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[Entrevista] Escritora Larissa Contreras: «Formamos parte de un Estado asesino de niños»

La actriz y narradora local dialoga con el Diario «Cine y Literatura» acerca de su última publicación, la potente novela «Efectos secundarios», y la cual se inspira en la emblemática muerte de la infanta chilena Lisette Villa Poblete, en 2016, a manos de sus cuidadoras del Servicio Nacional de Menores (Sename).

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 4.11.2022

En su nueva novela Larissa Contreras ubica su denuncia en un espacio altamente politizado, un centro para el cuidado de menores donde el control se ejerce con particular ensañamiento sobre el cuerpo femenino.

Así, en Efectos secundarios (Noctámbula, 2022), Larissa vuelve a poner su ojo en un lugar de crisis, que acusa con su característico estilo, manifiesto en sus ficciones previas, el volumen de cuentos Postales (Cuarto Propio) y la novela La leva (Ceibo), donde no solo «se toca la tecla de la tragedia», como afirma Andrea Jeftanovic, sino que: «avanza a modo de picaresca y nos seduce con una serie de anécdotas y de giros».

En Efectos secundarios, Larissa nos presenta a la jueza Espíndola («su señoría»), quien entra en crisis tras darse a conocer la macabra noticia de la muerte de una niña derivada por ella a un centro donde termina siendo asesinada. Esto le provoca una serie de trastornos y se ve obligada a ver a una psiquiatra.

La niña-víctima es Catalina Navarrete y la voz narrativa, a cargo de casos como el de Catalina, revela el telón de fondo: el temido Servicio Nacional de Menores.

De este modo, la narración nos ofrece no solo el caso de la víctima más evidente (Catita), sino que subraya la seria condición que desarrolla la jueza, su ineludible deterioro mental y físico, permitiéndonos ver que ella es también una víctima de un sistema degenerado, donde la precariedad lleva al extremo de analogar el sistema para menores a una verdadera maquinaria de destrucción transversal.

La escritura de Larissa consigue cursar la denuncia con la revelación que permite la ironía: la misma jueza admite que no le gustan los niños y reconoce que decidió no tener hijos para que no entorpecieran su carrera.

Al reportar el ataque que provoca la muerte de la niña, leemos: «La magistrada le calculó a la tía Kena por lo menos noventa kilos y la imaginó sobre el cuerpo de la menor. Noventa kilos de protección de la infancia a horcajadas sobre la frágil espalda de la Catita».

La madre de la menor extiende la ironía: «El Estado me la quitó pa’ cuidarla y me la entregan así, adentro de un cajón».

De este y otros modos, la narración elabora una contundente crítica a la historia de nuestro país, abarcando un tramo histórico de gran escala, donde Larissa incluso se remonta al período colonial. La voz de protesta permanece y está lejos de atenuarse en Efectos secundarios.

 

«Desde mi lado, surge naturalmente la denuncia»

—»Usted quédese con la conciencia tranquila, a la Catalina no la matamos nosotros, a la Catalina la mató el Estado», le dice el abogado Cifuentes a la jueza, y ella responde: «Pero el Estado somos nosotros, Cifuentes, aseguró ella. Es como decir Fuenteovejuna fue, usía, como la matamos todos no la mató nadie…». ¿Cómo pensaste las complejidades del concepto de responsabilidad?

—Antes que nada, en mi formación de actriz, intento dejar pensar, sentir y actuar autónomamente a mis personajes. Evidentemente, sé quién soy yo, y quiénes son mis personajes, aquí no hay una especie de esquizofrenia de la escritora, no. Es como si los observara desde una mirilla o un ojo de buey tratando de mantenerme celosamente a distancia.

Me incomodan los discursos en el teatro y en la narrativa, aquellos en los que queda en evidencia el manejo de la historia por parte del creador o creadora.

Pienso que por algo una escribe ficción, para que otras u otros con sus propios recursos se jueguen en la escena, den pasos erráticos y tomen sus decisiones. Sin embargo, desde acá, desde mi lado, surge naturalmente la denuncia, por eso intervengo la narración con textos reales modificados.

Parto basándome en noticias, en lo que me cuentan de oídas, investigo sólo hasta cierto punto, selecciono materiales y elaboro estrategias narrativas. Pronto pongo en manos de la intuición y la memoria lo que haga sentido, esa selección es aleatoria pero finalmente es mi mirada, mi voz, mi denuncia.

En la ficción intento que el personaje que se vuelva persona, y que actúe en consecuencia con sus incoherencias, falencias y fortalezas. No tejo héroes ni heroínas, ellos no me interesan.

Así que muchas veces no estoy de acuerdo con ellos o ellas, pero no los juzgo, los defiendo. Los dejo jugar y tienen la libertad de tomar sus propias decisiones. Erráticas, desbordadas y discordantes. Les doy un punto de arranque, los suelto hasta el punto de hacer crisis. No los o las conozco completamente, me divierte esa área misteriosa lo que ocultan. Por eso me voy sorprendiendo con lo que hacen, me río con ellos.

Intenciono situaciones para que lleguen hasta ese estado de crisis, un punto de inflexión, en el que tienen que definirse. En ese momento, negocio con ellos y mientras eso ocurre, yo hago mi propia reflexión, pero como si yo los o las estuviera mirando a través de la mirilla en un acto de despojo.

Esta digresión es para explicarte que yo hago, la reflexión a partir de seres que toman su propio vuelo. Esas voces cuentan la historia, mi mirada es histórica y me arrogo el derecho a intervenir. Creo importante decirte que, en esta narración, por su índole, me he topado con temas éticos. Los personajes no tienen por qué ser éticos, creo que forzarlos a eso los asfixia. Las historias tampoco lo son, son sólo historias, pero creo que una escritora o escritor enfrentada a un dilema puede decidir qué contar y qué no, basándose en su propia ética.

En esta novela hay una jueza de familia en crisis luego de darse cuenta de que tomó una determinación que envía a Catalina a un hogar del Sename en donde, luego de una crisis emocional, es ‘contenida’ por un par de educadoras que la retienen de tal forma que la sofocan hasta la muerte. No es la primera vez que una de sus decisiones termina en lo menos conveniente, pero esta muerte la descalabra.

¿Por qué? No tiene respuesta, yo tengo mi teoría. Ella cae en una profunda crisis de ansiedad lo que la lleva hasta la consulta de una siquiatra que la atosiga con tranquilizantes, antidepresivos y ansiolíticos. En ese estado de estupidez y dopaje recibe la visita de Catalina, la niña muerta. Esta presencia fantasmal la perturba aún más y la hace cuestionar su trabajo, su propia historia y hasta se permite teorizar acerca de la existencia de un Más Allá, poniendo patas para arriba su vida y las pocas certezas que le quedaban sobre su mundo.

Y un el estado de solitario embobamiento alucinatorio y en un clima sobrenatural, es capaz de ver algo que antes nunca vio: que la muerte de Catalina ha sido el resultado de una serie de hechos confabulados que derivan en la llegada al hogar donde es ultimada por un par de educadoras de una manera inexplicablemente cruel. Y digo ultimada, porque la acción que llevan a cabo las educadoras no es circunstancial, sino fruto de un hacer histórico.

La jueza sabe que no es culpable directa de la muerte de Catalina, pero sí sospecha de su cuota de culpa o al menos de responsabilidad en el hecho, y eso la atormenta. Entre revolcón y revolcón con su amante, el fiscal Cifuentes, tiene digresiones acerca de quién mató realmente a Catalina y qué responsabilidad le cabe a ella en esta muerte.

El fiscal, su amante, es más práctico, trata de hacerla entender que ella se ajustó a la norma y al protocolo, lo demás fue responsabilidad del Estado y de esta forma se lava las manos y aquieta su conciencia. El efecto Fuenteovejuna opera a la inversa aquí que en la obra de teatro. En la obra de Lope de Vega el pueblo hace justicia descuartizando al Comendador que había explotado al pueblo y violado a sus mujeres.

En un acto heroico y solidario, la comunidad de Fuenteovejuna se hace responsable del crimen salvaje para evitar un juicio particular. El pueblo toma su historia en sus manos, decide dar fin al feudalismo, comprende que la violencia del Comendador forma parte de una violencia atávica y venga a costa de su sangre su dignidad y la honra de sus mujeres. El dolo se diluye en la comunidad, se evapora y es absuelto por la mano de la Reina (el feudalismo aún no ha acabado) que llega a impartir justicia. En esta historia ocurre el mismo fenómeno, pero a la inversa.

A Catalina la sacrifican funcionarias del Estado dentro de un recinto estatal en circunstancias de que el aparato judicial la había enviado ahí para ser protegida. El Estado es un concepto teórico amplio y anónimo, en última instancia, esas agentes estatales deberían haberla ‘contenido’, palabra que en este contexto adquiere un significado macabro, pero la torturan y asesinan (¿no se parece en algo al desmembramiento del jaguar?).

El asesinato cae en el campo de las prácticas habituales de ‘contención’, en protocolos inhumanos sin supervisión que no han sido cuestionados (¿por qué?), en el desempeño de un par de cuidadoras sin preparación ni conocimientos básicos. Ese desgano, esa indolencia, ese desafección, ¿no es acaso el temple con el que el Estado ha actuado durante siglos en el ámbito de la protección de menores en riesgo?

Cifuentes piensa que las cuidadoras no son las responsables últimas, que la culpa es del Estado, lo que diluye el dolo: si la responsabilidad es del Estado, entonces, no es de nadie. Pero ya que el Estado somos todos, piensa la jueza, todos tenemos nuestra cuota de culpa en esa muerte y en miles de muertes más. Formamos parte de un Estado asesino de niños y ella es cómplice. Esa idea la atormenta y la enferma.

¿Qué responsabilidad nos cabe a ti y a mí, a nosotras y nosotros, en este circo?

Jugar el juego del jaguar. Valga la cacofonía.

 

«José Miguel Carrera impulsó la educación como herramienta de superación social»

—Haces una crítica a la historia de nuestro país, en gran escala, incluso remontándote a la colonia. Aunque hoy vemos algunos cambios básicos, ¿resulta muy difícil protegerse de un sino que parece trágico? ¿Cómo exploras este dilema en tu novela?

—Una sociedad evolucionada debería definirse en cómo trata a sus niños y niñas. Nuestro país, bautizado con orgullo en un tiempo por las clases de poder como un jaguar (curioso, que esta especie no pertenezca a nuestro ecosistema), ha perseguido y devorado a aquellos que van quedando expuestos a su suerte, como en una cadena trófica.

Según la línea de pensamiento de Milton Friedman el mercado sería un ecosistema ‘natural’ y se regula a sí mismo con las mismas reglas de la naturaleza. El neoliberalismo implantado post golpe cívico militar, que generó el santurrón ‘milagro económico’ chileno, trajo beneficios y progreso para un segmento acotado de nuestra sociedad, se ha dedicado a engordar al jaguar generando un desajuste ‘ecológico’ en el que los y las más débiles han terminado desmembrados frente a la mirada pasiva de nosotros.

Y digo ‘nosotros’ (no nosotras) porque hay una fuerza muy masculina que está impulsando la carrera voraz por la supervivencia (no la vida buena). Sólo una de esas criaturas vencidas es Catalina, la niña de esta historia asesinada en un centro del Sename.

Mi reflexión que es también una denuncia, desde el otro lado de la mirilla, luego de haber presenciado tragedias como la de Lisette Villa Poblete cuya procesión en vida, entre paréntesis, espejea a la de Catalina, es que una niña como ella, no es solo víctima del sofocamiento producido por dos de sus tías educadoras del Cread en el que estaba internada, ellas sólo le dieron el tiro de gracia. La niña venía marcada con este sino trágico desde su nacimiento.

Pobreza, abandono, miseria, problemas socioafectivos, abuso sexual por parte de su padre, drogadicción de su madre, daño cognitivo debido a un mal parto, desamor, violencia de género, son sus lastres y la magnitud de su daño es comprensible si se lo aborda desde una mirada interseccional.

Su agobio es la suma de cada una de estas desigualdades, y no se entiende una, si no se entiende la otra. Lissette llega al Juzgado de Familia desde donde es derivada al sistema de Protección de la Infancia del Estado que ha sido históricamente un territorio oscuro y deficitario, carente de recursos económicos y humanos y de herramientas para contener y consolar a niños y niñas cuyos derechos han sido vulnerados desde mucho antes.

Y digo históricamente porque sólo hay que mirar un poco hacia atrás para darse cuenta de que nuestro país nunca ha estado a la altura. Afirmar que esto ha sido así desde la colonia, no es una hipérbole. Es un hecho que consta en los libros de historia.

Los niños y niñas abandonados, huérfanos, sin nombre, víctimas de la miseria y el hambre, desamparados por la guerra y el hambre. José Miguel Carrera impulsó la educación como herramienta de superación social.

Mucho después, a comienzos del siglo veinte, niños pampinos explotados en las salitreras, niños y niñas campesinas explotadas por latifundistas, enviados a la Guerra del Pacífico, vagabundos y vagabundas en las ciudades, patipelados, caleteros del Mapocho, expuestos al delito, son aprendices de la miseria.

Obviamente, la situación actual no es la misma de la Patria Nueva. Los avances, como en las luchas feministas, nunca han venido solos, han sido impulsados por la presión social y las huelgas y las demandas han llegado al parlamento en distintos momentos de nuestra historia.

Hubo presidentes durante el siglo XIX y XX levantados por movimientos populares que impulsaron leyes tendientes a proteger los derechos básicos de niños y niñas. Los gobiernos de Balmaceda, Pedro Aguirre Cerda, Salvador Allende, hicieron mucho en este sentido.

Bajo la idea de que la infancia era el futuro de la patria, Allende impulsó una campaña de nutrición, salubridad y educación que estancó la mortalidad infantil y sacó del analfabetismo a cientos de miles de niños y niñas para evitar precisamente que cayeran a la calle. Recordemos el medio litro de leche obligatorio para todos los niños del país. Sus planes quedaron a medio camino.

Los avances que existen hoy en cuanto a protección de la infancia son fruto de estos empujes, no han ocurrido como parte natural del desarrollo de la nación. Han debido morir miles de niños para que hoy se haya reestructurado el Sistema de Protección de la Infancia hacia una nueva institucionalidad. Más allá de las culpables directas, su muerte es el efecto residual de la realidad social que hemos construido. Ella, su cuerpo, es la zona de sacrificio.

Encajamos en este sistema como las pequeñas piezas de un engranaje, pero siempre hay alguien que tiene que pagar los costos para que otros vivan bien y obscenamente bien. En este caso, el hilo delgado son niños, niñas y adolescentes en riesgo del país. La realidad es común a los países de Latinoamérica, el patio trasero.

A medida que se activan nuevas necesidades, se develan falencias producto de cambios socioeconómicos y ecológicos, y los recursos económicos y humanos no bastan, porque no existe un continuo, una visión macro que nos imagine como la comunidad que queremos.

Siento que hubo una oportunidad y se perdió. La máquina del olvido hizo lo suyo con sus estrategias políticas y todo lo que habíamos trazado luego de las revueltas de octubre se esfumó. Quedaron en nada. Son tiempos de desánimo y falta de fe para mí.

Tenía la esperanza de que fuéramos capaces de escribirnos y mirarnos por fin de manera igualitaria, de redefinir bajo una nueva mirada en cómo nos entendemos en una sociedad igualitaria fuera del cuadrado canonizado del neoliberalismo. En convertirnos pronto en una sociedad moderna que no martirice a sus niñas y niños, que las y los entienda como sujetos de derecho y no en ‘transición’ hacia la adultez y que garantice su felicidad.

Mientras escribía la novela pensaba precisamente en que la pobreza era un designio que marcaba las infancias desprotegidas con un sino trágico. En que el esfuerzo de liberar a niñas y niños de ese lastre sería titánico porque la mecánica jaguarezca en la que nos movemos los grandes es casi perfecta pero sólo para algunos.

Creo que el ‘caso Lissette Villa’ (2016) también es un antecedente directo del estallido social de 2019, su muerte destapó la crisis del sistema de protección de la infancia, la escandalosa corrupción que imperaba, el olvido, las condiciones indignas en la que viven los niños, niñas y adolescentes a cargo del Estado, el trabajo soberbio que deben hacer quienes están comprometidos y comprometidas con esta realidad en los territorios y desde la arena política.

¿Por qué como país no nos hacemos cargo de niños, niñas y adolescentes de manera amorosa? ¿Por qué los omitimos con indolencia jaguarezca? Una vez alguien me dijo que es así porque no votan.

Luego, este es un tema político. La muerte de Lissette Villa, como la de miles de niños, niñas y adolescentes entre las manos protectoras del Estado desde que nos transformamos en patria es un tema político.

Te devuelvo la pregunta: ¿cuál es nuestra responsabilidad en este circo?

 

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerpos, Réplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, Dame pan y llámame perro, Subterfugio y los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, y la novela bilingüe En la isla/On the Island.

Traducciones de sus textos han aparecido en The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Efectos secundarios» (Noctámbula, 2022)

 

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: Larissa Contreras.

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