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[Ensayo] Nuevas lecturas de los cuentos de hadas: Hacia una pedagogía regeneradora

Tanto el volumen de la escritora argentina Ana Llurba, titulado «Érase otra vez», como el filme del director irlandés «En compañía de lobos», abordan el clásico tópico estética de la literatura infantil, desde una óptica novedosa y renovadora para el género.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 22.9.2021

«Los cuentos de hadas superan a la realidad, no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos».
Neil Gaiman

Dos obras —una escrita y otra audiovisual— en torno a los cuentos de hadas tradicionales que son reinterpretados ahora y aquí con voluntad pedagógica regeneradora:

Un excelente ensayo editado este año que es obra de Ana Llurba, polifacética escritora argentina que ha residido en Barcelona y que actualmente vive en Berlín.

Y un filme de culto dirigido por el irlandés Neil Jordan en 1984 que fue galardonado como mejor película en la edición de ese año del Festival de Sitges.

 

«Érase otra vez», de Ana Llurba

Este lúcido estudio tiene como una de sus principales virtudes el condensar en pocas páginas la enorme riqueza de los cuentos populares.

Relatos calificados “para niños” —aunque sabemos que desde siempre han interesado a públicos de todas las edades— cuyas raíces se asientan en la tradición oral y que fueron recogidos por Charles Perrault en las postrimerías del siglo XVI quien los transcribió y reescribió en su Cuentos de mamá ganso, todo un clásico de la literatura infantil.

Posteriormente los célebres hermanos Grimm recogerían y versionarían esos mismos relatos orales —y más— en su Cuentos de la infancia y del hogar (1812), otro clásico atemporal.

Ambas recopilaciones han logrado inmortalizar numerosos cuentos que probablemente se hubieran perdido por el paso del tiempo. Son historias fantásticas que suelen iniciarse con el evocador “Érase una vez…”, expresión que la ensayista argentina nacida en Córdoba (1980) ilustra bellamente en todo su significado con estas palabras:

Érase una vez como una invocación, como un recuerdo de la voluntad humana por descubrir otros territorios; un rastro de nuestras expectativas, de los horizontes de nuestras fantasías colectivas.

Érase una vez es sobre todo una invitación a suspender la verosimilitud y nuestras frágiles certezas sobre una resbaladiza convención que llamamos ‘realidad’.

Esa invocación al descubrimiento ha atraído y atrae a muchos estudiosos, así los cuentos de hadas han sido analizados desde su publicación escrita por pensadores y creadores de todo tipo en la búsqueda de sus ricos significados simbólicos.

Llurba repasa muchos de esos trabajos no sólo literarios sino también de otras artes, especialmente analiza algunas de las numerosas obras cinematográficas realizadas entorno a esos cuentos clásicos que forman parte de nuestro imaginario colectivo.

Y su mirada pone el foco en las interpretaciones más recientes (de las últimas cinco décadas) que buscan nuevas lecturas acordes con los nuevos tiempos que se vislumbran a pesar de tantas trabas y reticencias retrógradas. En sus palabras:

Érase otra vez, no para repetir o imitar volviendo a relatar lo mismo, sino para atisbar nuevos horizontes y nuevas mitologías más inclusivas y, ojalá, más emancipadoras.

En este sentido, muchas de esas reinterpretaciones las firman mujeres —la voz femenina antaño silenciada y ninguneada— que buscan dejar atrás la histórica discriminación de género que a menudo destilan esos textos.

Es el caso de la británica Angela Carter quien en su ensayo La cámara sangrienta (1979) aspira a refundar el pasado y proyectar nuevos futuros igualitarios, así lo expresa en su prólogo que Llurba transcribe:

Que yo y otras mujeres vayamos buscando heroínas de cuentos de hadas en los libros es otra versión del mismo proceso: deseo validar mi reivindicación de poseer una parte equitativa del futuro y expreso para ello la exigencia de que me concedan la parte del pasado que me corresponde.

Y es precisamente esta brillante periodista y escritora la responsable del guion de un excelente filme que ahonda y reinterpreta uno de los más famosos cuentos de hadas (aunque sin hada alguna): La caperucita roja.

Película que estudio a continuación, y debo advertir que inevitablemente dicho análisis contiene spoilers.

 

«En compañía de lobos», de Neil Jordan

El lobo, el animal salvaje que habita en los densos bosques. Y asociado a este animal pariente del “mejor amigo del hombre” el mito del hombre lobo o la animalidad que somos y que ha sido históricamente encerrada bajo el disfraz de la “superioridad” racional.

Y este animal que reina en la noche como coprotagonista del legendario cuento de La caperucita roja. Es reconocida su alegoría al miedo humano a esa animalidad salvaje y más específicamente al miedo a la sexualidad de la mujer virgen (especialmente púber), el miedo al lobo hombre en sí misma y en el otro (comúnmente hombre).

La película ahonda en el cuento popular creando un preliminar muy elaborado que le permite desarrollar una lectura más allá del relato original con voluntad pedagógica inclusiva.

 

La escritora Ana Llurba

 

La precuela del cuento

Aquí la joven protagonista se llama Rosaleen (la rosa, la bella flor que se ofrece y se protege) acaba de perder a su hermana Alicia que ha sido devorada por los lobos. La joven murió con los labios pintados carmesí, Rosaleen ya no es una niña y como adolescente también despierta al ardor del deseo que “consumió” a su hermana mayor.

Consciente de ello, su abuela pretende inculcarle miedo, un miedo fruto de su propia experiencia con su primer hombre quien desapareció la noche de bodas para regresar años después descubriendo que había creado una familia con otro.

Y ese hombre transmutó lobo en rabia muriendo degollado a manos del nuevo esposo, se nos muestra cómo su cabeza cae simbólicamente en un barreño de leche o el alimento de la madre/feminidad que el lobo-hombre desea y la mujer le niega.

Para la anciana, Alicia estuvo sola en el bosque sin nadie que “la salvara” (sin hombre que la protegiera) pero Rosaleen no entiende esa dependencia y le pregunta por qué su hermana no pudo “salvarse” a sí misma.

La abuela no se achanta y persiste con un represor “tú no sabes nada de estas cosas” para seguir instruyéndola advirtiéndole de los peligros de alejarse del sendero que atraviesa el bosque, el sendero conocido trillado por todos y que desde el poblado conduce al hogar de la anciana.

Lo hace con estas palabras: “Nunca te apartes del sendero, estarías totalmente perdida, las bestias salvajes no conocen misericordia, nos esperan en la sombra del bosque”.

Jordan resalta ese temor poniendo el foco en los animales del bosque en inquietante actitud amenazadora.

Pero a pesar del miedo, la ambivalente abuela le confecciona la simbólica capa roja que había iniciado para su hermana, ese potente rojo pasión que nadie más luce en el poblado de vestimentas tan apagadas como sus aldeanos y que es imagen de la sangre menstrual propia de su ser ya mujer.

Y a la vez —como el carmesí de sus labios pintados— es expresión del ardor sexual que en ella late como loba que desea lobo.

Un rojo pasión que se destaca en la iglesia en su estreno durante la homilía dominical del Cristo de la pasión dolorosa. Una homilía que versa sobre la animalidad, el pastor diserta a propósito de un pasaje del evangelio sobre lobos y corderos y otros animales antagónicos que han de cohabitar o la búsqueda de la armonía en la dualidad propia de este extraño mundo en el cual vivimos.

 

El cuento renovado

Y llega el célebre día de la visita a la abuela con el cesto de comida que prepara la madre. La madre, una mujer en pareja a la que Rosaleen consulta también para contrastar las opiniones de la anciana solitaria, ella discrepa asegurando sabiamente que “si hay una bestia en el hombre encuentra a su pareja también en la mujer”.

Ese día invernal en un bosque cubierto de nieve caperucita Rosaleen encuentra por el camino a un enigmático cazador con el que mantiene un pulso de tintes eróticos. Y acaba aceptando su juego, la apuesta por quién llega primero a casa de la abuela, si pierde él le entregará su simbólica brújula que le permite no perderse nunca, si pierde ella se besarán.

Gana el astuto hombre lobo quien decapita —de nuevo el cortar cabezas, que puede interpretarse como el cortar el poder que ostenta la razón humana— a la anciana, la cabeza cae esta vez en el simbólico fuego del hogar y de la pasión desnuda que ella teme y él encarna.

Al llegar Rosaleen se enfrenta con valor a ese lobo hombre con el que conversa sobre su condición, él afirma que pertenece a los dos mundos (el humano y el animal) pero que su hogar es “ningún sitio” o –entiendo- la dificultad de encajar de aquellos que se saben ambivalentes en un mundo de radicalidades dogmáticas como el nuestro.

Y cuando ese hombre lobo en ese acercamiento erótico iniciado en el bosque le invita a lanzar su capa roja al fuego, ella le espeta que los de su raza no pueden tragarse los pelos –según le enseñara la abuela quien creía que los peores lobos eran los que tenían pelos dentro que entiendo como los que escondían/reprimían su animalidad- ni la ropa –el animal no la necesita- mientras en su instinto protector lo hiere con su propia arma de cazador, cazador ahora cazado pero no muerto.

Porque la joven le teme pero en oposición a la abuela y a la mayoría de los aldeanos no busca acabar con él, Rosaleen se compadece del hombre lobo herido y lo mima, “lo siento, nunca supe que un lobo podría llorar” asegura conmovida.

Entiendo que en ese sentir Rosaleen reconoce la animalidad también en ella y por ese motivo evoca una fábula en la que la protagonista es una niña pre-adolescente loba que sale del pozo –la profundidad oscura temida de donde surge el agua de vida y regeneración- del poblado sin intención de hacer daño. Sin embargo es herida por el miedo de los lugareños viéndose obligada a regresar a las profundidades.

En este sentido se interpreta el que cuando llega la madre a casa de la abuela vea una loba con el colgante crucifijo de Rosaleen, la mujer comprende lo ocurrido y evita que su cegado esposo la mate. La loba late ya en nuestra protagonista, lo vemos en las simbólicas imágenes que concluyen el filme:

La joven loba se une a ese lobo herido y a la manada de lobos que observaban a la pareja desde el exterior del hogar de la abuela. Y la manada que penetra en la mansión familiar invadida por hojas e hiedras (la naturaleza interior o el bosque interior) y se nos muestra cómo a través de un retrato femenino sobre el fuego del hogar (la imagen o la máscara) llegan hasta la habitación donde la joven despierta de su sueño, la misma habitación y la misma vestimenta que la hermana, su espanto ante los lobos que lo destrozan todo (por los suelos un ambivalente payaso y unos cristales rotos).

Sobreimpresa una moraleja satírica dirigida a las jóvenes féminas:

¡Ay de aquella que el sendero deja! No os fieis de ningún forastero si queréis elegir vuestro derrotero. Sed bellas pero también sagaces, un lobo se esconde tras mil disfraces. Ahora como antes es evidente una verdad: cuanto más dulce la lengua, más afilado el diente.

No obstante este final entiendo que está abierto a diferentes interpretaciones y a la vez nos cuestiona sobre qué es realidad y qué es onírico en la historia relatada (y de paso en nuestras vidas).

Un cuestionamiento en la línea que apuntaba Llurba en su ensayo al hablar del cuento de hadas como una invitación a suspender la verosimilitud y nuestras frágiles certezas sobre esta resbaladiza convención que llamamos “realidad”.

Así que empleando otra cita de su ensayo “Y colorín colorado… el cuento aún no se ha terminado”, a ver qué final nos brinda…

 

***

Jordi Mat Amorós i Navarro es pedagogo terapeuta por la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos», de Ana Llurba (Wunderkammer, 2021)

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: En compañía de lobos es una película dirigida (1984).

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