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[Ensayo] «La caza»: La situación se torna sin salida

Disponible en YouTube con 73 nominaciones —incluyendo al Oscar a la mejor película en habla no inglesa— y 38 premios obtenidos, este filme del realizador danés Thomas Vinterberg es una hermosa joya del cine para apreciar y aprender acerca de los confusos límites que pueden coexistir legítimamente entre la verdad de la mentira y lo torcido de lo real.

Por Horacio Ramírez

Publicado el 1.6.2023

¿Alguien recuerda el Dogma 95? Fueron un par de daneses, Lars von Trier y Thomas Vinterberg, los que establecieron diez reglas que cualquier película Dogma debería cumplir. Este estilema estuvo en parte basado en el espíritu de «Une certaine tendance du cinéma français», escrito por  François Truffaut en 1954.

Estas normas, resumidas, fueron conocidas como el «Voto de Castidad» que obligaba los rodajes deben ser en locaciones reales. No se puede decorar ni crear un set. Si un objeto es necesario para la historia, se debe buscar una localización que los contenga. El sonido no puede mezclarse separadamente de las imágenes por lo que no debe usarse música, a menos que ésta esté en el mismo lugar donde la escena se está rodando.

Al respecto sólo se rodará cámara en mano. La película tiene que ser a color sin luces especiales o artificiales. Se prohíben efectos ópticos y filtros. La película no puede tener acción o desarrollos superficiales: no se pueden mostrarse armas ni pueden ocurrir crímenes en la historia.

Se prohíbe la alienación temporal o espacial y no se aceptan películas de género. El formato de la película debe ser el «Académico» de 35 mm (1.37:1, utilizado en películas como El gran dictador o Casablanca) y el nombre del director no debía aparecer en los créditos.

Este, para muchos, ridículo dogma nunca trascendió acabadamente.

De hecho, Vinterberg, confesó haber cubierto, en una escena, una ventana con papel para obtener una iluminación buscada que no existía en la realidad, durante la filmación de La celebración (Festen, 1998) el primer filme del Dogma 95, y en esta Jagten que nos ocupa, en varias tomas se ve a la cámara bien establecida sobre un pie para lograr quietud absoluta en la imagen —aunque hay mucha cámara en mano—.

También se ha decorado una iglesia por dentro para que parezca navideña, se ha añadido música y el apellido Vinterberg aparece bien claro y bien solo en los créditos finales como su director (además de guionista junto a Tobias Lindholm).

El Dogma 95 que tanto había llamado la atención y del que tanto se había escrito y hablado en aquellos años, es hoy un inofensivo disparate para curiosidad de historiadores del cine.

Jagten es una excelente película, una joya de actuación la de Mads Mikkelsen sobre quien descansa el filme entero, aun en los momentos en que no está físicamente presente, y que lo eleva como, quizás, uno de los mejores actores europeos actuales.

Es cierto que tiene una «máscara» muy particular, ideal para ser actor de primerísimos planos y situaciones «dramáticas», especialmente en sus poses rudas, pero también es capaz de alcanzar tiernos rasgos de simpatía a pesar de la dureza de sus rasgos, apoyándose, en el caso de este papel en especial, en unos anteojos que le asignan una fragilidad extra al personaje.

 

Rituales

El equinoccio de otoño, en las latitudes de Dinamarca —equivalentes a las de Tierra del Fuego en el Hemisferio Sur—, empieza a traer las largas noches, la caída dorada de hojas en los antiguos bosques caducifolios y el inminente frío del invierno y las primeras nevadas.

Así, en relación con este panorama —donde tradicionalmente ya se había recogido los frutos de la tierra sembrados desde la primavera— el filme comienza con uno de los dos rituales equinocciales —de otoño— más comunes que se celebran entre varones en el norte de Europa, uno de los cuales es el baño desnudo —o en paños menores— en algún lago de agua dulce y, por cierto, bien fría.

El otro ritual es el de la iniciación masculina de los jóvenes a través de la caza de un ciervo colorado macho de varias puntas. Lucas caza el suyo en total soledad y acude a una reunión de varones, de alcohol y pura testosterona que caracteriza a estos rituales.

Lucas es maestro de un jardín de infantes. Su relación con los chicos es franca y divertida para ambos bandos. Los niños aguardan y espían su llegada para «darle caza» e iniciar el juego de abordarlo todos los días para jugar, y una de las tomas ha sido hecha con cámara oculta para captar el gesto puro del niño que, emboscando a su presa, el maestro, no está actuando —al modo de Truffaut en Los 400 golpes de 1959—.

A esta caza de juego, con su contraparte real en las tradiciones del norte, se habrá de sumar a una tercera caza que comenzará a partir de una breve serie de circunstancias fortuitas que rodean a la hija (Klara: Annika Wedderkopp) de uno de sus mejores amigos: Theo (el legendario Thomas Bo Larsen).

Se trata de una niñita alumna de Lucas que se siente marginada en su propio hogar y busca en su maestro y amigo de la familia el amparo y cariño que no siente en su hogar. En una escena de «juegos brutos» entre chicos varones y Lucas, Klara se lanza sobre él y le da un beso en la boca. El maestro detiene todo rápidamente y trata de orientarla al respecto.

También se aparece en su casa «perdiéndose» adrede y en más de una ocasión es acompañada por el maestro a solas hasta su casa. A eso se le suma un par de muchachos que, jugando entre ellos, le muestran una imagen pornográfica a la nena.

Los ingredientes estaban completos: sólo había que agitar la mezcla. Rechazada —y a sus ojos, traicionada— por Lucas, Klara cuenta una ficción de abuso sexual a la directora y ahí comienza el infierno para el maestro.

 

Entre verdades y mentiras

En lo formal, la esencia de la película es mostrar cómo escala, por un entramado de presupuestos y prejuicios, la mentira de la niña. Pero también muestra la forma en que la verdad toma en el espíritu de la niña: aunque no dice la verdad, es verdadero el mundo que la lleva a decir lo que dice.

Bajo este sentido, la mentira termina siendo una forma de la verdad para la chica. El diablo ha metido la cola, y su cola es esa verdad: el gran «Calumniador» bíblico (el que traiciona a «el Verbo») engaña con una retorcida forma de autenticidad en la cual, seguramente, hubiéramos entrado todos.

En el mundo de los adultos, Lucas va cayendo como caía el ciervo que él había cazado: escupido, insultado, despreciado, golpeado hasta la herida, se ve enlutecido por una condena social abrumadora que le hace perder hasta la novia con la que quería reiniciar una vida en familia.

Así, el hecho es que la verdad de la niña, en su inocente búsqueda de afecto, descomponía la percepción de lo real por parte de los adultos. El único aliado que le queda es su hijo Marcus (Lasse Fogelstrøm), pero esto no le alcanza.

El trabajo de demolición sobre Lucas se realiza a partir de la dificultad del adulto de comprender el peligro del atajo social del prejuicio, esto es: el juicio de antemano que facilita —la más de las veces, traicioneramente— las relaciones sociales como lo que se argumenta rápidamente en la cinta.

«Los niños no mienten», se apresura a decir la directora o cómo se entiende a la verdad en tanto que coincidencia entre lo que se dice y lo que sucede, cuando a veces, simplemente, se ve la sombra de una verdad a la que no se alcanza a ver representado, en este caso, por la psicología de Klara.

Ante una situación de abuso infantil estamos muchas veces frente a lo incomprobable tanto por parte de la presunta víctima como por parte del victimario y la situación se torna sin salida.

Los grupos rituales de cacería del ciervo ahora son una temible «reunión de padres» en la escuela y la víctima propiciatoria, Lucas, lo que termina propiciando es una firme y a la vez falsa base moral para aumentar la autopercepción de «bondad» para todos los demás miembros del pueblo: todos terminan sintiéndose «mejores» mostrándose impiadosos ante «el pervertido».

No obstante, hundidos como están todos los personajes en esta aporía social, Vinterberg se apoya nuevamente —ya lo había hecho en La celebración— en lo afectivo: en la reunión de Navidad en la iglesia del pueblo, ocurre el desbarranque final de Lucas, el cual lo lleva hacia una situación exquisitamente violenta, justo al momento en que su amigo y compinche de juventud, Theo, sentado unas bancas más atrás, «ve» la verdad más allá de la lógica «infalible» de los hombres, a pesar de que la verdad fue hábilmente administrada por «el calumniador».

Jagten no es una película grande. Su verdadero tamaño, en todo caso, se alcanza a ver en el interior de los personajes: aunque —como dijimos— Lucas carga sobre sí el peso de la trama, el contexto de personajes brinda una base sólida, la que, sumada a su gran calidad cinematográfica y un montaje excelente de escenas y planos, todos perfectamente estables en sus tiempos, logran resaltar las emociones —la sustancia última del filme— con una deliciosa y apabullante efectividad.

Y sin spoilear el minuto final de la película, diremos que en él, el director y guionista nos advierte sobre una caza más grande aún que se da en la esfera de lo humano y de la que no es posible —al parecer— escaparse.

Disponible en YouTube con 73 nominaciones —incluyendo al Oscar a la mejor película en habla no inglesa— y 38 premios obtenidos, Jagten («Cazado», en alemán) es una hermosa joya del cine para apreciar y aprender acerca de los confusos límites que pueden coexistir legítimamente entre la verdad de la mentira y la mentira de la verdad.

 

 

 

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Tráiler:

 

 

 

Horacio Ramírez

 

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años:

Reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad —el Dr. Héctor Blas Lahitte— que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se auto promovían y auto justificaban.

La religión —el mal llamado ‘mormonismo’— terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba sin retorno… La práctica de la pintura —realicé varias exposiciones colectivas e individuales— me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés. Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…

He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética.

Horacio Ramírez actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos, sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

 

*Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.

 

 

Imagen destacada: La caza (2012).

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