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[Ensayo] «Pasajeros de Babel»: La poesía como arqueología

La autora de origen italiano Gigliola Zecchin escribe desde la delicadeza de quien sabe que el lenguaje es siempre un préstamo y lo trabaja con una economía notable. Por eso, sus imágenes buscan una resonancia lenta, casi subterránea, y su libro se lee como un cuaderno de desalojos (geográficos, lingüísticos, íntimos), donde cada línea parece concebida desde un borde, o la conciencia de que la lengua —como la historia— siempre llega un poco tarde a lo que intenta decir.

Por Ana Arzoumanian

Publicado el 11.4.2026

Leer Pasajeros de Babel de Gigliola Zecchin (Vicenza, Italia, 1942) exige acordar, desde el comienzo, una premisa que George Steiner sostuvo a lo largo de su obra crítica: todo acto de lenguaje es, en el fondo, un acto de traducción.

Traducimos la experiencia al signo, la memoria al ritmo, la historia al fragmento verbal. En ese sentido, el libro de Zecchin se sitúa exactamente en ese territorio que se llamaría el espacio posterior a Babel, el lugar donde las lenguas ya no coinciden con el mundo y donde cada palabra carga el peso de una pérdida.

El título mismo anuncia esa condición. No somos habitantes de Babel, ni constructores de su torre; somos pasajeros. Es decir, transitamos por un sistema de lenguas rotas, de historias superpuestas, de civilizaciones que se han narrado unas a otras mediante la violencia, el comercio o la fe.

Palabras fugitivas/ los montaron para siempre// el cacique// amarró su lengua/ al suelo.

En Gigliola la historia resuena en metáforas casi arqueológicas. Lo que el poema ofrece es un campo de ruinas verbales. La poesía funciona entonces como una excavación. Cada verso levanta un sedimento; la lengua del conquistador, la lengua indígena, la lengua religiosa, la lengua del migrante. Y otra vez Steiner, quien habría reconocido aquí lo que dio en llamar la «estratigrafía del lenguaje», el hecho de que toda palabra contiene capas de tiempo.

Con todo, ese trabajo de capas se vuelve particularmente visible en poemas como «Urdimbre». Allí la historia económica del continente —oro, minas, esclavitud, látigo— aparece tejida como un telar y los versos se vuelven también un sistema de nudos, una sintaxis breve que ata historia, violencia y silencio.

Hay un motivo central en el libro, decisivo: el desplazamiento. El poema «Migrantes» condensa esa condición con una precisión casi lapidaria: solo traen en la mano / la línea del destino. El migrante es, literalmente, un portador de signos mínimos. Su identidad es una línea, una inscripción en la palma. La lengua que trae consigo es frágil, pero es también lo único que permanece.

Viajo en las voces/ escucho.

Zecchin escribe desde la delicadeza de quien sabe que el lenguaje es siempre un préstamo y lo trabaja con una economía notable. Sus imágenes buscan una resonancia lenta, casi subterránea. De este modo, el libro se lee como un cuaderno de desalojos; geográficos, lingüísticos, íntimos.

Cada poema parece escrito desde un borde, desde la conciencia de que la lengua —como la historia— siempre llega un poco tarde a lo que intenta decir.

 

Desde una herencia sustituida

Leer a Gigliola Zecchin desde una sensibilidad italiana implica reconocer inmediatamente una tensión antigua; la del desarraigo que no se resuelve en nostalgia, sino en una forma de respiración. En la tradición de los escritores italianos que atravesaron los mares, la palabra nunca es completamente doméstica; siempre conserva un resto de extranjería. La poesía de la autora parece habitar precisamente ese umbral.

Hay en su escritura algo que recuerda a ciertos tonos de Eugenio Montale: la escena contenida, el paisaje que no describe, sino que revela una ausencia. Pero Zecchin escribe desde otro litoral, el de la experiencia mestiza de América.

Por eso podría decirse que la poesía de la autora no imita la tradición italiana, sino que la prolonga desde otra orilla. Hereda de Ungaretti la intensidad del fragmento y de Montale la austeridad interrogativa sobre el mundo, pero introduce una dimensión que en ellos apenas aparece, la experiencia de la migración cultural.

En la tradición lírica italiana, la palabra suele tener una densidad mineral. Cuando esa tradición llega a la Argentina, algo se desvía. La lengua pierde el paisaje que la había sostenido —las costas de Liguria, las piedras mediterráneas, la memoria de las guerras europeas— y debe reconstruirse en otra geografía. La pampa, el puerto, los barrios.

Cada puerto/ espera/ oraciones secretas/ de pastores/ que nunca vieron el mar.

De modo tal que en el libro de Canela (el seudónimo de Zecchin) la poética se escribe desde una herencia sustituida. No se trata de reproducir la tradición italiana ni de integrarse completamente en la literatura nacional. Se trata más bien de habitar el intervalo entre ambas.

Mi pie vacila / cuando se apoya en la piedra.

 

Un lugar para permanecer

Ahí comienza todo: no en el camino, sino en la duda del cuerpo. El pie —esa primera inteligencia— titubea. Y en ese titubeo se abre una posición política, no hay dominio del mundo, hay contacto frágil con lo que resiste. Zecchin escribe el Tao como herida mínima del equilibrio.

Pero el poema no se entrega a la pureza oriental como exotismo. A la espalda está «el dolor enmascarado» y esa máscara es occidental. No hay Tao sin resto, sin esa violencia que no se deja nombrar del todo

Es tiempo de nacer otra vez. El nacimiento como ejercicio, como una práctica del despojo.

De esta manera, el Tao en Zecchin no es camino: es resto del camino. El Tao, en Zecchin, es aquello que, al nombrarlo, ya se ha ido. Y, sin embargo —o por eso mismo— permanece como un leve siseo en la página.

Antes de ser una torre, Babel fue un deseo. El deseo de hablar sin distancia, de construir una lengua tan alta que pudiera tocar el cielo. La dispersión de Babel fue el nacimiento de la diferencia.

Babel, entonces, no es el lugar donde las lenguas se separaron. Es el lugar donde comenzó la conversación infinita del mundo. Y esa conversación —incompleta, llena de malentendidos— es también la forma más profunda de nuestra comunidad.

Tal vez allí resida la verdadera lección del lenguaje: ninguna lengua es completamente nuestra, pero todas pueden volverse habitables. La hospitalidad lingüística consiste justamente en eso, en reconocer que el idioma es una casa abierta, una tribu de palabras donde el extranjero —y también nosotros mismos— puede encontrar, aunque sea por un momento, un lugar para permanecer.

Perdonen todos/ quizá no encuentre la última palabra.

 

Migrantes

solo traen en la mano
la línea del destino

indeleble
el delito de las palabras
llegará

cada puerto
espera
oraciones secretas
de pastores
que nunca vieron el mar.

 

Kazimir

él temía quizás a su mujer
la retrató

se dispuso a morir

después
dejó atrás
el sol del diablo

quería un poniente
desierto
otra tierra

cabalgó en pelo
conoció el vértigo
del sur

chispeantes los cascos
al pie de las bardas
antiguos huesos

el faro del fin del mundo
con sus siete lámparas

dominio de los onas
blanco sobre blanco

Malévich
los vistió para la ópera.

 

Brotes extraños

crecen en el centro de mi mente

tentáculos
abiertos como dedos

en el aire
no hay cielo

más bien una diáspora de nubes
y un sol que muere así

anunciando el frío

quizá venga un extranjero
en ese instante en que la noche se decide

y me marque el destino
sin que duela

el alma se confunde y espera
una sombra de luz

el aguanieve
escarcha los senderos

perdonen todos
quizá no encuentre la última palabra.

 

La belleza de la vida me es ajena

cayó la tarde así
como un tormento

no sé por qué no fui
quemada
en una hoguera
sin saberlo
cerrando los ojos

y al fin supe
que en una tarde como esta
todo se recuerda.

 

Para mí misma

andarás despacio
cada vez más despacio

en el solo camino
tu huella
y la huella sutil
de ese pájaro

él recoge
las migas del pan
que caen de tu mano

sabio es
el pico del destino.

 

 

 

 

 

***

Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.

De formación abogada (titulada en la Universidad del Salvador), ha publicado los siguientes libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos, los relatos de La granada, Mía, Juana I, y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.

Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar.

Asimismo, fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.

Filmó en Armenia y en Argentina el largometraje documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, un registro testimonial en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en el régimen militar vivido al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010).

Es integrante, además, de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, presentó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.

El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.

 

«Pasajeros de Babel» de Gigliola Zecchin (Editorial Barnacle 2026)

 

 

 

Ana Arzoumanian

 

 

Imagen destacada: Gigliola Zecchin.

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