de la tradición, es su «tercer hermano» quien decide sobre él en lo esencial.

Pero pese a tanto vivenciado —especialmente por ella— parece que la rabia o el odio no tienen lugar en sus luminosas almas. Y asimismo en ambos está arraigada una conciencia de las raíces familiares —pese a tantos brotes podridos por las heladas del corazón— que se hace evidente en la emotiva escena en la que Ma se comunica con sus padres y hermanos fallecidos.

Los vemos juntos quemando unos falsos billetes, él como hijo de hierro invoca a sus padres y hermanos difuntos y les presenta a su esposa: «hemos venido a quemar papel moneda para ustedes, por favor recíbanlo. Pásenlo a mi hermano mayor, oro y al segundo, plata. Disfruten».

Y concluye la ofrenda que los religa a sus muertos con la bella imagen de la pareja sobre una duna donde él le ofrece a ella una simbólica manzana y otros alimentos afirmando que: «si los vivos no comen, los muertos no recibirán».

Un ritual antiquísimo este y que pervive entre algunas comunidades chinas pese a no ser bien visto por las autoridades comunistas, un ritual asociado a la Festividad de Qingming —el equivalente a nuestro «día de los difuntos»— donde los vivos ofrecen a sus familiares muertos «lo más preciado» que para ellos es fundamentalmente comida, bebida y dinero (aunque en este último caso la ofrenda suele ser mediante réplicas de billetes).

 

Empatía animal

Y es que cómo pueden quemar dinero real si ellos viven en la pobreza, en la extrema pobreza. Se nos muestra su humilde hogar «prestado» y con muy pocas pertenencias; de todas, su bien más preciado es un burro que Ma ha cuidado siempre con sumo mimo. El animal les es de gran ayuda en sus labores del campo y en sus escasos desplazamientos a la ciudad.

En el cuidado del burro se hace evidente la exquisitez humana que encarnan los dos. En efecto, Guiying también lo trata con mimo y ya lo acarició en la vivienda familiar de Ma el día en que lo vio por primera vez.

De esta forma, ellos son dos corazones sensibles que empatizan con la vida animal, empatizan también con las golondrinas que anidan en las humildes casas de adobe de ese microcosmos rural. Unos nidos que nadie parece apreciar cuando las excavadoras derriban las numerosas viviendas abandonadas que dan cuenta de la constante migración de aldeanos a las urbes.

El burro, las golondrinas y sus nidos, y asimismo los pollitos que cuidan con esmero para que crezcan y les sean productivos. Un bello cuidar que Ruijun nos muestra en la fascinante escena de la caja con luz que la mujer les ha construido, el sencillo crear de ella y la humilde luz de la bombilla proyectan arte de corazón.

 

La amabilidad y el amor

El arte de esa luz interior que acoge y es hogar como símbolo de la luz de su corazón, de sus corazones.

Porque pese a tanto mal vivenciado, en ambos pervive —ni que sea débilmente como esa humilde bombilla aviar— la luz del amor. Una luz que poco a poco avivan por amabilidad mutua, especialmente por la extrema delicadeza con la que Ma trata desde el minuto cero a su acomplejada y muda esposa siempre preocupada por su molesta incontinencia.

Un amor que se simboliza en la flor de trigo que él graba mediante amorosa presión en la piel de ella como símbolo de fuerza y permanencia, se lo dice con estas sentidas palabras: «Te he plantado una flor, he hecho una marca para encontrarte vayas donde vayas».

Así, es especialmente bello el proceso de amable acompañamiento que permite que paulatinamente aflore esa flor simbólica, que permite que el amor mutuo regenere unas llamas propias casi extintas.

En efecto, se nos muestra como pasan de la foto de boda en la que posan tal que extraños —mirando en direcciones opuestas en un simbólico fondo rojo hasta que el fotógrafo los recoloca juntándolos y haciéndolos mirar a cámara— a reír juntos una noche tormentosa mientras resbalan en un terreno arcilloso en su afán de proteger los ladrillos de lo que será su nuevo hogar.

Un hogar que es enteramente suyo —el primero fue cedido y sucumbió a las excavadoras— y que tiene en su fachada un nido de golondrinas —recuperado de ese derrumbar sin alma— que esperan agrade a las aves cuando regresen de sus migraciones.

¿Regresaran las simbólicas golondrinas al hogar de la pareja? Sin necesidad de espolear esa respuesta que es final de la película, entiendo como necesario remarcar las cuestiones que se nos plantean en sus emotivas últimas escenas.

 

Contrastes esenciales

Se trata de un final abierto que incide sobre los temas desarrollados poniendo énfasis en los contrastes y dicotomías esenciales que planean en toda la obra audiovisual, como invitándonos a reflexionar sobre ellos.

Por un lado, acerca de lo antiguo y tradicional versus a la modernidad.

Ma abandera la tradición, la esencia cultural del pueblo agrario que es austeridad, vínculo familiar y arraigo a la tierra con sus peculiaridades y tradiciones propias. Ma se siente cómodo con una humilde vivienda de adobe, un viejo carro y un burro, Ma encarna eso.

Y frente a —y «por encima» suyo— él, su «tercer hermano» quien se identifica con lo nuevo, con el estilo de vida urbano en el que lo tradicional va sucumbiendo a los modos uniformadores del mundo global. El hermano de Ma prefiere las viviendas de hormigón armado y ha sustituido el reposado carro por un automóvil de alta gama con el que se desplaza veloz entre el universo rural de su infancia y la modernidad urbana que le define.

La otra dicotomía esencial retratada la entiendo como aún más trascendente, se nos invita a reflexionar sobre el amor empático al otro versus al amor a uno mismo.

En efecto, la pareja protagonista se distingue por una gran capacidad de amar al prójimo tanto humano como animal e incluso a la tierra misma que les ha visto nacer y con la que resuenan en armonía.

Pero en cambio ambos flaquean y mucho en el amor a sí mismos, ambos han permitido ser ninguneados —y maltratados en el caso de Guiying— por su entorno cercano sin ser capaces de establecer un límite de amor propio que entiendo como necesario y primordial para el amor a todo y todos.

Si en esa gran carencia hacia sí mismos ya se muestran grandes de corazón uno se plantea hasta dónde podrían llegar de ser capaces de amarse a sí mismos tal y como aman al otro.

En este sentido, son reveladoras las sentidas palabras con las que Ma se dirige a su amado burro al liberarlo antes de que lleguen las golondrinas; como este se muestra reacio a tan inesperada situación, su amo le suelta la doliente verdad que ambos —equino y humano— encarnan.

«¿No quieres irte? Fuiste utilizado por otros la mayor parte de tu vida… ¿No has tenido suficiente?».

Y por primera vez trata al buen animal como lo hacen los otros humanos alejándose con un impropio: «bestia miserable».

Esas preguntas amargas y ese sentido abrupto como exteriorización de la falta de amor propio que han definido la vida del bueno de Ma. Nada sabemos de cómo será ahora que ha sido capaz de empezar a liberar su carga.

 

 

 

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: El regreso de las golondrinas (2022).

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