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Entrevista al escritor y dramaturgo Marcelo Leonart: “El problema es que yo soy un mapuche”

El autor local acaba de publicar una novela («Weichafe», 2017) cuya trama se basa en la modernidad del pueblo aborigen inserta en el escenario urbano contemporáneo -una importante fracción de la nacionalidad chilena, sin duda- y mantiene también en la cartelera teatral el montaje «Noche mapuche» (que se presenta en la sala Camilo Henríquez), y el cual aborda idéntico tópico. Sobre aquello y mucho más, conversó el Diario «Cine y Literatura» con el multifacético creador.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 23.8.2018

Marcelo Leonart, en su última publicación, Weichafe (Tajamar, 2017), nos convoca al escenario de un departamento santiaguino donde, como en un teatro, se dan cita los conflictos más ásperos de nuestra sociedad actual, a partir de un coro de voces, liderado por la voz narrativa. Él comanda la narración; en el entorno inmediato tenemos a Valentina, su pareja, con la cual tiene un hijo (Anton) y Nadia y Joel, pareja de amigos, quienes también tienen una hija, Tamara. Ambos niños duermen en la pieza matrimonial, mientras los amigos conversan, toman y fuman. Crucialmente, la voz narrativa carece de nombre y es el único que no toma o fuma. Es capital para él mantener el control y cierta credibilidad (en un entorno móvil, donde hay más fantasmas que certezas). Solo bajará su guardia en la última página de la novela, donde, rendido, acepta una copa de vino y una larga calada de un pito de marihuana.

La voz narrativa es precipitada, hay una urgencia por contar, por documentar, pues se sabe que hay un riesgo permanente; siempre se corre el peligro de que la oralidad no sea suficiente; de que los testigos no sean suficientes o válidos. La voz narrativa sabe que el riesgo está ahí: alguien o algo estará ahí para censurar, quemar, prohibir o reprimir su discurso. Es un eco de la desesperación por verbalizar y, más todavía, poner por escrito lo que arriesga ser difuminado, extinto, silenciado. De este modo, el protagonista se felicita de su sobriedad: su versión ha de ser la de alguien creíble, objetivo. Sin embargo, él también representa esa persona con conciencia pero banal: en su propia casa piensa en barrer los vidrios de una copa rota, al imaginar que los niños pueden luego cortarse; piensa en ir a ver a los niños durmiendo, por si necesitan algo, pero no lo hace. Su postura es la de quien rara vez dice lo que quiere decir; se controla, enmudece. Quiere besar a los niños paternalmente—no lo hace. Incluso la llegada de la misteriosa figura de Felipe, quien aparece para relatar su experiencia mapuche (aunque ostenta un nombre español), la estima “un problema que llegó a mi living una noche cualquiera”.

Weichafe nos lleva a esa noche mapuche desplegando diversas posibilidades escénicas. Sus personajes juegan a su favor, incluso cuando son fantasmas, como Joel, o quimeras dudosas y hasta sospechosas, como Felipe. Pero, más allá del montaje que crea la novela, la pregunta más preocupante sigue instalada en el epicentro más político del conflicto mapuche, aun cuando este sea sacudido con imágenes dislocadas y hasta disparatadas. Esto es posible gracias al manejo del humor que Leonart ha venido explorando y explotando en su ficción (notablemente en Pascua). En Weichafe el desamparo y la impotencia que nos provocan su lectura es contrapesado por imágenes notables que permiten respirar y atisbar un deseo de justicia, de venganza, cuya mera imaginación constituye una suerte de desahogo. Es posible ver el sueño de una contra-conquista, por ejemplo, en la escena donde vemos al peñi moreno, con una erección impúdica, frente a la chica rubia, celular en mano. La chica de rasgos y nombres germánicos, fornicando con el indio indomable. Escenas como esta ofrecen una inspiración más paródica frente a reflexiones más oscuras y deprimentes, frente a un estado de sometimiento, “como si la dictadura nunca se hubiera acabado”. Y es incluso posible reír fuerte al leer pasajes que destacan por su procacidad: “… como si en ese momento Felipe hubiera decidido elevarse y flotar entre todos, invisible como un espíritu sapo, que no habría de perderse un detalle para luego contar esta historia al primer grupo de huevones que se le apareciera”, “Salir corriendo como un desaforado, como un huemul en vías de extinción…”, “… en la hermosa lengua de Goethe y Hegel y el nazi pederasta de Paul Schaeffer”. Cómo no reír con, por ejemplo, la descripción de la Semana Santa, “fiesta en la que —lejos de la penitencia pedida por la santa iglesia—la sangre de Cristo generalmente corre en forma de botellas y barriles de pipeño y pílsen…”, o con la figura de Arturo Prat: “… no héroes de heroísmo perdedor como Arturo Prat, muriendo derrotado y suicida en la cubierta del Huáscar, hecho que marcó a fuego la identidad lúser del estado chileno”.

 

-N.P.: El Costanera Center es una presencia en la novela; es una irrupción en la vivienda de la pareja. También hay varios comentarios sobre la tiranía de la tecnología…

M.L.: Una de las ideas de la novela es ver cómo la problemática del denominado «conflicto mapuche» podía afectarnos a los que vivimos en la ciudad. La permanente contradicción entre ese conflicto que desde Santiago se ve lejano —pese a estar permanentemente puesto en la palestra informativa— y las ansias desesperadas de modernidad que también se lee en los medios, es uno de los motores que me llevaron a escribir esta novela. Instalar el dispositivo de un mapuche con estrés postraumático en un carrete clasemediero era una manera de —literalmente— encender la chispa. (Hice lo mismo, pero en un departamento de clase alta, en mi obra teatral Noche mapuche. En ambos casos lo importante es que arda la pradera). El choque con cierto tipo de modernidad se hace inevitable.

 

-N.P.: En una esfera similar vemos la omnipresencia de Los Simpsons, una serie que muestra el rol que juega la sátira en los medios de información; su aparente caricaturización de roles políticos, la distorsión de “la realidad” a la que estamos expuestos.

M.L.: Y bueno: soy admirador de Los Simpson. Su acidez y desparpajo todavía me hace reír. Me gustó que flotaran en el ambiente. Pero ojo: también es un símbolo de alienación. Sabemos más de Los Simpson de lo que pasa en el sur. Los niños sueñan con Homero y no con los incendios de la noche mapuche.

 

-N.P.: En otras ficciones tuyas vemos la aparición espontánea/inusitada de un personaje que irrumpe en un espacio dado y altera su ritmo.

M.L.: La idea del extraño, del invasor. La pérdida del Delicado equilibrio del que hablaba Edward Albee y que me enseñó Egon Wolff y que está presente en Polanski o Pinter. Lo entretenido del dispositivo es que necesariamente hace que los personajes y las situaciones establecidas empiecen a cuestionarse y a crear conflictos a partir del desencaje que estos personajes que irrumpen provocan en el resto. Estas irrupciones son las que hacen ver «el elefante que se encuentra en el living». Eso evidente que está ahí y de lo que nadie quiere hablar. Como la explosión de la violencia en tierra mapuche materializada pleno Santiago de Chile.

 

-N.P.: La cualidad innombrable del protagonista también habla de una cierta apatía y conformidad, y describe esa banalidad amorfa. Por boca de Joel también accedemos a este lugar: “Mis cagadas eran esas cagadas clasemedieras que no le hacen daño a nadie. Igual a las que pudo haber hecho mi viejo o el tuyo. Cagadas, dicho sea de paso, que mantienen esta sociedad como está. Aletargada”.

M.L.: Para mí las novelas son una manera de hablar del estado de las cosas. En este caso para mí era importante hablar un poco de estos personajes con sus vidas aletargadas mientras en otras partes suceden cosas de vida o muerte. En el caso de Joel era importante poner el contrapunto entre una vida común y corriente —del montón, quizás mediocre, clasemediera, como él mismo dice— con una situación de carácter moral límite e inapelable. ¿Dónde quedan tus discursos cuando te encuentras con una situación así, cuando te das cuenta de que has sido un huevón penca, un hijo de puta? Ese gesto de Joel tenía que necesariamente contradecir a alguien que está en sus antípodas: un pijecito de vida solucionada como Martín Larraín, que actúa como un hijo de puta ante una situación moral límite. Esa situación moral —en el caso de Joel— lo saca de su aletargamiento. Lo moviliza. No necesariamente hacia un lugar mejor. Porque tal vez no se merece un lugar mejor. Reconocer eso tiene algo de valentía. Y lo contrario —como en el caso de Martín Larraín— es mantener la hijoputez (no sé si existe esa palabra. Pero me cago en la RAE.)

 

-N.P.: Hacia el final la narración se torna más informativa, adoptando un tono de periodismo investigativo, tono que hemos visto en publicaciones de, por ejemplo, Cherie Zalaquett, Javier Rebolledo, Nancy Guzmán. Al enfrentar un conflicto de estas proporciones, ¿cuál es la ‘ventaja’ de escribir una novela en vez de hacer un estudio de otro orden/género?

M.L.: Me interesa bajar la ficción a lo real. No digo que siempre sea necesario hacerlo. Pero aquí me resultaba provocador dejar que las costuras del relato —sus fuentes— quedaran en evidencia. De alguna manera creo que la ficción ilumina los hechos de la incontestable realidad. De un tiempo a esta parte creo que la ficción que más me interesa —y que intento practicar— es una especie de fantasma de la realidad. Unos reflejos mentirosos que no se parecen a los reflejos de la tele o de las pantallitas de los celulares. Son —para mí— representaciones borrosas —exageradas o no— de esa realidad que en los medios y en la vida se nos presentan de un modo más o menos falso. Pero ojo: No me interesa hacer periodismo en mi literatura. Establezco los hechos con investigaciones de hechos más o menos evidentes + otros medio curiosos (para los cuáles a veces me sirven libros como los de los autores que mencionas). Luego la idea es meterlos en la juguera deformante de la ficción. El reflejo resultante es lo que yo veo del mundo.

 

-N.P.: El final plantea una multiplicidad de versiones que existen frente al discurso de “la verdad”, a la vez que cuestiona el lugar de la culpa y su posible relatividad.

M.L.: Antes del epílogo de la novela, en la parte denominada Datos de la causa / lo real sólo narro hechos verídicos. Reconstruyo situaciones a través de fuentes oficiales y/o de prensa para establecer los relatos de la muerte de Hernán Canales (atropellado en Cauquenes por Martín Larraín), el asesinato de Matías Catrileo por parte de fuerzas especiales de Carabineros y la terrible muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay en su casa de Vilcún. Cada uno de los hechos termina con una pena dictada por la justicia chilena. Nada más. Es interesante que de la sola relación de esos hechos surja tu pregunta acerca del cuestionamiento de las culpas y su posible relatividad.

 

-N.P.: Nadia tiene un punto clave en su duelo (su marido ausente, Joel, representa la irresponsabilidad y también la cobardía, que vemos en su fuga): en el final ella consuma el acto sexual con el Weichafe, en un trance de cruce, de sincretismo cultural…

M.L.: Joel es un irresponsable, es cierto. Pero su huida es más que cobardía. Como en la historia que cuenta Felipe en el comienzo de la novela, el sexo es el mejor punto de encuentro entre las razas. Como decía Jorge Amado: «El único lugar donde se puede vencer el racismo… es la cama.» Me parece lúcido. Y calentón. Y entretenido. Mucho más que emborracharse y manejar hasta matar a un pobre transeúnte en un camino rural. O matar a un comunero mapuche por la espalda.

 

Nicolás Poblete Pardo es escritor, periodista y PhD en Literatura hispanoamericana por la Washington University in St. Louis, Estados Unidos. En la actualidad ejerce como profesor titular de la Universidad Chileno-Británica de Cultura, y su última novela publicada es “Concepciones” (Editorial Furtiva, Santiago, 2017).

 

 

«Weichafe» (2017)

 

 

Una escena del montaje teatral «Noche mapuche», de la autoría de Marcelo Leonart

 

 

 

Crédito de la fotografía a Marcelo Leonart: Radio JGM (https://radiojgm.uchile.cl/).

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