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[Ensayo] El tiempo incinerado: La Moneda

¿Qué sucede cuando lo reprimido finalmente retorna? Regresa bajo formas que el sistema no puede digerir, como los movimientos sociales de 2011, la revuelta de 2019, las huelgas de grupos específicos, los estallidos de indignación: todo esto es, en términos estrictos, el retorno del inconsciente político quemado.

Por Mauro Salazar Jaque

Publicado el 18.1.2026

«El fuego neoliberal es fuego quieto, fuego que no se ve pero que quema sin cesar. Es la paradoja: movimiento que paraliza, velocidad que detiene la reflexión, libertad que encadena más que cualquier dictadura».
Mauro Salazar J.

1973 como escena originaria

La Moneda en llamas, 11 de septiembre de 1973.

No fue simplemente un edificio lo que ardió ese día. Fue, en sentido literal y profundamente simbólico, el inconsciente político de una nación siendo incinerada en directo. El Palacio transformado en humo, cancelando de la posibilidad del discurso público.

La institución que representaba la mediación entre Estado y ciudadanía se convierte en ruina humeante. Lo que emerge de esa destrucción es algo que aún hoy, 50 años después, no hemos podido nombrar completamente: la aniquilación de la capacidad colectiva de hablar sobre sí misma.

Pero el incendio de La Moneda no fue un acto aislado. Fue acompañado de una operación gemela que ha permanecido menos visible en la memoria oficial: la quema sistemática de archivos, la destrucción de bibliotecas, la incineración de registros que pudieran permitir la reconstrucción de una verdad alternativa.

Como aquel que quema documentos de un gobierno anterior para borrar evidencia, el golpe de 1973 intentó literalmente consumir con fuego los residuos de una palabra pública que no quería desaparecer. Las chinganas ardieron junto a La Moneda —esos espacios donde se reunía la plebe, donde circulaban libros prohibidos, donde se gestaba una crítica que no podía ser tolerada por el nuevo orden—.

Quemar archivos, quemar libros, quemar la Moneda. Tres actos del mismo gesto: la aniquilación del rastro. El fuego deja cenizas. Y las cenizas son testimonios irrefutables de lo destruido. La quema siempre fracasa en su propósito totalizante. Siempre queda algo que arde, algo que insiste, algo que retorna.

 

La represión del inconsciente político

La destrucción de la memoria crítica opera de manera análoga a la represión freudiana. No es mera supresión de objetos físicos (gesto político visible), sino algo más perverso: la desarticulación de la capacidad misma de leer críticamente.

Cuando se quema el potencial crítico de una tradición intelectual, lo que se intenta es interrumpir la cadena de significación que permite que generaciones futuras accedan a recursos analíticos. Es quema de la posibilidad misma de pensar.

¿Qué significa hablar del Palacio en llamas como inconsciente político? Significa reconocer que todo lo reprimido, todo lo negado, todo aquello que una sociedad no puede decir conscientemente, retorna de manera inevitable.

La Moneda ardiendo fue la irrupción violenta de aquello que la estabilidad institucional había mantenido bajo control: la lucha de clases, la posibilidad de una ruptura radical, la verdad de que el orden «democrático» descansaba sobre la represión permanente.

Así, lo que sucede entonces en los años posteriores es una operación sistemática de represión de ese inconsciente político. No se trata de gobernar simplemente con autoritarismo explícito. Se trata de hacer que el inconsciente quemado desaparezca completamente de la posibilidad del pensamiento, de convertir la quema en normalidad indiscutible.

El decreto 701 de 1974 sobre reforestación, Chacarillas 1977 con su liturgia de refundación patriótica, la desregulación financiera de los 80, las privatizaciones de los 90, cada una de estas medidas es simultáneamente un acto económico y un acto de represión del inconsciente político.

Chacarillas (con sus esvásticas) no fue simplemente un acto de habla presidencial. Fue una re-escritura de la escena originaria.

Mientras La Moneda ardía en la materialidad del fuego, Chacarillas encendía las antorchas de una «refundación patriótica» que era, en verdad, la institucionalización de la quema.

Los Chicago Boys no eran destructores caprichosos. Eran arquitectos de una segunda quema: la quema sistemática de aquello que La Moneda había liberado, la cancelación mediante neoliberalismo de aquello que el golpe había silenciado.

 

Velocidad psicopática

Existe una paradoja feroz en la estructura neoliberal chilena: mientras más rápidamente se privatiza, mientras más velozmente se desregula, mientras más ferozmente se convierte la vida en mercancía, mayor es la necesidad de represión del inconsciente que dice: «aquí hay fuego, aquí hay destrucción, aquí hay violencia». La vorágine del capital requiere de un silencio absoluto sobre sus propias condiciones de posibilidad.

La velocidad opera aquí como mecanismo de represión psicopolítica. No tolera la pausa. No permite la reflexión. Impide que la consciencia colectiva acceda a aquello que ha sido quemado y enterrado. El fuego neoliberal se diferencia del fuego visible de 1973 precisamente porque funciona mediante la aceleración.

Mientras más rápidamente circulan los capitales, mientras más velozmente se transforman los servicios en mercancías, mientras más instantáneamente se reconfiguran los espacios de existencia, menor es la posibilidad de que el sujeto acceda a una reflexión sobre sí mismo.

Los servicios financieros, la AFP, la salud privada, la educación de mercado, la vivienda especulativa —todo esto no es simplemente un sistema económico—. Es una máquina represiva cuya función es impedir que el inconsciente político pueda manifestarse.

Mientras todos estamos ocupados en endeudarnos, en competir, en luchar por sobrevivir económicamente, el inconsciente que ardió en La Moneda permanece reprimido bajo capas de obligaciones mensuales, deudas escolares, deudas de vivienda.

La velocidad de la desregulación es directamente proporcional a la profundidad de la represión psicopolítica.

 

La quema como lenguaje: lo irrepresentable

Existe una dimensión de la crítica contemporánea que insiste en lo siguiente: la visualidad del fuego se convierte en registro de lo irrepresentable. El fuego es lo que escapa a toda captura discursiva, lo que continúa ardiendo más allá de cualquier intento de simbolización.

Con todo, y en los términos que una crítica feminista de la cultura ha desarrollado con rigor, la quema es un acto de desvanecimiento, una operación donde lo que pretendía ser borrado deja marcas indelebles en el cuerpo social.

Las chinganas quemadas en 1973 representaban ese espacio donde la palabra podía circular sin censura previa, donde la crítica podía gestarse, donde la plebe tenía derecho a la palabra. Su incineración fue la quema de esa posibilidad.

En efecto, los archivos destruidos fueron la quema de la memoria escrita. La Moneda fue la quema de la institucionalidad. Pero lo que esta crítica nos enseña es que la quema nunca es completa. Siempre quedan fragmentos, siempre persisten rastros, siempre existe la posibilidad de una lectura desde los residuos.

La quema que no destruye totalmente deja abierta la posibilidad de reconstruir desde las cenizas lo que fue intentado ser eliminado. El trabajo crítico consiste precisamente en trabajar en esas ruinas, en los fragmentos quemados de la memoria intelectual, para recuperar lo que aún puede pensar, lo que aún puede resistir.

¿Qué sucede cuando lo reprimido finalmente retorna? Retorna bajo formas que el sistema no puede digerir. Los movimientos sociales de 2011, 2019, las huelgas de grupos específicos, los estallidos de indignación —todo esto es, en términos estrictos, el retorno del inconsciente político incinerado—.

Pero existe aquí una paradoja feroz: las rebeldías que irrumpen son inmediatamente incineradas nuevamente con un fuego higienizador. El sistema las consume como espectáculo, como catástrofes mediáticas que demandan reconstrucción, como momentos que generan oportunidades de negocios.

El sistema ha aprendido perfectamente cómo gestionar esa irrupción: mediante más represión, más velocidad, más privatización. Crea un Ministerio de Seguridad que promete orden. Ofrece más negocios en medio de la catástrofe. Propone que los afectados creen emprendimientos para solucionar la catástrofe que el mismo sistema produjo.

A más de 50 años después, en 2026, cuando los bosques del Sur arden sin control, cuando Valparaíso se quema nuevamente en sus cerros donde la pobreza y la exclusión tejen escenarios de vulnerabilidad incendiada, cuando La Araucanía arde bajo lógicas de despojo territorial y desregulación ambiental, cuando poblaciones enteras descubren que habitan territorios siniestrados, la clase política ofrece exactamente lo mismo que ofrecía en 1977: retórica de salvación patriótica, apelaciones a la unidad nacional, promesas de modernización.

La ironía es brutal: el sistema que incendió La Moneda en 1973 continúa incendiando todo lo que toca, pero ha perfeccionado el arte de hacer que el incendio parezca natural, inevitable, incluso deseable.

 

El trauma permanente

Una sociedad siniestrada es aquella donde el daño se ha inscrito en los cuerpos, en los territorios, en la imposibilidad de habitar. Chile, desde 1973, es una sociedad permanentemente siniestrada. Cada catástrofe renueva la herida. Cada incendio expone la verdad que no puede ser dicha: que vivimos en un régimen que requiere de nuestro daño para funcionar.

La palabra «reconstrucción» viene a sellar esa herida, a cerrar la posibilidad de elaboración del trauma. La transición democrática de 1990 intentó exactamente eso: administrar el fuego mediante la palabra «reconciliación». Como si fuera posible reconciliarse con quienes quemaron La Moneda, como si fuera posible olvidar mediante la promesa de modernización democrática.

Después, la Comisión Rettig fue un intento de nombrar el fuego sin permitir que ardiese. Fue un intento de transformar el inconsciente en documento, de convertir la quema en «registro histórico» que pudiera ser archivado, sepultado nuevamente.

Pero el inconsciente no se deja así fácilmente representar. Continúa retornando. Continúa ardiendo bajo la superficie de esas palabras: reconciliación, reconstrucción, transición.

Existe algo que la represión no logra eliminar completamente: la insistencia del trauma. Aunque La Moneda sea reprimida como tema de discurso público, aunque el inconsciente político sea cancelado de la posibilidad de simbolización, existe algo que continúa retornando.

Pequeñas grietas en la narrativa oficial. Momentos donde la violencia del sistema se vuelve visible. Instantes donde el ciudadano se da cuenta de que está siendo incinerado lentamente por un sistema que celebra la quema como modernización.

Los incendios de febrero 2024, como antes Valparaíso 2014, como antes Aysén 2017, son la expresión exterior de un inconsciente político que el sistema rehúsa simbolizar. Son la manifestación visible de todo aquello que fue reprimido hace 50 años.

Con todo, la vorágine del capital continuará su marcha, continuará quemándose a sí misma y a todo lo que toca, precisamente porque no puede permitirse la irrupción del inconsciente político reprimido.

En el momento en que el sistema permitiera que se hablara nuevamente de La Moneda, que se reconociera el fuego de Chacarillas, que se elaborara el trauma de la «transición que nunca fue», en ese momento su propia lógica sería puesta en cuestión.

Por eso la represión debe continuarse. Por eso la velocidad debe intensificarse.

 

¿Intelectuales de la incineración o experto indiferentes?

El fuego que estos intelectuales encienden opera de manera sofisticada. No consume visiblemente como La Moneda en llamas. Funciona mediante la semantización: convierte las cicatrices del pasado en «temas superados», transforma la represión en «necesaria transición», reescribe la violencia como «estabilización».

Cada concepto que proponen es un acto de incineración controlada. Dicen: «no es posible vivir en el pasado», «necesitamos modernización», «la reconciliación requiere amnesia». Son palabras que arden en silencio, que consumen sin humo visible.

La ironía reside en esto: estos intelectuales se presentan como defensores de la razón, con su acomodo cognitivo, cuando en verdad son arquitectos del silenciamiento. Su operación es más efectiva que la represión explícita porque asume la forma del discurso legítimo.

No niegan que ocurrió la quema. Simplemente argumentan que es «racional» no seguir hablando de ella, que es «maduro» dejar ir el resentimiento, que es «necesario» quemar los archivos del resentimiento para construir futuro. «Civiles y militares» fue la fórmula que Patricio Aylwin pronunció en 1990 para sellar la herida.

Tres palabras que pretendían operar como fuego purificador, como acto de borradura. La frase de Aylwin no fue palabra de paz: fue acto de incineración del inconsciente político. El fuego de la amnesia forzada

Pero aquí yace la verdad política: no se puede quemar el pasado sin quemar la capacidad de pensarlo. Estos intelectuales incineran juntos: la memoria y la posibilidad de acceso a ella.

Su fuego es más letal que el visible porque no deja cenizas. Deja sólo silencio. Y el silencio, para cualquier lectura que atienda a lo reprimido, es el signo más evidente de que allí ocurrió una quema.

¿Cuándo terminará esta quema? Cuando el inconsciente político pueda finalmente ser elaborado, cuando se permita hablar de La Moneda sin persecución, cuando la palabra colectiva recobre su capacidad de nombrar la verdad de la injusticia.

Pero mientras eso no suceda, mientras la represión continúe, mientras la «reconstrucción» siga siendo privatizada y la «reconciliación» continúe sepultando el trauma, la vorágine del capital seguirá alimentándose de ese fuego reprimido.

La Moneda fue incendiada hace 50 años. Desde entonces, todo continúa ardiendo. Y nada de lo que el sistema ofrezca podrá detener ese fuego, porque proviene de su propia estructura, de su imposibilidad de tolerar la palabra colectiva, de su necesidad patológica de reprimir continuamente aquello que fue quemado en 1973 y que insiste en retornar.

El fuego que pretendía silenciar deja huellas que siguen hablando. La memoria crítica persiste en su imposibilidad de desaparición total. Eso es su potencia política.

 

 

 

 

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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y doctor en comunicación por la Universidad de la Frontera-Universidad de Roma-La Sapienza, Roma (Dual PhD, 2024).

 

Mauro Salazar Jaque

 

 

Imagen destacada: El Palacio de La Moneda luego del 11 de septiembre de 1973.

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