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[Ensayo] «El triángulo de la tristeza»: Una metáfora sobre la búsqueda del sentido

Actualmente en la cartelera nacional, el largometraje de ficción del realizador sueco Ruben Östlund obtuvo la Palma de Oro a la mayor película en competición en el Festival de Cannes 2022, y pese a que fue nominada a tres premios Oscar (mejor filme, dirección y guion original), no pudo obtener ninguna de esas estatuillas, en el certamen que acaba de efectuarse en la ciudad de Los Angeles, Estados Unidos.

Por Horacio Ramírez

Publicado el 19.3.2023

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¿Qué es el «triángulo de la tristeza»? Es el breve conjunto de pequeñas arrugas en la piel que eventualmente se pueden formar en el entrecejo y que, según parece, preocupa mucho a los modelos y a los modistos de la «alta costura». Se forman por gestos que usualmente acompañan a la perplejidad, a la tristeza y a la preocupación.

De hecho, en Suecia, se lo llama «arrugas de preocupación», y de Suecia es Claes Olle Ruben Östlund, el director de El triángulo de la tristeza y que fuera candidata al Oscar a la mejor película (premio que al final ganó Sin novedad en el frente —2022— de Edward Berger).

De Östlund hubimos de analizar, en su momento, a El cuadrado y en ambas, Östlund se ocupa de destacar la banalidad que da el dinero —y su aliado, el poder— a la vida social de las personas. En El triángulo… abandona el arte como referente y nos deja una historia. Pero demos un paso atrás. ¿De qué se queja Östlund?

Empezamos afirmando que el director parece destacar primeramente una relación entre la banalidad y el dinero, cosa que requiere cierta aclaración. «Banal» era el espacio en común que compartían el señor feudal y el pueblo que vivía a su amparo, como zonas de cultivo, los hornos, etcétera.

«Ban» era el bando que proclamaba el señor, y relacionadas con esta raíz vienen las «bandas» y los «bandidos». Como sea, lo banal terminó significando «trivial» o «insustancial» ya que no diferenciaba a señores de plebeyos y el dinero es, precisamente, algo asimismo insustancial, y según la perspectiva de Östlund, el dinero torna en banal todo lo que toca.

Es el eterno problema entre la idea de justicia social e inequidad en materia de posesiones materiales y que el pecado de la posesión de dinero —o la lucha por obtenerlo o aparentar tenerlo— lleva a la ostentación de la banalidad del mismo dinero.

Y que no sólo hay personas pobres y ricas sino también —y cómo dudarlo— países ricos y países pobres y hasta empresas que manejan más dinero que naciones enteras.

El muy conocido abogado chileno Axel Kaiser Barents-Von Hohenhagen, llegó a explicar muy sencillamente que el hecho de quitarle al rico para darle al pobre siempre trae más problemas que soluciones.

Así —explica el autor— expropiarle todo el dinero al decil más alto de la población de archimillonarios chilenos apenas si alcanzaría para cubrir las necesidades económicas del país por medio año. Comenzando en enero, para julio habría que empezar a quitarle el dinero al decil subsiguiente para cubrir parte del segundo semestre y así sucesivamente.

Que haya capitales concentrados, entonces, no es el problema, el problema sería, en todo caso, cómo lograr que las clases sociales más bajas puedan mejorar su situación económica. Y por supuesto que eso no alcanza para que sea «justa» la distribución del dinero.

La cuestión es que puede llegar a creerse que la justicia en ese sentido —y quizás en cualquier sentido— puede llegar a alcanzarse alguna vez. Estamos acostumbrados a creer en la existencia de un mundo real que cumple con nuestras expectativas éticas, sin embargo, tal cosa no existe. No existe la «sociedad justa» en el sentido de una sociedad con justicia social.

El valor de justicia no se puede aplicar a algo que no sólo no tiene consciencia de lo justo o lo injusto sino que ni siquiera existe como «cosa». En efecto: se parte de la idea de que la sociedad es más amplia que el individuo, cuando en verdad, lo social nace en el individuo.

Así, el individuo es el que realmente existe en todo este entramado, y sus relaciones interpersonales se construyen a partir de las ideas que los individuos desarrollan en su magín acerca de lo que es la sociedad.

 

Las herramientas del control social

La justicia y la injusticia entran bajo el mismo principio. Por supuesto que lo justo es preferible a lo injusto, pero la realidad no comparte nuestra axiología sino que, por el contrario, es siempre neutra. Tal el problema que tienen los que sostienen pensamientos de izquierda o de derecha: la realidad es ambidiestra.

El comportamiento del hombre en un sentido o en otro no consigue la «realización» de los valores morales ni de los estéticos que pueda defender. En este sentido, la queja de Östlund se desarrolla no al nivel de la realidad externa al hombre, sino en la problemática moral que este esquema de ideas acerca de «clases sociales» e «injusticias sociales» genera en el mundo humano.

La banalidad de la posesión, por ejemplo, es reflejo de la inexistencia de la posesión fuera del imaginario humano: en un Universo, único, indiviso ¿qué sentido tiene la idea de «tener» algo? Por otro lado, la división en clases en la que parece centrarse el lamento de Östlund —y sobre la que se fundan todos los esfuerzos sociopolíticos—, se instala en el marco del universo interior del imaginario humano.

Basta una breve reseña antropológica al respecto: debemos la idea de clase social al concepto hinduista de «Dharma» que es la suma del orden cósmico —cuya disolución y reorganización involucra hasta a los mismos dioses— y que termina organizando hasta la vida social del hombre, estructurándola y armonizándola en castas.

De este gran grupo humano que fue el indoario, partieron ingentes grupos que invadieron Europa, desplazando a los habitantes originales y quedando sólo los vascos, los bretones y algunos grupos aislados: el resto quedó instalado en Europa conformando las etnias que conocemos hoy.

Pero los indoarios no llegaron solos: llegaron con algunas muchas de sus antiguas estructuras socioculturales incorporadas, y entre ellas heredamos la división en clases sociales como remanente de la división en castas.

No es infrecuente el creer que la división en clases es algo que realmente existe por sobre las personas, sus psiquismos y sus atavismos cognitivos. La clase social —como la raza o la cultura en la antropología— es uno de esos atavismos cognitivos a partir de los cuales organizamos nuestra visión del propio mundo humano, y en verdad, toda clasificación dentro de un sistema es más un recurso de simplificación para poder controlar el medio —en este caso, el ambiente humano que compartimos con otros— que un intento de simplificarlo para describirlo.

De este modo, izquierdas y derechas así como las clases sociales, constituyen herramientas de control social en las cuales ambos términos terminan creyendo: tanto el que busca la hegemonía en el entramado social como el que la combate, deben creer, por lo menos en parte, en la realidad efectiva de esos elementos.

No sabemos si el director Östlund cree o no en la división clases y en pensamientos de derecha e izquierda, pero sí sabemos que se siente en la obligación de combatir la trivialidad que desencadena en el comportamiento humano, tal modo de organizar lo real humano.

En este sentido, tal lucha por exhibir lo obsceno de lo social, nacido de los prejuicios que hemos denunciado, alcanzan cierto grado de plenitud en su cine que merece ser visto.

 

La nada banal del mundo

En El triángulo de la tristeza vemos una comedia que trata de disimular la profundidad de nuestra caída en estupideces con puestas en escena impecables donde lo hilarante y lo trágico transitan por diversos ambientes de la cultura y que desembocan gradualmente en una perspectiva general sobre la génesis del poder.

Oscilando como las olas del mar, se pasa del lujo y del exceso a la precariedad más visceral: dimensiones de la realidad que regulan vínculos sostenidos por la ficción de las diferencias sobreactuadas como síntoma de la patología social que representan esas mismas diferencias que, aunque ficcionales —como la división en clases— no se quieren asumir porque generan alguna clase de culpa.

La historia de Carl (Harris Dickinson) y Yaya (la malhadada actriz Charlbi Dean, fallecida por septicemia en agosto del 2022) es la de una pareja de modelos que comparten un viaje en crucero, aunque el filme comienza con herramientas de control social del modelaje y, más específicamente, con una entrevista a un grupo de modelos masculinos.

De ahí al casting, donde se les pide que se cuiden del «triángulo de la tristeza» de sus rostros y donde se presenta a uno de los modelos con el torso desnudo esperando el resultado del casting mientras un perrito le sirve de marco zoológico al conjunto, y de ahí saltamos a la pareja de Carl y Yaya.

Su presentación en el filme es una larga disputa —muy bien sostenida en su liviandad— por pagar la cuenta de una cena: quién es «lo masculino» en la relación por quién tiene más dinero. Hasta que el filme entra a su segunda parte: el viaje en el crucero de placer, invitados por sus seguidores en las redes sociales.

Se establecen los roles, como es espontáneo, según clases sociales, poderes adquisitivos, etcétera, trabajo versus capital, en definitiva, como medida de la apropiación del poder. En el comienzo de la travesía todo transcurre bajo la normativa tradicional, pero aparece el elemento estúpido: el capitán.

Por un extraordinario, aunque uno lamenta que sea tan breve tiempo, hace su aparición el irresponsable y borrachín capitán: un magnífico Woody Harrelson. Él sabía para qué día se esperaba una tormenta, pero aún así, se encierra en su camarote y pospone la esperada cena de gala del capitán hasta esa fatídica noche.

Y así como el minúsculo perrito enmarcaba conceptualmente la animalidad del modelo al comienzo del filme, comienza el mareo generalizado a cobrarse los diferentes ejemplos de glamour y elegancia con los que se suponía se tenía que vestir la cena. Y fue así como el maravilloso Harrelson es un espectacular monigote que concentra en esta parte de la película, lo caótico de la situación.

Ante una mujer de la «clase alta» que delira acerca de un velamen sucio —que obviamente no existe— se desparrama gente descompuesta y vómitos de personas y de inodoros.

Todo el contenido que se tenía que perder por la sentina del buque, vuelve a cubierta, y todo, literalmente, se va al diablo: las personas descompuestas ya son cuerpos inertes que resbalan al vaivén del barco entre sus vómitos y el derrame generalizado de inodoros y de litros de champán.

 

Una naturaleza humana sin salida

La figura del capitán se va disolviendo en su inoperancia y ya es casi devorado por el ruso Dimitry (el gran actor croata Zlatko Buric) en un delicioso y repugnante personaje de un pobretón devenido en millonario que exhibe sin pudores la verdad de la situación, personaje inspirado —lo comentamos de paso— en Dmitry Rybolovlev, el oligarca ruso que se hizo millonario vendiendo fertilizantes y famoso por haberse desprendido del Salvator Mundi de Da Vinci en el 2017.

Nuestro Dimitry vive con plena consciencia lo absurdo de todo porque él había escalado desde las sentinas de la sociedad hacia la lustrosa cubierta del majestuoso buque, y —en este sentido— opera como metáfora general del caos que se desata.

Declama el capitán por los altavoces leyendo un fragmento de Cómo funciona el mundo de Vaclav Smil: «Cómo se percibe la gente, no me interesa. Son muy pocos los que se van a mirar al espejo (en alguna parte del barco, cruza alguien de la tripulación tapándose los oídos) y dicen: ‘la persona que veo es un monstruo salvaje’. Sin embargo, se inventan algo que justifique lo que hacen…», y después reflexiona: «Son ricos, así que son filántropos y pueden curar su conciencia por no pagar suficientes impuestos. Por no contribuir lo suficiente a la sociedad», y en ese momento estalla un inodoro.

Luego, y ya con el barco a oscuras, afirma: «Mi gobierno asesinó a Martin L. King; Malcolm X y los hermanos Kennedy. Mi gobierno derrocó a los líderes (…) de Chile, Venezuela, Argentina, Perú, El Salvador, Nicaragua, Panamá y Bolivia. Con Gran Bretaña nos repartimos el Medio Oriente, creando países con fronteras artificiales e instalando dictadores títeres. La propia guerra se convirtió en nuestra industria más lucrativa. Por cada bomba que estalla, alguien gana un millón de dólares», y mientras su perorata sigue, un barco pirata que detectó que el buque estaba en problemas, lo acecha para abordarlo.

Al mismo tiempo, en cubierta, un tierno y amante matrimonio de ancianos (él, no en vano llamado Winston —Oliver Ford Davies— y ella Clementine —Amanda Walker—) dedicados a la fabricación y tráfico internacional de armas, termina haciendo explotar una granada, no sin antes, y con un toque de humor negro, mirar lo que tiene su mujer en las manos, y ella que le pregunta: «Winston, ¿no es ésta una de las nuestras?».

 

Un naufragio permanente en nosotros mismos

Tras una gran explosión, el buque se hunde y llega un grupo de náufragos a la costa de una isla. Entre ellos están, obviamente, los protagonistas, Carl y Yaya; el ruso Dimitry; Abigail (la fortísima intérprete filipina, Dolly de León) y una señora paralítica de medio cuerpo: Theresa (Iris Berben).

En este punto podemos detenernos un poco en un error de continuidad: porque en su aparición inicial tiene paralizado el brazo derecho y tras el naufragio tiene paralizado el izquierdo, pero poco importa, como tampoco importa mucho que Dimitry haga una oración en la playa en croata, siendo que era ruso.

Así, en este nuevo escenario, la que se sometía mansamente a los ricos y limpiaba su suciedad, Abigail (la filipina Dolly de León), será ahora la que, por saber atrapar los animales que se guarecen en la playa y cómo sobrevivir en un ambiente natural —e igualador— pasa a controlar la situación del grupo.

Y no sólo conserva el mejor sitio para dormir y la mejor comida sino que también «captura» a Carl como su pareja. Yaya acepta la situación y hasta se amiga con Abigail, y desde esa precaria amistad nace un final que, por supuesto, no adelantaremos pero que sí podemos afirmar que cierra acertadamente el mensaje principal de Östlund.

El director supo armonizar los muy variados elementos que se articulan en el filme: juega con el asco en medio de la abundancia; establece un antagonismo excitante entre la comedia y lo repulsivo y se pone serio en el discurso del capitán acerca del poder y su relación con la sociedad.

No explica —y no tenía por qué hacerlo— si los utopismos socialistas, de puro inútiles, terminan siendo un contrapeso a un eventual utopismo de derecha igualmente inútil, y entonces, si el socialismo y el capitalismo no constituyen más que respuestas tan vanas, artificiales y banales como la lucha por el poder y por el «tener», ¿qué nos queda?

Quizás la respuesta esté en el desarrollo de la tercera parte de la cinta: un naufragio permanente en nosotros mismos que revela una naturaleza humana sin salida, sin explicación ni solución: somos este naufragio que somos y el mismo naufragio inventa, en una isla, salidas inexistentes por izquierda o por derecha, como lo ambiguos brazos de Therese.

El triángulo de la tristeza ganó la Palma de Oro de Cannes como mejor película y no pudo alzarse con ningún Oscar de los tres en los cuales había sido candidata. En total tuvo 68 nominaciones y ganó veintiún premios internacionales. Dentro de todo, una buena cosecha para una película entretenida a la vez que interesante.

 

 

 

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Tráiler:

 

 

 

Horacio Ramírez

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años:

Reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad —el Dr. Héctor Blas Lahitte— que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se auto promovían y auto justificaban.

La religión —el mal llamado ‘mormonismo’— terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba sin retorno… La práctica de la pintura —realicé varias exposiciones colectivas e individuales— me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés. Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…

He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética.

Horacio Ramírez actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos, sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

 

*Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.

 

Imagen destacada: El triángulo de la tristeza (2022).

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