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[Ensayo] «Sherwood»: Regreso al origen de un conflicto enquistado

La serie de los realizadores británicos Lewis Arnold y Ben A. Williams es una crítica a la nula empatía del sistema económico que nos gobierna, así, y frente al hielo individualista que el modelo alienta, se propone la fuerza de los vínculos de afecto en los pequeños círculos a los que pertenecemos cada uno de nosotros, en tanto individuos y ciudadanos.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 10.11.2022

«Debería haber hablado más con él. No, no hacemos eso, ¿verdad? No hablamos».
Fred a propósito de su hijo y el conflicto de su comunidad

Ambientada en el mítico bosque Sherwood de la leyenda de Robin Hood esta serie británica realizada por la BBC es un contundente drama criminal que invita a reflexionar sobre la naturaleza de los conflictos entre colectivos humanos y la necesidad de establecer puentes de diálogo para superarlos.

James Graham —el guionista y alma de la obra— construye una excelente ficción basada en los hechos que él vivenció y que son parte importante de la historia reciente de su país.

Una excelente ficción audiovisual gracias a su guion, a la dirección de Arnold y Williams y especialmente a la gran labor actoral de todo su reparto del cual destacan Lesley Manville (Julie), David Morrissey (Ian), Robert Glenister (Kevin), Lorraine Ashbourne (Daphne), Adam Hugill (Scott), Kevin Doyle (Fred) y Claire Rushbrook (Cathy).

 

Enfrentamientos

Lindando a Sherwood se encuentra una pequeña población que en la década de los 80 del pasado siglo fue foco de atención mediática por la persistente huelga minera que enfrentó a sus aldeanos y que supuso todo un desafío para las fuerzas del orden, eran los tiempos en que Margaret Thatcher gobernaba el país con mano de hierro.

Esos cruentos acontecimientos marcaron y mucho, a la población local.

La acción se sitúa a principios de este siglo cuando un sindicalista es asesinado en plena calle, el hombre ya anciano estaba investigando acerca del papel de la policía secreta en ese pasado no resuelto.

Y es que pese a la aparente calma, se evidencia que esa pequeña comunidad está sumida en una especie de guerra fría entre los mineros que en su día secundaron la huelga y aquellos que optaron por trabajar a pesar de las críticas de los primeros. Una guerra de los mayores del lugar que sin embargo afecta a las nuevas generaciones que no vivieron los hechos que enfrentan a sus familias.

Un conflicto enquistado que toca de lleno a Ian el capitán de la policía local que está al mando de la investigación de ese asesinato, en los 80 él y su hermano eran jóvenes agentes que tuvieron que afrontar el arresto de su padre por haber participado en unos hechos violentos como cabecilla de los huelguistas.

El padre participó en el asalto nocturno a un almacén de la policía que acabó en incendio y provocó dos muertes e hirió a uno de sus hijos. Desde entonces Ian revive a menudo esa noche negra que supuso el origen del conflicto de su comunidad y también el de su propia familia, como consecuencia el capitán no se habla con su hermano quien ya no ejerce como policía.

Y así mismo Ian tendrá que trabajar con Kevin un agente que acude como refuerzo desde la capital, se trata de un viejo conocido de esos tiempos negros. Kevin tiene mucho que ver con lo ocurrido esa noche, él era el encargado de vigilar el almacén y se ausentó para estar con una chica propiciando el fatal asalto.

Por esa negligencia y por el hecho de representar a las fuerzas policiales de la mano dura thatcherista, Kevin es mal visto no solo por el capitán local —un hombre sensible al que dolía la brutalidad de esas unidades especiales— sino también por la mayoría de los aldeanos.

Debo de advertir que el análisis que sigue contiene inevitablemente spoilers.

 

Bosque, callejón y bar

En el gran bosque se refugia el escurridizo asesino que mata y amedranta a flechazos como si emulara a los arqueros de la leyenda. Se trata del joven Scott quien es hijo del apocado Fred, un hombre que en su día optó por no secundar la huelga.

Al ser detenido y ante los dos policías, Scott asegura que los demás no le veían y sí lo hacían con ese líder sindicalista añadiendo que: «La gente siempre hace juicios sobre las personas: yo y mi familia como raros. Sin embargo todos tienen sus secretos».

Y en rabia —propia y comunitaria— asegura que: «No les importan los tipos como yo, en un lugar como este. Nadie lo hace», preguntándose qué vida les espera allí a los jóvenes en esa comunidad enquistada por su pasado: «Todos los viejos de aquí son tan orgullosos, ¿orgullosos de qué?, no van a ninguna parte y no lo ven».

Scott encarna la frustración de las nuevas generaciones ante la guerra fría de sus mayores quienes transitan por los callejones del pueblo como si aún les persiguieran las fuerzas especiales o aún se sintieran seriamente intimidados por los vecinos.

El mismo Ian rememora a menudo esos tiempos en el estrecho callejón en el cual observó cómo detenían a su padre, rememora la mirada de su odio, que el capitán lleva clavada en su ser desde entonces.

La carga de esa mirada —Ian tuvo que delatar a su progenitor— y la carga añadida de un padre que le responsabiliza por las quemaduras de su hermano. Porque el otro joven hijo se quemó en el incendio creyendo que su padre era uno de los que allí quedaron atrapados, y este en vez de asumir su enorme responsabilidad optó por traspasársela a Ian con el falaz argumento de no haber frenado a su hermano.

Un callejón simbólico en el que los dos hermanos quedaron atrapados en lados opuestos y del que lamentablemente aún no han salido como si este fuera —que no lo es— un callejón sin salida, una contundente imagen que es extensiva a todos los que vivieron esos negros días.

Hombres y mujeres que pese a todo aún se reúnen como siempre hicieron en el pub de la población. Allí estaban todos esa noche con voluntad reconciliadora, todos menos los que fueron a asaltar el almacén y que acabaron siendo denunciados por el agente secreto que el sindicalista asesinado buscaba desenmascarar. Un agente que se introdujo en la comunidad y que optó por quedarse a vivir allí para siempre.

Y en el pub —decorado simbólicamente con láminas de las instalaciones mineras que fueron su sustento— se reúnen todos tras la detención del joven asesino convocados por Ian y Kevin para explicarles las conclusiones de sus investigaciones.

 

Re-unidos

Una reunión informativa que gracias a la empatía de Ian deviene en un diálogo a corazón desnudo entre los vecinos abriéndose así la caja de Pandora por décadas cerrada.

Es un diálogo apasionado pero en el respeto mutuo que tiene tres protagonistas destacados: Fred (el padre de Scott), Julie (la viuda del sindicalista asesinado) y un activista compañero del finado.

Fred —un hombre rechazado por su hijo y por varios vecinos por su carácter poco combativo— hace valer su voz y la de los otros «esquiroles» que han sido siempre acallados por los huelguistas quienes han impuesto su mensaje como única verdad.

El hombre recuerda la voluntad de ayuda antes del incendio y defiende que ellos actuaron con cerebro ante el supuesto coraje del otro bando puesto que la minería no tenía futuro: «¡Se estaba muriendo! No es culpa de nadie. Y ustedes simplemente lo negaban o empezaban una pelea. En cambio, algunos de nosotros queríamos asegurarnos de que podríamos sobrevivir el mayor tiempo posible».

Y ante las réplicas de los huelguistas rememora lo mal que lo pasaron ante sus acosos y sus intimidaciones, recalcando que: «Nadie debería estar asustado en su propio hogar», lo que le lleva a hablar de su hijo quien los tuvo a todos ellos asustados durante días.

En ese profundo disgusto reconoce su responsabilidad que sabiamente hace extensiva a todos los presentes tan enquistados como él: «Debería haber hablado más con él. No, no hacemos eso, ¿verdad? No hablamos».

Y su oponente le da la razón asegurando que sabe: «lo que se espera que hagamos», pero que no puede perdonar.

Es Julie la que toma la palabra tras ese careo para hacerles ver que se están culpando unos a otros en lugar de culpar a los verdaderos responsables (la policía represora, el estado sin alma, el poder económico ciego) quienes ni entonces ni ahora se preocuparon por todos ellos y los etiquetan como: «un antiguo pueblo minero, postindustrial»; una etiqueta que es losa y que ellos asumen haciéndoles hablar de sí mismos por lo que ya no son.

Y evocando a las nuevas generaciones asegura que merecen un futuro mejor a la vez que confiesa estar cansada del conflicto, estar cansada de estar gastando la vida odiando. Lo confiesa y pregunta a los presentes si también se sienten tan cansados como ella.

Ha tenido que morir un hombre y han tenido que ver peligrar sus vidas toda la comunidad para poder reunirse y hablar con voluntad empática.

En esa reunión se producen miradas que dicen mucho y tras esa reunión se dan pasos hacia la reconciliación de bandos.

El sensible Ian agradece a Kevin su ayuda y va a visitar a su hermano quien le recibe como tal. Julie se funde en sincero abrazo con su hermana Cathy antes repudiada —por influencia de su difunto esposo— por el solo hecho de estar casada con Fred.

Y finalmente Ian descubre quién es el antiguo agente secreto, lo descubre y dialoga con ella (es una mujer llamada Daphne) en tensión por su intención suicida que el capitán desvanece en empatía.

Ian le asegura confidencialidad y se identifica con ella: «Te obligaron a hacer este trabajo, nunca debieron hacerlo. Éramos niños, jóvenes policías, ambos, en medio de esa locura. Necesitamos dejar de estar atrapados por el pasado. Lo que importa es el aquí y ahora, tu familia, tus amigos. Perteneces aquí».

Concluye esta excelente serie con antiguas imágenes de los obreros en la mina, el cierre y el derribo de las instalaciones, las declaraciones de los mineros que sin trabajo ven difícil aprender otro oficio, la depresión del paro sin perspectivas de tanta gente. Y los obreros en la actualidad trabajando en un almacén de distribución, una muestra de «mina» del siglo XXI.

Así, además de mostrar la necesidad de establecer puentes de diálogo para superar los conflictos, Sherwood es también una crítica a la nula empatía del sistema económico que nos gobierna.

En efecto, y ante el hielo individualista que el sistema alienta, se nos propone la fuerza de los vínculos de afecto en los pequeños círculos a los que pertenecemos cada uno de nosotros.

 

 

***

Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: Sherwood (2022).

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